Capítulo 6 — El presidente #3
Me quedé un peldaño más abajo, con la mano en la barandilla, mirando a aquella mujer de veintitantos años hacer el gesto de una muerta de sesenta y cuatro.
—¿Todo bien, Carmen? —dijo ella, con esa voz suya que no subía nunca.
—Todo bien —dije, y bajé.
En la calle, con la niebla en la cara, hice lo que sé hacer: la desmonté.
Los gestos no se heredan; se contagian o se inventan, y sobre todo se ven: la cabeza ve lo que necesita ver, y una casa cargada de muertos le pone gestos a los vivos.
Hay cuarenta maneras de recogerse el pelo y todas las comparten las mujeres de este país.
Saioa tenía la edad de haber aprendido ese gesto de cualquier profesora, de cualquier madre, de cualquier autobús.
Yo llevaba dos semanas mirando a los del cuarto B con el catalejo de las sospechas, y con un catalejo todo es costa.
Lo razonable primero. Lo razonable es que un gesto es un gesto.
Lo razonable. Lo archivé en la carpeta de las explicaciones razonables, que seguía aguantando, ya no sé cómo.
Y sin embargo, durante todo el día, la mano me volvía. El dorso de los dedos. Las dos pasadas. El segundo de la mano quieta pegada a la oreja. Aquello no admitía columna, y por eso mismo no se dejaba archivar: se quedaba en la mesa, al lado del bolígrafo, esperando a que yo volviera.
Aquella noche, la del lunes, el sueño de enero hizo su turno: dormí hasta las dos y desperté entera, como se despierta de un golpe de agua. Raúl respiraba al lado. La casa estaba en su silencio cableado. Y entonces oí la puerta del cuarto B: una vez, suave, cerrada con cuidado, no abierta.
Salida. Alguien había salido del cuarto B a las dos de la mañana.
Me levanté sin ruido, por la costumbre vieja de madre, y fui al recibidor.
Por la mirilla: el rellano vacío, la luz del sensor encendida, apagándose ya.
Nada. Pero la escalera, la escalera sí: pasos que subían, no bajaban.
Medio tramo. Pasos de él —los de ella eran apenas; estos eran firmes—, y después, nada.
Ni la puerta del quinto, ni el ascensor. Medio tramo arriba y quietud.
Esperé. Al final, la intuición de las casas viejas es una cuestión de paciencia, y esta casa me había enseñado paciencia: abrí mi puerta un palmo, sin luz, y miré por la rendija hacia arriba, por el hueco de la escalera.
Iker Sagasta estaba de pie en la ventana del tramo de subida al quinto, la única ventana de la escalera que da a la calle de los Tintes.
De espaldas a mí, con el anorak negro y las manos delante, a la altura del pecho.
No fumaba. No miraba el móvil. Miraba la calle a través de los cristales, y de vez en cuando bajaba la vista a lo que tenía en las manos —una libreta pequeña, la vi contra el contraluz, una libreta de bolsillo y un lápiz— y escribía.
Escribía de noche, en la ventana de mi escalera, mirando mi calle.
Hay que decirlo con precisión, porque aquella noche lo precisé todo como si supiera que algún día tendría que contarlo: no era un hombre que se asoma al frío porque no duerme.
El que no duerme se asoma con las manos vacías y mira la nada.
Iker llevaba la libreta abierta y el lápiz suelto, y tenía una manera de estar —los pies firmes, la espalda recta, los intervalos— que yo conocía de otros oficios y no supe nombrar entonces: la de quien hace una guardia.
No vigilaba por nervio; vigilaba por sistema.
Miraba, esperaba, anotaba, volvía a mirar.
A las dos y veinte apuntó algo largo, más de una línea, y subrayó con dos golpes de lápiz que oí desde mi rendija, o creí oír, que a esa hora y con esa atención una oye hasta el grafito.
Me quedé quieta el tiempo que aguanté. Abajo, en la calle, pasó un taxi y lo anotó.
Se apagó el bar de la esquina —el último neón, el de siempre— y lo anotó.
Uno de los hermanos del primero salió con el perro viejo que sacan de madrugada, y lo anotó también, y esperó a que el hermano y el perro volvieran, y anotó la vuelta.
Veinte minutos estuvo allí, veinte minutos que yo pasé tras mi puerta con la bata y los pies helados, viendo a un hombre hacer inventario de la vida de mi portal con una libreta de bolsillo.
Después cerró la libreta, bajó el medio tramo sin ruido, y la puerta del cuarto B se cerró con su golpe sordo, suave, administrado.
Volví a la cama y no dormí, claro. Le di la vuelta entera, con Raúl respirando a mi lado y la libreta flotando en la oscuridad.
Llevaban dos semanas dentro de la casa. Dos semanas: la cerradura cambiada, la cuota pagada, los horarios de todos memorizados, mi nombre en la boca de él desde el primer día.
Y el hombre seguía saliendo de madrugada a la ventana de la escalera a tomar nota de quién entraba y quién salía, con hora, con lápiz, con esa calma.
Porque así no se comporta quien acaba de llegar a una casa. Así se comporta quien lleva mucho más tiempo que nosotros en ella: fuera, mirando, apuntando.
Los que toman notas de una casa no son los que acaban de comprarla. Son los que la eligieron antes.