El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 6 — El presidente #2
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Capítulo 6 — El presidente #2

Mikel tuvo partido el sábado a las siete y esta vez no fui a verlo; me quedé en el despacho con la puerta entreabierta, que era mi manera nueva de trabajar, y le oí volver a las diez menos cuarto, sudado y victorioso por primera vez en el año —ganaron de dos, me contó con el tenedor en la mano— y pensé que mi hijo vivía su invierno a tres metros de un expediente que no se podía nombrar en la mesa.

Esa cuenta sí que no me cuadraba: la de lo que una sabe y lo que una casa deja pasar.

Pero era la cuenta que había elegido, o que me había elegido, que en enero viene a ser lo mismo.

El cuarto B hizo su sábado y su domingo con la puntualidad de reloj barato: caldera, bajante, puerta, bolsas.

El sábado por la noche, música bajita al otro lado de la pared del rellano, una música de antes, de las que ya no se ponen, y una sola voz de mujer tarareando.

La oí desde mi despacho con el bolígrafo quieto.

Había algo en aquella casa que no encajaba con el expediente que yo llevaba abierto, y era que sonaba a casa.

Las casas falsas no tararean; eso lo pensé, y lo archivé sin saber en qué columna.

El domingo por la mañana, el olor a sofrito de los del segundo entró por el hueco a la hora exacta de siempre, y el perro viejo de los hermanos ladró dos veces a la nada, como ladra a los portazos y a los domingos.

El domingo, en la comida, se lo conté a Raúl.

Ya no podía no contárselo: la nota simple llevaba seis días en mi carpeta y mi carpeta está a veinte pasos de la cocina, y hay distancias que en un matrimonio de diecinueve años se miden en días.

Se lo conté en orden, como a Fermín: la escritura, el registro, la cerradura, Julen que no contesta.

Mikel estaba con el postre y las auriculares a medio poner, que es su manera de escuchar fingiendo que no.

Raúl dejó el tenedor. Se quedó mirando el mantel un momento, con esa cara de mediciones que pone cuando un cliente le dice que la pared no está donde debería. Y lo primero que preguntó —lo primero, lo juro— fue:

—¿Han dicho qué van a hacer con los muebles de dentro?

Parpadeé.

—¿Los muebles?

—Los del piso —dijo él—. Los de Amparo. Si se han metido a vivir ahí con todo, digo yo que habrán dicho algo. Si van a vaciarlo, si van a tirar las cosas.

—No lo sé —dije—. No les he preguntado.

—Pues debería saberlo el heredero —dijo, y cogió otra vez el tenedor—.

Hay cosas ahí dentro que valen dinero, supongo.

O que valen recuerdos, que es peor. Mira, Carmen: esto es un lío de Julen.

Que venga Julen, que denuncie Julen, que lo arregle Julen.

Tú has hecho lo tuyo: lo has mirado, lo has apuntado, se lo has dicho al presidente.

No te metas más. Esos dos tienen pinta de liosa, la verdad.

Y la gente liosa, cuanto más lejos, mejor.

—Liosa —repetí.

—Un matrimonio que se instala con papeles falsos no es gente corriente —dijo, y señaló con el tenedor, que es como subraya él—. Y tú no eres policía. Eres administradora. Administra, que es lo tuyo, y deja la puerta de enfrente en paz.

Mikel levantó la vista del plato.

—Yo los veo normales —dijo—. El tío es majo.

—Tú a entrenar —dijo Raúl, y la frase cerró el tema con el portazo de siempre.

La comida siguió como siguen las comidas después de un portazo: el partido subió de volumen, Mikel volvió a sus auriculares, Raúl se sirvió más vino y comentó una jugada que ninguno de los dos habíamos visto.

Yo recogí los platos antes de la sobremesa, cosa que no hago nunca —la sobremesa es sagrada, es la única liturgia de esta casa—, y me puse a fregar con la tele de fondo, dándole vueltas a lo que acababa de pasar en mi propia mesa.

No a la respuesta: a la pregunta. Mi marido llevaba diez minutos sabiendo que dos desconocidos vivían en la casa de una muerta con una escritura falsa, y su primera pregunta no había sido quiénes eran, ni qué querían, ni si estábamos en peligro, ni si había que llamar a la policía.

Su primera pregunta había sido por los muebles.

Por las cosas de dentro. Por lo que había dentro del cuarto B y quién iba a tocarlo.

Había una explicación razonable, y la encontré enseguida, porque la carpeta de las explicaciones razonables trabaja hasta los domingos: Raúl era de reformas; Raúl pensaba en pisos como se piensa en obras, en metros y en contenido; para él una vivienda era primero lo que se puede tirar y lo que se puede quedar.

Era verdad. Era incluso retrato fiel. Y aun así, con las manos en la espuma, me quedé mirando el grifo el rato suficiente para que Mikel, al traer su plato, me dijera «¿estás bien, ama?

», con esa alarma instantánea de los dieciséis años, que detectan el silencio largo de una madre antes de que el silencio exista.

—Sí —dije—. Estaba pensando en la derrama de la Estación.

Mentir a mi hijo por unas alubias. El archivo sin carpeta engordaba aquella semana más que el expediente de la avenida de la Estación.

Aquella noche, en la cama, di una vuelta entera al domingo, como se le da la vuelta a un recibo: Fermín diciendo no remueva, Raúl diciendo no te metas.

Los dos hombres de mi casa y de mi comunidad, el presidente y el marido, cada uno en su registro —el oficial de taller y el oficial de obra—, cantándome la misma copla con distinta letra: deja la puerta quieta.

Podía ser sentido común; el sentido común existe, y los maridos y los presidentes lo fabrican por inercia.

Pero dos coplas iguales en el mismo fin de semana son ya una orquesta, y yo llevo veinte años sabiendo que cuando dos personas te dicen lo mismo sin haberse puesto de acuerdo, es que se han puesto de acuerdo con algo que no eres tú.

Con el miedo, normalmente. Con el miedo de cada uno.

El lunes amaneció con niebla otra vez, la segunda temporada de la niebla, y a las diez menos cinco oí la rutina del cuarto B: la puerta, los dos pares de pasos.

Bajé yo cinco minutos después —bajé por la escalera, que era mi manera nueva de no decirme cosas— y en el rellano del tercero me crucé con Saioa, que subía sola, con un cuaderno de espiral bajo el brazo y la respiración de quien sube pensando en otra parte.

Se apartó para dejarme paso, con la cortesía ensayada de siempre, y al apartarse hizo el gesto.

Se recogió el mechón detrás de la oreja. Con el dorso de los dedos, no con la yema; dos veces, una pasada corta y otra más lenta, aunque el mechón ya estaba en su sitio. Y después dejó la mano un segundo pegada a la oreja, como quien sujeta el gesto para que no se escape.

Yo conocía ese gesto. Lo conocía con la parte del cerebro que no consulta: lo había visto miles de veces, en el despacho de la calle Portalada, durante quince años, en la mano derecha de Amparo Lasarte.

Amparo se recogía el mechón así, con el dorso, dos veces, aunque no hubiera mechón: cuando cuadraba una columna, cuando leía una escritura ajena, cuando pensaba con el bolígrafo quieto.

Era el gesto más suyo que tenía, más que las etiquetas, más que el aceite de linaza de la barandilla.

Era tan suyo que nadie se lo habría sabido describir; yo me lo sabía de memoria.

Lo había visto hacer cientos de veces sin verlo, que es como se ven las cosas de quince años: la tarde que cuadró la derrama de la calle Amama, con el mechón recogido dos veces y la mano quieta contra la oreja mientras el ordenador pitaba; el día del pleito de la medianería, el mismo gesto, las dos pasadas, como quien se peina una idea; el último diciembre, en su despacho, ayudándome a cerrar el año con la mano pegada a la oreja y el bolígrafo en la otra.

Un gesto no es un dato. Un gesto es una costumbre, y las costumbres no constan en ningún registro, y precisamente por eso no se pueden falsificar: nadie fabrica un gesto de veinte años para engañar a una administradora. Nadie razonable.