Capítulo 6 — El presidente
El viernes por la mañana bajé a clavar en el tablón la hoja nueva de la limpieza —la empresa subía la cuota un tres por ciento y reforzaba el viernes, que era lo que había que contar— y me quedé un rato en el portal, delante del tablón, haciendo la cuenta de lo que tenía que hacer.
La semana había pasado como pasan las semanas malas en mi oficio: trabajando encima.
Lunes, la nota simple. Martes, la cerradura.
Miércoles, Julen y su buzón lleno. Jueves, la denuncia que no hice y la carta que no mandé.
Entre medias, la vida de oficio: dos certificados para la calle Ercilla, la derrama de la avenida de la Estación ya con fecha de junta, una morosa de la calle Portalada que por fin pagó con disculpas.
Nada de eso se me dio mal; todo se me dio con la mitad de la cabeza, que es como se dan las cosas cuando la otra mitad está a tres metros, al otro lado de una pared, haciendo su vida nueva con papeles falsos.
El jueves por la noche oí salir a uno de ellos a las once y volver a las doce menos cuarto, y no salí a mirar; me quedé en la cama contando tramos de pasos, y me dije que aquello no podía durar: una no puede ser la administradora de una finca y su espía a la vez sin que una de las dos acabe cobrando de más.
Una administradora con una falsedad documental en la carpeta tiene dos obligaciones que no admiten lista: informar al presidente de la comunidad y documentar. Lo segundo ya lo había hecho. Lo primero llevaba aplazándolo desde el lunes, con excusas que sonaban a oficio y olían a otra cosa.
El tablón de esta casa es mi tablón: el mapa de las cuotas, la hoja de la limpieza, las normas grapadas de Amparo, amarillentas, y el cartel de la administración con mi teléfono.
Al lado, la bandeja del correo de los hermanos del primero, que se les desborda, y el portero automático con sus botones de apellidos.
Y el ascensor, que aquella semana volvía a dar su tirón de siempre al arrancar: el contactor llevaba meses pidiendo relevo y la empresa lo sabía, que conste en alguna parte; hay averías que se administran y averías que se posponen, y aquella llevaba pospuesta desde el otoño.
Lo miré todo como se mira un expediente antes de firmarlo, y subí a por Fermín.
Fermín Elosua, sesenta y ocho años, oficial de taller jubilado, presidente de esta comunidad desde antes de que yo viviera en ella.
Quince años de juntas, de derramas y de actas firmadas con su letra de escuadra y cartabón.
Vive en el quinto A, solo, en un piso que huele a café recién hecho y a madera de mueble viejo, con las fotos del taller en el pasillo y una tele pequeña que no se apaga nunca del todo.
Me abrió con la boina en la mano —en casa se la quita; es su manera de recibir— y me hizo pasar a la cocina, que es donde Fermín gobierna la comunidad desde que dejó el taller.
—Siéntate, Carmen. ¿Problemas?
—Papeles —dije—. De los serios.
Le conté en orden, que es como sé contar: la escritura que me trajeron ellos mismos, el notario de León, la nota simple del lunes, la titularidad intacta de Amparo, ningún asiento de presentación en diciembre ni en todo el año.
Le conté lo de la cerradura cambiada y el bombín de ferretería, y lo de Julen y su buzón lleno.
Lo conté todo con mis papeles encima de su mesa de fórmica, entre la taza de él y el azucarero, y Fermín escuchó como escuchan los oficiales de taller: sin interrumpir, con las manos quietas sobre las rodillas, mirando un punto fijo de la mesa como si la mesa fuera el plano de una pieza.
Cuando acabé, se quedó callado un rato. Después preguntó:
—¿Han roto algo? ¿Le han hecho daño a alguien?
—No.
—¿Pagan?
—El recibo de enero entró el día veinte —dije—. Puntual. Desde una cuenta nueva.
Fermín asintió despacio, dos veces, como quien asienta una tuerca.
—Pues entonces —dijo—, si pagan la comunidad, ¿qué más da?
Esperé a que riera. No rio.
—Fermín, la escritura es falsa. No han comprado nada. Están viviendo en una casa que sigue a nombre de una muerta.
—Que sigue a nombre de Julen, quiero decir, de la familia —se corrigió, con un gesto vago—.
Mira, Carmen. El piso es de los herederos.
Que lo arregle el heredero. Si ese hombre de Burgos no ha movido un dedo en dos años, ni por su hermana ni por su casa, no vas a ser tú quien se meta en un juzgado por él.
Las comunidades no ganan nada en los juzgados. En los juzgados gana el abogado.
—No hablo de ganar —dije—. Hablo de que hay dos personas dentro del cuarto B con un documento falso, y eso es una falsedad documental, y la falsedad documental no se arregla pagando la cuota.
—La falsedad documental —repitió él, despacio, como quien prueba una pieza que no quiere entrar—.
Anda que no hay pisos en esta ciudad con papeles raros.
Herencias sin hacer, usufructos, tíos que no se hablan.
La mitad de esta casa tiene los papeles torcidos, Carmen.
Yo mismo tengo el trastero a nombre de mi hermano desde hace veinte años y mi hermano está en el nicho.
¿Y? Se paga, se limpia, no se molesta. Eso es una comunidad. Lo demás es remover.
—Fermín —dije—, si mañana estos dos dejan de pagar, o hacen una obra, o le prenden fuego a la cocina, la comunidad va a tener un problema con un piso cuyo ocupante no es nadie. Ni propietario, ni inquilino, ni heredero. Nadie. Eso no lo he visto yo en veinte años.
—Pues lo verás ahora —dijo, sin acritud, con la calma de los que han visto romperse muchas más cosas—. Mientras paguen, son vecinos. Cuando dejen de pagar, serán un expediente. Y entonces ya veremos. ¿El seguro lo has mirado?
—¿El seguro?
—El de la comunidad. Por si hay responsabilidad, si pasa algo en ese piso estando como está.
Le dije que lo miraría, y era verdad que había que mirarlo, y los dos sabíamos que era una manera de darle un trámite al miedo para que el miedo se entretuviera.
Fermín era de los que creen que cualquier cosa cabe en una póliza o en una acta; era su manera de querer la casa.
Once años llevaba yo firmándole papeles y jamás le había oído decir que no a un seguro ni sí a un juzgado.
—Tú nos sacaste de un buen lío con el informe aquel del seguro —dijo de pronto, mirando el pasillo—.
Con lo de Amparo. La luz fundida, el peldaño.
Si no lo dejas tú escrito como lo dejaste, la aseguradora no nos paga ni la pintura del rellano.
Tienes buena mano para dejar las cosas escritas, Carmen.
Por eso te digo lo que te digo: escribe lo que quieras en tus carpetas, pero no lo muevas fuera. No todavía.
Se levantó, me sirvió más café sin preguntar, y se quedó de pie junto a la hornalla, con la taza en la mano, y dijo la frase que me traje de aquella mañana como se trae una astilla:
—No remueva la casa, Carmen.
Lo dijo sin mirarme. Lo dijo a la hornalla, o al café, o a los quince años de actas que había firmado en aquella cocina.
Y yo, que había ido esperando la indignación del presidente —la indignación es un papel que también se firma, y Fermín la había firmado mil veces por un toldo o una antena—, me encontré con aquella prudencia espesa, aquella calma de hombre que tapa una olla.
Fermín llevaba quince años presidiendo mis juntas y jamás le había visto renunciar a una pregunta.
Aquel viernes no hizo ninguna de las preguntas de cajón: quiénes son, de dónde vienen, qué quieren.
Todas sus preguntas eran sobre las consecuencias.
Ninguna sobre la gente. Lo anoté en el archivo sin carpeta y acepté el café, y hablamos del tres por ciento de la limpieza, y bajé a casa con la sensación de haber informado al presidente y no haber informado a nadie.
Solo en el descanso, con la taza ya en mi estómago y la escalera oliendo a viernes, me vino la otra frase de Fermín, la que había soltado sin peso, de sobremesa:
—Amparo lo habría tenido claro —había dicho, mirando las fotos del taller—.
Tu Amparo. Qué mujer. Lo apuntaba todo en aquel cuaderno suyo, ¿te acuerdas?
Las cuotas, las averías, quién pagaba tarde y quién prometía.
«Lo que no se apunta, se lo lleva el aire», decía.
Quince años de esta casa en aquella libreta.
Si esa mujer levantara la cabeza y viera a quién le han metido en su piso…
No acabó la frase, que era lo suyo, y yo no la acabé por él, que era lo mío.
En mi recibidor, aquel mediodía, pensé en el archivo de Amparo que yo había heredado con la cartera: carpetas verdes, certificados, actas, facturas.
Había libretas también, al fondo, libretas de apuntes que nunca abrí.
El archivo de una muerta se ordena por fuera y se deja por dentro; eso no lo dige yo, lo dice cualquiera que haya heredado papeles.
Lo que no se apunta, se lo lleva el aire.
Amparo apuntaba. Yo archivaba sin leer, que es una manera de apuntar al revés.
El fin de semana hizo su ruido de fin de semana, y la casa me lo contó por la ruta de siempre.
La niña del segundo practicó el piano a las cinco, las dos tardes, con la misma pieza atascada en el mismo compás, y pensé que había algo de consuelo en una niña que se equivoca siempre en el mismo sitio.
Los hermanos del primero vieron el partido con el volumen de siempre y se gritaron el resultado como si el otro estuviera en otra ciudad.
Begoña arrastró la regadera por la galería el sábado a las once, que es su hora.