El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 4 — Nota simple #2
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Capítulo 4 — Nota simple #2

Llegué a las nueve y veinte. La ventanilla olía a papel viejo y a calefacción de los ochenta.

Había dos personas delante —una pareja con una carpeta de compraventa y los nervios de las firmas buenas— y esperé mi turno mirando el tablón de tarifas sin leerlo, como se mira el reloj de una sala de espera.

El funcionario —uno nuevo, joven, con la paciencia recién estrenada de los interinos— encontró mi solicitud al segundo intento, imprimió la nota, grapó las hojas y me cobró los nueve euros con setenta con la solemnidad de quien entrega una cosa que no entiende.

Firmé el recibo. Dije gracias. Y en vez de doblar el documento y guardarlo en la carpeta, que es lo que hace una profesional con veinte años de oficio, me quedé allí de pie, junto a la ventanilla, leyendo.

Una nota simple se lee como se lee una radiografía: no de arriba abajo, sino por focos. Los míos fueron solos donde tenían que ir.

Titularidad: Doña Amparo Lasarte, en pleno dominio.

Ni compraventa. Ni adjudicación de herencia.

Ni asiento de presentación de diciembre, ni de noviembre, ni de todo el año dos mil veintiséis.

La última inscripción de la finca tenía veintinueve años y el nombre de una mujer muerta hacía dos, y debajo de ese nombre, en el apartado de cargas, la frase más limpia que he leído en mi vida: no constaba nada de nada.

Ningún trámite. Ningún papel. Ningún dieciocho de diciembre en León.

El funcionario me preguntó si necesitaba algo más.

Dije que no, gracias, con la voz de todos los días, porque la voz es un músculo de oficio y obedeció por su cuenta.

Salí a la calle con la nota doblada en la mano, sin carpeta, y caminé por el casco antiguo sin rumbo durante un rato que no supe medir, con el frío limpio pegándome en la cara y el documento pesando en mi mano lo que pesan las cosas definitivas, que es un peso ridículo, el de dos hojas grapadas.

La escritura era falsa.

Lo ordené en mi cabeza con la frialdad del oficio, porque el oficio era lo único que me quedaba entre aquella frase y yo.

Posibilidad primera: que la venta existiera y no se hubiera presentado a inscripción.

Muerta antes de nacer: ningún comprador que pone ciento y pico mil euros sobre una mesa deja su casa sin inscribir un solo día más del necesario, y el registro no tenía ni siquiera el asiento de presentación, que es el resguardo de que alguien llevó el papel alguna vez.

Posibilidad segunda: que la nota estuviera retrasada.

Imposible: el asiento de presentación aparece el mismo día.

Posibilidad tercera: error de finca. Descartada por el propio documento, que describía mi casa puerta por puerta, con la finca registral correcta.

No había venta. Nadie había vendido el cuarto B. Y si nadie lo había vendido, nadie lo había comprado.

Me senté en un banco de la plaza del casco viejo, junto a la fuente seca, y saqué la copia simple y la puse al lado de la nota, los dos papeles sobre las rodillas, como se cotejan dos facturas. El encabezado de la copia decía lo que llevaba diciendo desde el martes:

«En León, a dieciocho de diciembre de dos mil veintiséis. Ante el Notario del Ilustre Colegio Notarial de León, Don César María Aliaga Gamboa.

COMPARECEN: De parte vendedora, Don Julen Agirre, mayor de edad, camionero, vecino de Burgos, soltero, titular en pleno dominio de la vivienda que se describe. De parte compradora, Don Iker Sagasta y Doña Saioa Sagasta, matrimonio en régimen de gananciales.

EXPONE: Que es dueño de la vivienda marcada con la letra B, en el cuarto piso de la finca número doce de la calle de los Tintes de Torregil, inscrita en el Registro de la Propiedad número dos de dicha ciudad, finca registral 18442.

Que la vende libre de cargas y gravámenes, al corriente de los gastos de la comunidad de propietarios, por el precio de ciento setenta y cuatro mil euros, que los compradores entregan en este acto, a cuyo recibo el vendedor otorga la más amplia carta de pago. »

A la tercera lectura, las costuras se veían solas. Mi oficio es, en el fondo, saber dónde cosen.

Primera costura: «titular en pleno dominio».

Julen Agirre no era titular de nada: la casa seguía a nombre de su hermana muerta, porque la herencia llevaba dos años dormida, sin aceptar, sin adjudicar, sin un solo papel que la despertara.

Para vender aquel piso, Julen habría tenido que aceptar primero la herencia, liquidar el impuesto, inscribirse él y vender después: tres trámites, dos ciudades, un notario en cada esquina.

El hombre que no contestaba a una carta certificada habría hecho todo eso en silencio, en diciembre, entre Burgos y León.

El registro decía que no lo había hecho.

Segunda costura: «al corriente de los gastos de la comunidad».

Esa frase, en una escritura seria, va acompañada de un papel que firmo yo: el certificado de deuda con la comunidad.

Ningún notario la deja pasar sin el certificado, porque sin él el comprador hereda las deudas del vendedor.

Nadie me lo había pedido. El vendedor declaraba estar al corriente, ante notario, de una deuda que solo podía certificar una administradora que no sabía nada de la venta.

Tercera costura: el precio, entregado «en este acto».

Ciento setenta y cuatro mil euros al contado, sin hipoteca, de un matrimonio que se mudaba con once viajes de cajas y ningún mueble.

Posible, como todo. Pero las escrituras con dinero al contado tienen su propio rastro —el justificante bancario, el medio de pago acreditado— y esta lo zanjaba con una carta de pago de una línea, la fórmula más corta del repertorio.

Cuarta costura: la fecha. Un dieciocho de diciembre, viernes, la última semana laborable antes de Navidad, con la administración a medio gas y los despachos oliendo a turrón. El mejor día del año para hacer nacer un papel que nadie va a mirar hasta enero.

Quinta costura, y la más fina: la redacción.

Ya lo había pensado el miércoles con la copia encima de la mesa: estaba demasiado bien.

Las escrituras de verdad llevan siempre alguna torpeza humana arrastrada, una fórmula rara del notario de turno, un lindero copiado de una escritura madre de hace cuarenta años.

Esta era limpia como un examen. La había escrito alguien que conocía el formato mejor que el oficio: todas las piezas correctas, ninguna de las mellas que dejan los años.

Miré el nombre del notario. Don César María Aliaga Gamboa.

Desde el banco, con el móvil y las manos heladas, consulté el directorio del Colegio Notarial de León: existía.

Notaría en la calle Ancha, treinta y pico años de ejercicio.

Lo cual empeoraba la cosa de una manera muy concreta: quien había fabricado el papel no se había inventado un notario; había tomado prestado uno de verdad, con su dirección de verdad.

Había cuidado los detalles que se comprueban a distancia.

Había contado con que nadie llamaría a León a preguntar.

Podía haber llamado yo. Un administrador de fincas puede llamar a una notaría y preguntar si tal día se autorizó tal escritura; es una llamada de dos minutos y ninguna osadía.

Lo pensé con el dedo ya encima de la pantalla.

Y no llamé. Me sorprendió no llamar —me sorprendió la velocidad con que mi mano decidió no hacerlo, antes de que yo encontrara una razón— y archivé ese gesto también, ese no, en el archivo sin carpeta, que es donde guardo lo que no quiero mirar todavía.

La razón que me di después, ya de camino, fue profesional y coja: el registro ya había dicho lo suyo, y lo del registro no admite réplica.

Papel contra papel, la nota simple se merienda a cualquier escritura.

Si en diciembre se hubiera autorizado aquella venta, estaría presentada; no estaba presentada; el resto eran florituras.

La llamada a León no aportaba datos: aportaba ruido.

León podía esperar. Lo que no sabía aquella mañana —o no quería saber— era que estaba aprendiendo a posponer las llamadas que llevaban a sitios con preguntas.

Volví a casa con el frío limpio y los dos documentos en la carpeta, el falso y el verdadero, uno encima del otro como una pareja de hechos.

Subí por la escalera —la escalera, no el ascensor, y tardé tres tramos en darme cuenta de lo que estaba haciendo— y en el rellano del cuarto me detuve delante de la puerta del B, sin acercarme.

Puerta de siempre, madera oscura, el felpudo nuevo de fibra sin dibujo.

Al otro lado, el silencio de las doce y media de un lunes: fuera, los dos, como cada mañana, puntuales.

Lo que me costó entender —lo que sigue costándome entender ahora que lo escribo— no fue la falsedad.

La falsedad era un dato, y los datos se administran.

Lo que no se administraba era el perfil.

Yo conozco a los okupas de expediente: he gestionado dos desahucios, sé cómo se comportan, cómo fuerzan, cómo se atrincheran, cómo no pagan nada y no limpian nada y no sujetan ninguna puerta.

Los del cuarto B habían protegido mi ascensor con cartones de pintor.

Habían preguntado por el día de la limpieza y por la basura orgánica.

Se habían ofrecido a domiciliar la cuota.

Se habían presentado, escritura en mano, a la administradora, que es lo último que hace quien quiere pasar inadvertido.

No se habían colado en una casa vacía: se habían instalado en ella a la vista de todos, con papeles falsos de imprenta buena y modales de vecino ejemplar, en el rellano de enfrente de la única persona de la ciudad capaz de desmontarles el papel con un trámite de nueve euros.

Eso era lo que no cuadraba. No que fueran falsos: que fueran falsos así, tan despacio, tan a cara descubierta. Como si no les importara que se supiera. O como si contaran con ello.