Capítulo 4 — Nota simple
El trámite más aburrido de mi oficio cuesta nueve euros con setenta y tarda tres días laborables.
Lo digo con cariño: he pedido cientos de notas simples en veinte años, para mis treinta y tantas comunidades, para herencias, para pleitos de medianería, para ventas que se atascaban en el último papel, y jamás una me había hecho mirar el calendario.
La del cuarto B la pedí un miércoles por la noche, en bata, con la casa dormida, y desde aquel momento los días se ordenaron solos alrededor del lunes como se ordenan las columnas alrededor del saldo: jueves, viernes, fin de semana, lunes.
El registrador de guardia no trabaja los sábados.
Eso lo supe siempre, pero aquel sábado dieciséis de enero lo supe de otra manera, con el cuerpo, que es como se saben las cosas que no se pueden cuadrar.
Amaneció con la niebla de la semana entera, pegada a los cristales, y con helada debajo.
Trabajé hasta mediodía en el expediente de la avenida de la Estación, que ya olía a pleito desde octubre y empezaba a oler a pleito con fecha: sesenta y dos mil euros de cubierta, tres propiedades en rebeldía y un presidente que firmaba todo sin leerlo.
Redacté dos requerimientos, llamé a la aseguradora de la calle Portalada por una humedad que no quería cubrir —las aseguradoras cobran para eso, para no cubrir— y cuadré la remesa de recibos de enero.
Trabajo de verdad, con fecha y firma. Lo hice con la mitad de la cabeza; la otra mitad estaba al otro lado de la pared del rellano, escuchando.
El cuarto B hacía su vida nueva con la puntualidad de un reloj barato: la caldera a las siete y veinte, sus dos golpes secos y el ronroneo después; el bajante largo de una ducha; la puerta, una sola vez, hacia las diez, y el hueco de la escalera devolviéndome dos pares de pasos que bajaban juntos, los de él firmes, los de ella apenas.
Salían los dos a la misma hora y volvían los dos a la una y media, con bolsas que sonaban a compra de barrio, a pan y a cartón de leche.
Por la tarde, nada: ni tele, ni música, ni voces.
Una casa que trabajaba en silencio, si es que se puede trabajar en silencio.
Lo anoté sin querer, que es como se anota todo lo importante: sin querer.
Once años calibrando la acústica de esta finca me habían dejado un archivo que no se puede cerrar, y los nuevos inquilinos —inquilinos de qué, me pregunté el lunes siguiente; aquel sábado todavía los llamaba propietarios— ya ocupaban sus páginas.
Por la tarde Mikel tenía partido. Amistoso de sábado, a las siete, contra un equipo de una urbanización de las afueras.
A las cinco y cuarto estaba yo en la cocina haciendo tiempo —había limpiado dos veces la encimera, que es mi manera de barrer el despacho mental— cuando me oí decir, sin haberlo decidido:
—Voy a verte.
Mikel levantó la vista de las zapatillas que se ataba con la solemnidad de un rito.
—¿A verme? ¿A un amistoso?
—No me mires así. Te he visto jugar otras veces.
—Hace dos años —dijo él, y tenía razón, y lo dijo sin reproche, que es como los hijos te dan las facturas más caras.
El polideportivo olía a goma y a calefacción y a bocadillo de máquina.
Me senté en la grada con las madres y los padres de siempre, a los que conocía de vista de otros años, y vi a mi hijo hacer lo que sea que hace un base que ya no es bajito: perder tres balones, robar cuatro, discutir una falta con esa indignación limpia de los dieciséis años, que todavía creen que los árbitros se equivocan por accidente.
Perdieron de nueve. Nadie lo lamentó. Y durante dos horas enteras no pensé en el lunes, lo cual era exactamente lo que había ido a buscar y no me atrevo a llamar casualidad: lo llamo administración de recursos.
Volvimos andando, él con el hambre de costumbre y el análisis del partido a medio hacer —dieciséis años: el partido ya no existía, existía el siguiente—, y en la esquina de la calle de los Tintes nos dimos de bruces con la niebla cerrada otra vez, como si la ciudad la hubiera guardado para la noche.
En el portal estaba Iker Sagasta sujetando la puerta de la calle para que saliera uno de los hermanos del primero con su andador.
Lo hacía con la naturalidad del que lleva media vida sujetando puertas en ese portal concreto.
—Buenas tardes —dijo, y a Mikel—: ¿Hoy había partido, no? ¿Qué tal?
—Perdidos —dijo Mikel, con la economía de palabras que le queda a uno después de perder de nueve.
—Lo importante es competir —dijo Iker, y sonrió, y la frase era la frase correcta, la de manual, y aun así me quedé un segundo mirándolo sujetar la puerta, porque el chico no le había dicho a este hombre que hubiera partido aquel sábado.
Se lo había dicho el sábado anterior, ya lo sé; lo razonable primero.
Pero mi columna mental de pendientes tiene ya la costumbre de abrirse sola, como un cajón con el carril suelto.
El sábado por la noche trabajé hasta tarde con la puerta del despacho entreabierta, cosa que no hago nunca: soy de puerta cerrada y de concentración, y aquella noche dejé la rendija, y por la rendija entró la casa entera, como entra siempre.
El cuarto B cenó temprano —lo sé por el extractor, que en esta finca suena como suena—, recogió la cocina a las diez y a las once no había puesto la tele.
Una casa sin tele un sábado por la noche.
No es delito, me dije, y es verdad; pero es una manera de estar en el mundo que no encaja con un matrimonio que firma compraventas en gananciales y se muda por trabajo con un portátil.
Las casas que consultan «temas de empresa» desde el salón suelen tener la tele puesta aunque no la miren.
El cuarto B tenía un silencio de sala de espera.
Me acosté pensando que estaba empezando a contabilizar silencios.
El domingo hicimos la comida larga de los domingos de invierno, que es el único lujo estable de esta casa: alubias con su sacramento, como dice Raúl, y después la sobremesa con la tele bajita y el partido de fondo.
Raúl estaba de buen humor: la obra de la calle Ondárroa entraba por fin en tabiques, y el lunes le miraban el ruido de la furgo.
Lo de la furgo le preocupaba con esa preocupación de los hombres de furgoneta, medio mecánica y medio sentimental.
—¿Y tus nuevos vecinos? —me preguntó de pronto, con los ojos en el partido—. ¿Te han dado ya los papeles que faltaban?
—Me dieron la copia de la escritura —dije—. Estoy pendiente de un par de cosas del registro.
—Pues eso, a esperar —dijo, y le dio un sorbo al vino—. Con Julen de por medio, igual hay lío de herencia. Ese hombre no ha firmado un papel en su vida si podía no firmarlo.
Asentí. No le conté lo de la nota simple.
No por ocultación —así lo administré yo entonces— sino por orden de trabajo: los resultados primero, las sospechas no se ponen en la mesa de un domingo.
Así me lo expliqué, y la explicación aguantó toda la tarde, y una parte de mí, la que cuadra columnas, ya sabía que no era del todo verdad.
Hay papeles que no se enseñan en casa porque todavía no están, y hay papeles que no se enseñan en casa porque una ya huele lo que van a decir.
Por la tarde, mientras los dos veían la segunda parte, me encerré en el despacho y abrí la carpeta «Tintes 12 — 4ºB — compraventa», que era joven y ya tenía más documentos que la carpeta de la defunción.
Releí la copia simple por quinta vez, con la calma de quien relee un examen aprobado buscando la pregunta mal corregida.
Seguía todo en su sitio: León, dieciocho de diciembre, Julen Agirre, gananciales, precio al contado.
Y seguía sonando mal, de la manera en que suenan mal las campanas desafinadas: no por lo que dicen, sino por cómo.
Escribí en la agenda dos líneas, que era mi manera de hacerle sitio al lunes: «Hipótesis A: venta real no inscrita (plazo anómalo).
Hipótesis B: documento no autorizado.» La hipótesis B la subrayé sin querer, dos veces, y después taché la palabra «hipótesis» y escribí «cosa», porque las hipótesis son de los laboratorios y mi oficio es más humilde: mi oficio maneja cosas que cuadran y cosas que no.
Me acosté con la hoja aparcada en la columna de suspensos de mi cabeza, sabiendo ya que no iba a cuadrar nunca.
El lunes amaneció claro por primera vez en diez días: la niebla se había ido dejando ese frío limpio y cortante que en Torregil vale por tres mantas.
El Registro de la Propiedad número dos está en el casco antiguo, en una calle de las que conservan el adoquín y los portales bajos, a diez minutos de casa andando.
Las notas importantes las recojo siempre en ventanilla; es una costumbre de cuando aprendía el oficio con Amparo, que desconfiaba de los documentos que llegaban solos, sin pasar por una mano.
«Un papel que no ha sudado en una ventanilla no ha terminado de nacer», decía, y era una de esas frases suyas que yo archivaba por cariño más que por rigor.
Fui andando despacio, con la carpeta bajo el brazo y la copia simple dentro, por costumbre más que por plan, y por el camino me sorprendí haciendo lo que no se debe hacer antes de un resultado: redactar la conversación siguiente.
Si la nota decía que todo estaba en orden, le subiría a los del cuarto B la domiciliación de la cuota y se acababa el asunto; si no lo decía…
La segunda versión de la conversación no conseguí escribirla ni en mi cabeza. Eso también lo anoté.