El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 3 — Lo que oye la escalera #3
16%

Capítulo 3 — Lo que oye la escalera #3

—Lo tendré en cuenta —dijo, y dio un golpecito a la puerta con los nudillos, cariñoso, como se palmea el lomo de un animal—. Aunque estas cerraduras viejas tienen su encanto. Hay que tratarlas con paciencia.

Frase de feriante, pensé. Después pensé que era la segunda vez que aquel hombre convertía una despedida en una frase que se quedaba pegada.

Me despedí y entré en casa, y desde la mirilla, sin decidirlo, lo vi cerrar la caja de herramientas, levantar el felpudo, mirarlo un momento —un felpudo nuevo, de fibra, sin dibujo, el único objeto de la casa que no era de Amparo— y entrar.

La puerta del cuarto B se cerró con su golpe sordo, y yo me quedé en mi propio recibidor con la sensación administrativa de que había olvidado preguntar algo, sin saber qué.

El resto del viernes lo gasté en trabajar con la puerta del despacho cerrada, que es lo que hago los días que no quiero oír la escalera.

Merendé de pie, sin hambre, y respondí dos correos con la mitad de la cabeza puesta en la pared del rellano.

No funcionó del todo: la casa entraba por los bordes.

A la una, la puerta del cuarto B, una vez.

A las cuatro, voces breves en el rellano, él y ella, y la palabra «mañana» subiendo sola por el hueco.

A las siete, la caldera otra vez, sus dos golpes secos.

Mikel entrenaba —jueves—, y volvió a las nueve con la cena a medio hacer y la noticia de que el entrenador le subía a los cadetes del primer equipo, y Raúl llegó a las diez oliendo a frío, y cenamos y vimos la tele, y fue un día entero de dos mil veintisiete, igual que otro cualquiera, con la fecha pesando debajo como una losa en el bolsillo del abrigo.

Nadie nombró a Amparo en la cena. Yo tampoco. Mikel la recordaba como «la señora del cuarto que me daba caramelos de violeta», y lo dejó ahí, en los caramelos, que es donde los chicos dejan a los muertos.

Lo que pasó aquella noche lo cuento con la precisión de la que soy capaz, que es mucha, porque lo registré como registro todo: a la una y algo, despierta otra vez —la segunda noche, el sueño de enero ya era racha—, oí llorar en el cuarto B.

Primero creí que era la tele. A esa hora, con la casa en silencio, los sonidos llegan desnudos y una los cataloga antes de haberlos oído del todo: no era la tele, porque no tenía música debajo; no era el bajante, porque tenía respiración; no era la caldera, porque la caldera golpea dos veces y después ronronea.

Era una voz humana rota a pedazos pequeños, administrada con cuidado, como quien reparte una cosa que no quiere que se acabe de golpe.

No era un llanto de película. Era un llanto bajito, contenido, de alguien que llora con la boca tapada o con la cara contra una almohada, y me llegaba a mi lado de la cama por la ruta de siempre: el rellano, la puerta, la rendija.

Un llanto de mujer. Ella. Se oía por tramos, como se oyen los trenes lejanos: un rato, un silencio largo en que una piensa que ya está, y otra vez.

Raúl no se movió. Yo estuve quieta, mirando la oscuridad, haciendo lo que hago: contabilizando. Duró, por tramos, casi una hora.

Y aquí está lo que no supe hacer, ni aquella noche ni en las que vinieron después: no supe ponerle categoría al ruido.

Una mujer llorando de madrugada en su casa nueva.

Pena, debió de ser. Pena de las mudanzas, de los cambios de vida, de lo que se deja atrás; las casas nuevas sacan las lágrimas que las ciudades viejas esconden.

Pero lloraba en la casa de Amparo, entre los muebles de Amparo, en la noche exacta en que se cumplían dos años de la muerte de Amparo, y hay una parte de mí —la parte que cuadra columnas— que no puede evitar sumar las fechas aunque la suma no le pertenezca.

Pena o ensayo. Dolor o representación. Una mujer de pocas palabras, que espera a que mi hijo cierre la puerta para no coincidir en el ascensor, que saluda a las puertas con la palma de la mano, llorando tapada en la casa de una muerta, en la madrugada del aniversario.

Pensé en llamar. Pensé en cruzar el rellano en bata y llamar a la puerta del cuarto B con cualquier excusa de madrugada —que se me ha ido el agua caliente, que hay una fuga—, porque si aquello era pena, alguien debería acompañarla, y si era otra cosa, alguien debería verla.

No lo hice. Me quedé en la cama, quieta, con los ojos abiertos, haciendo con aquel llanto lo que esta casa me ha enseñado a hacer con todo lo que se oye por la noche: esperar a que se acabara.

La escalera oye, y las paredes chivan, y los de dentro contamos los tramos hasta el final y nos quedamos tan anchos.

Así funciona. Así ha funcionado siempre.

Al final el llanto se apagó, como se apagan los trenes.

Yo seguí despierta hasta las cuatro, oyendo la nada bien cableada de mi casa, y pensé una sola cosa, con toda la claridad inútil de las tres de la mañana: esta escalera me estaba contando algo, llevaba años contándomelo, y yo llevaba años respondiendo con la puerta cerrada.