Capítulo 3 — Lo que oye la escalera #2
—Por la pared —repitió Cuvi, despacio, como se repite un dato importante—.
Mire, Rosalía: yo llevo muchos años hablando con gente que no duerme, y le voy a decir lo que creo.
Las casas no guardan secretos. Las casas los transmiten.
La escalera es el oído de la casa, y las paredes son su manera de chivarlo todo.
Usted no ha hecho nada malo. La que no se calla es su edificio.
—¿Y qué hago con lo que oigo?
—Eso —dijo Cuvi, y se le oía la sonrisa cansada— eso ya no lo decide la casa. Lo decide usted. Siguiente llamada.
Hubo otra llamada —un camionero en un área de servicio de la A-6, que hablaba de su padre— y después una canción vieja, y yo no la escuché.
Apagué la leche antes de que hirviera y me quedé con el cazo en la mano.
La escalera es el oído de la casa. Bonito de radio de madrugada, pensé, una frase para rellenar veinte segundos de antena.
Pero se me quedó adherida, como se quedan las cuentas mal cerradas, y mientras me tomaba la leche de pie, a oscuras, mi edificio entero se ordenó a su alrededor sin pedirme permiso: el hueco de la escalera que me traía la caldera del cuarto B, la pared del rellano que me traía sus cisternas, la voz de la niña del piano, los gritos de los del primero.
Todo lo que yo sabía de esa casa sin que nadie me lo hubiera contado.
Todo lo que la casa me había contado siempre.
Y la pregunta que vino detrás, naturalmente, fue la otra: si ahora la escalera me traía la vida nueva del cuarto B, gota a gota, ¿qué había traído antes?
¿Qué había oído esta casa en dos mil veinticinco, cuando el cuarto B era la casa de Amparo y la escalera era la misma escalera?
¿Qué me había estado contando a mí durante años, mientras yo cuadraba recibos a cuatro metros de distancia?
Me acosté a las cuatro y media y no dormí. Era viernes, quince de enero, aunque todavía fuera de noche.
Por la mañana ejecuté mi ritual, como todos los días desde hacía dos años, solo que aquel día era consciente de él: bajé en ascensor.
Yo no uso el ascensor. Me gustan las escaleras, me gusta llegar a los sitios por mi propia pierna, y en una casa de cinco alturas usar el ascensor para bajar al portal es de vagos o de lesionados.
Llevaba setecientos treinta días siendo vaga o lesionada, según se mire.
Pulsaba el botón, me cerraba dentro de la cabina con olor a madera y a limpiador, y llegaba al portal sin pasar por ningún rellano.
El viaje dura once segundos; los he contado muchas mañanas, con la vista clavada en el display de los pisos como quien mira por una ventanilla para no ver lo que hay fuera.
Nueve segundos si nadie había dejado la cabina en otra planta.
Sin pisar, quiero decir, el rellano de entre el tercero y el cuarto.
Nunca me lo había formulado así, con esa precisión de contrato: no es que yo usara el ascensor; es que no pisaba ese rellano.
El ascensor era el medio. Lo demás era el fin.
Es un rellano como otro cualquiera, objetivamente.
Lo he visto mil veces desde el ascensor, porque la cabina tiene rejilla y al subir se ven los tramos: el ventanuco que da al patio de luces, la barandilla que Amparo pulía, la bombilla que ahora funciona porque la cambió la empresa de la limpieza.
Objeto físico: tres metros por dos, terrazo gris, un zócalo de madera.
No hay nada en ese rellano que no haya en todos los demás.
Y sin embargo mi cuerpo lo sabe distinto: lo sabe con la parte de atrás de las rodillas, con la mano que se cierra sobre la barandilla del ascensor, con el alivio pequeño y vergonzoso de oír las puertas cerrarse.
Uno puede administrar una casa entera —sus seguros, sus cuotas, sus derramas— y no ser capaz de pisar uno de sus rellanos.
Las cuentas de las casas se llevan en carpetas; las de los cuerpos no sé dónde se llevan.
Fermín bajó conmigo a las nueve, cuando yo volvía de llevar el acta a la calle Ercilla y él salía a por el periódico.
Sesenta y ocho años, oficial de taller jubilado, presidente de la comunidad desde antes de que yo llegara a la casa, con su bastón que no necesita y su boina de todo el año.
Se metió en la cabina, la miró como se mira a un perro conocido, y dijo:
—Hoy hace dos años.
—Sí —dije.
—Pobre Amparo —dijo. Y después, con la voz de quien cambia de tema por deber—: ¿Lo de la limpieza de la escalera lo has hablado ya con la empresa? Que la semana pasada el segundo tramo olía a no haberse fregado.
—Lo hablé el lunes —dije—. Suben la cuota un tres por ciento, pero refuerzan el viernes.
—Pues vale —dijo Fermín, y en el portal se plantó la boina y salió a la niebla, y yo me quedé pensando en la rapidez con que habíamos pasado de Amparo al tres por ciento, y en que llevábamos dos años pasando así, todos, de Amparo al tres por ciento, y que eso también era una forma de escalera: unos peldaños que bajabas sin mirar.
Lo que sabe la casa, lo que sabe todo el mundo, es esto: el quince de enero de dos mil veinticinco, un miércoles, hacia las nueve y pico de la noche, yo salí a tirar la basura y encontré a Amparo caída en el rellano de entre el tercero y el cuarto.
Se había precipitado por el tramo que baja al tercero; se había golpeado contra el suelo del rellano.
Llamé a emergencias, vino la ambulancia, y Amparo murió de camino al hospital, o en el hospital, según qué papel se lea.
La policía tomó los datos de rigor, miró la escalera, miró la barandilla, y lo cerró como lo que parecía: un accidente.
Una mujer de sesenta y cuatro años, de noche, en unas escaleras de hace treinta años con la luz de uno de los tramos fundida desde el lunes —eso lo supe después, y lo he apuntado aquí porque lo apunté entonces en mi informe al seguro: la luz fundida, el peldaño de madera gastado, todo documentado—.
Los accidentes domésticos matan más gente en este país que muchas cosas que salen en los periódicos.
Eso dijo el agente, o algo así. Y es verdad.
Lo que no dijo el agente, porque no se lo dijimos, es que aquella noche la casa había oído algo antes.
No gritos; una discusión contenida, voces bajas y duras en la escalera, de esas que suben por el hueco sin palabras enteras.
La oyó Begoña desde el tercero. La oyeron los del segundo.
La oí yo desde mi cocina, donde ayudaba a Mikel con unos deberes de matemáticas que a él no le salían.
Y todos hicimos lo mismo: esperar. Esperar a que fuera otra cosa, esperar a que se callara, esperar a que alguien más abriera primero, como se espera a que otro firme el documento incómodo.
Yo esperé así, con el bolígrafo en la mano y un problema de fracciones delante, contando los segundos sin contarlos.
No abrió nadie. Después salí a tirar la basura, que era la excusa que mi casa me daba todas las noches a las nueve, y el resto ya lo sabe la casa entera.
Eso, dos años después, es lo único que no cuadra en mi propia versión: no lo que hice, que fue lo que haría cualquiera, sino lo que no hice, que también. Lo escribo así, en pasado, porque en presente no hay manera de sostenerlo.
A media tarde subí de la calle —había bajado a la farmacia, a por el colirio de Mikel— y en el rellano del cuarto me encontré a Iker, con una caja de herramientas abierta en el suelo y el felpudo del cuarto B levantado, mirando la cerradura de su puerta nueva con la atención de quien cataloga.
—Carmen —dijo, enderezándose—. Estaba viendo la cerradura. Es de las antiguas, ¿verdad? De las de antes.
—De cuando se construyó la casa —dije—. Si la quieren cambiar, yo les paso el cerrajero de confianza de la comunidad. Hace buen precio.