El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 3 — Lo que oye la escalera
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Capítulo 3 — Lo que oye la escalera

El jueves aprendí que el cuarto B tenía una caldera de encendido viejo, de las que golpean antes de arrancar: dos golpes metálicos secos, un silencio, y después el ronroneo.

Lo aprendí sin salir de mi despacho, a las siete y veinte de la mañana, con la niebla todavía oscura detrás de la ventana.

El sonido me llegó limpio, como si la caldera estuviera en mi cuarto de baño y no a cuatro metros y una puerta blindada de distancia.

Así funciona esta casa: el hueco de la escalera es una caja de resonancia vertical, y las paredes del rellano, que son de ladrillo del gordo, transmiten lo justo para que una sepa si el vecino friega o si se ha dejado un grifo abierto.

Llevo once años calibrando esa acústica sin querer.

Sé que la niña del segundo practica el piano a las cinco; sé que los del primero ven el fútbol con el volumen alto y se gritan el resultado como si el otro estuviera en otra ciudad; sé cuándo Begoña riega las plantas de la ventana porque arrastra la regadera por el suelo de la galería.

Son datos que nadie me ha dado y que no le sirven a nadie.

La administradora que hay en mí los archiva igual, sin carpeta, sin etiqueta: es el único archivo que no se puede cerrar.

Aquel jueves el archivo creció. A las siete y veinte, la caldera.

A las ocho menos cuarto, agua corriendo por el bajante, largo rato: ducha.

A las ocho y media, la puerta del cuarto B, con su golpe sordo característico —la reconocería entre cincuenta puertas, dos años de silencio no borran dos décadas de costumbre—, y pasos ligeros escalera abajo: ella.

Después, nada hasta el mediodía, cuando volvieron los dos juntos hablando bajo, y la palabra que subió entera por el hueco, una sola, fue «cortinas».

Estaban colgando cortinas en la casa de Amparo, donde las cortinas de Amparo seguían colgadas.

Quizá las habían quitado. No pude evitar pensar en qué habrían hecho con ellas, si las habrían doblado y guardado o tirado al contenedor gris, y me sorprendí a mí misma con la mano quieta sobre el ratón, dejando que se me enfriara el té.

Una administradora no se pregunta esas cosas.

Una administradora pregunta si la comunidad está al corriente y si el seguro cubre la tubería.

La casa, para quien no la conozca, es un edificio de principios de los noventa en la calle de los Tintes, que debe el nombre a los talleres de tintorería y batanes que hubo aquí cuando el barrio era industria y no dormitorio.

Cinco alturas, dos puertas por rellano, un ascensor estrecho metido con calzador en la reforma del dos mil y pico y una escalera de madera y terrazo que gira alrededor del hueco como una noria lenta.

Tiene los vicios de su época: las paredes del rellano gruesas y las de dentro de papel, la fontanería por los bajantes que anuncian cada ducha, y esa acústica de la que no se libra nadie.

El portal huele a piedra y a limpiador, y el ventanuco del patio de luces da una luz de pecera incluso al mediodía.

Lo que no tiene es mala gente. Eso lo digo con la autoridad de quien lleva sus cuentas once años: es una comunidad que paga, que no pleitea, que se saluda.

La gente corriente, que es la materia de la que están hechos los edificios y los silencios.

Trabajé hasta mediodía con la certificación de la calle Ercilla, que ya pedía la notaría con cierta impaciencia, y después salí a comprar. En el rellano del tercero me crucé con Begoña, que subía con su carrito de la compra y su conversación de serie.

—Carmen, hija —dijo, y se paró, porque Begoña no habla andando: habla plantada—.

¿Has visto qué niebla? Esto no es niebla, esto es un castigo.

Oye, ¿qué tal los nuevos? Yo solo he visto a la chica.

Muy mona, pero muy callada. Le he dicho «bienvenida a la casa» y me ha dicho «gracias».

Gracias, ¿ves? Eso me ha dicho. Dos palabras.

—Será tímida —dije, que ya era mi frase oficial para Saioa Sagasta.

—Tímida o de las que miran —dijo Begoña, bajando un escalón para acercarse—. A mí no me mires así, que yo no digo nada malo. Digo que hay gente que calla porque no tiene nada que contar y gente que calla porque está contando otra cosa. Tú sabrás, que eres la administradora.

—No sé nada, Begoña. Trajeron la escritura el martes, todo en regla.

—Pues mira, qué bien —dijo, y subió dos peldaños más, y se giró—. Mañana hace dos años, ¿verdad?

No dijo de qué. No hacía falta.

—Sí —dije.

—Pobrecilla —dijo Begoña, y siguió subiendo, y el carrito hizo su ruido de rueda vieja contra cada peldaño, pum, pum, pum, hasta el tercero.

Yo bajé a la calle con esa frase en el bolsillo.

Mañana hace dos años. En el súper de la esquina compré lo de siempre —el pan, la leche, los yogures de Mikel, una bolsa de mandarinas que pesaba más que el resto de la compra junta—, y en la panadería, sin decidirlo, compré también un ramo pequeño de flores de las de cubeta, crisantemos, que son las flores baratas de enero.

La panadera las envolvió en papel de estraza sin preguntar, con esa discreción de mostrador que tienen los comercios de barrio, y yo salí con el ramo debajo del brazo como quien saca de una tienda una cosa que no sabe dónde va a poner.

No sabía para quién eran. No hay cementerio al que llevarlas que me incumba a mí: Amparo está en el nicho de su familia, en Burgos, donde la llevó su hermano en la furgoneta de la funeraria sin avisar a casi nadie del barrio.

Las flores acabaron en un jarrón de mi cocina, que es un sitio absurdo para unas flores de duelo, y Mikel, al entrar, las miró con la ceja levantada.

—¿Es el cumple de alguien?

—No —dije—. Estaban de oferta.

Mintiendo a mi hijo por unos crisantemos. Lo anoté también, en el archivo sin carpeta, que es donde se anota lo que no se quiere mirar.

Aquella noche no dormí. No es raro en mí en enero; tengo el sueño de temporada, como las facturas.

La cena fue normal: Raúl contó que el aparejador de la calle Ondárroa había dado por fin el visto bueno, Mikel enseñó en el móvil un vídeo de un mate que le hizo gracia a todos menos a mí, que no entiendo el baloncesto por dentro, y a las once la casa se fue apagando por orden, primero el chico, después la tele, después nosotros.

Me acosté a las doce, dormí un sueño fino y tramposo, y a las tres menos cuarto estaba despierta del todo, con la certeza inútil de que ya no había vuelta atrás.

Raúl respiraba al lado, profundo, inalcanzable.

Me levanté sin hacer ruido, por costumbre de madre de niño pequeño que ya no es pequeño, y fui a la cocina.

De camino, en el pasillo, pisé el baldosín que cruje —el tercero, junto al cuarto de Mikel— y lo pisé queriendo, como se toca una tecla conocida: la casa respondió con su media frase de madera, y eso me bastó para saber que todo seguía en su sitio.

La cocina de noche es mi despacho verdadero.

Puse leche a calentar, sin hambre y sin sed, por el puro ritual de manejar un cazo, y encendí la radio vieja de la encimera, una Sony de botones gordos que sobrevive a todos los electrodomésticos de la casa.

De día está fija en la generalista, para el parte.

De noche, si giras el dial con cuidado, Torregil ofrece lo que ofrecen las ciudades medianas de noche: música para camioneros, un programa de esoterismo con publicidad de colchones, y Radio Torregil, la emisora local, que a las tres de la mañana emite una cosa llamada «La franja de las tres».

Yo conocía el programa de oídas, como se conocen las cosas de la propia ciudad: por Begoña, por la peluquera, por la radio de los taxis.

Lo presentaba un hombre llamado Ismael Cuvi, y consistía en lo que anunciaba su cabecera —una cinta vieja, con una música de sintetizador barata—: «a esta hora la ciudad dice la verdad.

No la verdad del telediario, la otra. La que se dice en las cocinas».

La gente llamaba y hablaba. Eso era todo.

Aquella madrugada de jueves a viernes, con la leche templándose y la niebla apretada contra la ventana de la cocina, llamó una mujer que dijo llamarse Rosalía, «de la zona de la estación», y que dijo que no podía dormir desde que los vecinos del quinto habían empezado a discutir.

—No es que discutan fuerte —dijo la mujer, con una voz desvelada y precisa, de profesora—.

Es que yo lo oigo todo. La pared de mi dormitorio da a su salón, Ismael, y yo sé de ese matrimonio cosas que no sé ni del mío.

Sé que él cobra menos de lo que dice. Sé que la madre de ella viene en Semana Santa.

Sé que ella lloró el lunes. Oigo su vida mejor que la mía, ¿me explico?

Oigo su vida con más claridad que la mía.

—Se explica usted perfectamente —dijo Cuvi. Tenía una voz grave y cansada, sin impostación, la voz de un hombre que ha dejado de impresionar a nadie hace años—. ¿Y eso le da pena, o le da envidia?

La mujer se rio, sorprendida.

—No sé. Las dos cosas. A veces pienso que debería decirles algo. Que yo sé. Que no están solos aunque quieran estarlo. Y luego pienso: ¿y qué derecho tengo? Ellos no me han contado nada. Me lo he enterado todo por la pared.

—¿Y usted les ha contado a ellos algo alguna vez? —preguntó Cuvi—. Digo: cuando se cruzan en la escalera, ¿se cuentan las vidas, o solo se oye usted las suyas?

—Nos saludamos —dijo la mujer—. «Buenas, qué frío.» Lo normal.

—Lo normal —repitió él—. Fíjese qué curioso, Rosalía: usted sabe que la vecina lloró el lunes, y el martes le dijo «buenas, qué frío». Así somos. Así están hechas las casas.