Capítulo 2 — La escritura #3
El miércoles lo pasé entero con la copia simple encima de la mesa, entre la derrama de la avenida de la Estación y la lista de morosos.
La releí cuatro veces. Estaba todo bien, y ese era el problema: estaba demasiado bien.
Veinte años leyendo escrituras ajenas y puedo decirlo así: las escrituras reales tienen siempre alguna torpeza humana, una fórmula rara del notario de turno, un dato arrastrado de un documento anterior que ya no procede, una descripción de linderos copiada de la escritura madre de hace cuarenta años que ya no corresponde con nada.
Esta era limpia como un examen de matrícula.
Describía el piso como lo describe el registro, metro a metro; citaba la finca registral correcta; declaraba al vendedor libre de cargas y al corriente de los gastos de comunidad —esa frase, «al corriente de los gastos de comunidad», sin el certificado que la acredita, que es el certificado que firmo yo y que nadie me había pedido—.
Yo no podía acusar a una escritura de estar demasiado bien redactada; se lo imaginé dicho en voz alta, ante Fermín o ante Raúl, y me sonrió hasta el chicle de la frase.
No había delito en una buena redacción. Había, eso sí, una manera profesional de salir de dudas, y era tan rutinaria que me daba vergüenza no haberla hecho el lunes.
Por la mañana salí una hora a la calle Ercilla, a entregar en mano un acta al presidente, que es de los que no abren el correo.
La ciudad estaba helada y quieta, con la niebla comiéndose los tejados, y a la vuelta, ya en mi portal, me crucé con Saioa, que entraba con la bolsa del pan.
Se apartó para dejarme pasar con una cortesía tan ensayada que era casi una coreografía, y por un momento estuvimos las dos solas, a dos palmos, entre los buzones y la puerta.
—Qué frío hace —dije, que es lo que se dice en Torregil entre enero y marzo.
—Sí —dijo ella. Y después, como si le costara decidirlo—: ¿Lleva muchos años en la casa, usted?
—Once. Y de administradora, veinte, pero de esta casa solo desde que… desde hace dos —me corregí en el último momento, porque «desde que murió Amparo» no es una frase que se le suelte a una desconocida entre los buzones.
—Ya —dijo ella, y asintió como si la corrección no le hubiera pasado inadvertida, sino todo lo contrario—. Once años aquí. Conoce bien la casa, entonces.
—Las paredes, más que nada —dije—. Las comunidades son paredes con contadores.
Sonrió, esta vez de verdad, un milímetro y medio. Subió por la escalera —la escalera, no el ascensor— con el pan bajo el brazo, y yo me quedé abajo contando sus pasos hasta que se perdieron: paso ligero, sin tacón, los de alguien que no quiere que la oigan llegar.
La nota simple. El registro de la propiedad.
El documento más aburrido de mi oficio: quién es dueño de qué, con qué cargas, desde cuándo.
Lo pido diez veces al mes para mis comunidades, cuesta nueve euros y se hace por internet en cuatro clics.
Es la radiografía barata de cualquier inmueble, y si el cuarto B había cambiado de manos el dieciocho de diciembre, el registro lo tendría asentado o en trámite, y ahí se acababa mi colección de cosas raras.
Aquella noche, con la casa ya dormida —Mikel roncando suave, que lo hace desde pequeño, y Raúl con la respiración honda de las siete horas exactas—, me senté en el despacho con la bata sobre el pijama y abrí la sede electrónica del Colegio de Registradores.
Antes de rellenar nada estuve un rato mirando la pantalla, porque me conocía: si pedía la nota, ya no había vuelta atrás.
No por el trámite, que era inocuo, sino por lo que significaba en mi propia contabilidad.
Una cosa es anotar rarezas en la columna mental de los pendientes; otra es girar un cargo oficial contra esa cuenta.
La nota simple la iba a pagar la comunidad, nueve euros con setenta, y figuraría en mi hoja de gastos con su fecha y su concepto, y si algún día alguien me preguntaba por qué el trece de enero de dos mil veintisiete la administradora de los Tintes pidió saber quién era dueño del piso de enfrente de su casa, yo tendría que responder.
Con datos, como respondo a todo. O sin ellos.
Rellené la solicitud con los dedos seguros: finca registral, la que yo misma había apuntado años atrás en la carpeta de Amparo, municipio, Torregil.
Titular a efectos de localización: herederos de Amparo Lasarte.
Motivo de la solicitud: interés legítimo, gestión de comunidad.
Al pulsar el botón me di cuenta de que tenía los hombros subidos, como si estuviera firmando algo en vez de preguntando algo.
La respuesta tardaría hasta el lunes, cuando el registrador de guardia la despachara.
Cinco días. Cerré el portátil y me quedé un momento a oscuras, oyendo la casa: la nevera, la calefacción, la tubería del baño de arriba con su tos de siempre, y del otro lado de la pared del rellano, un grifo que se abría y se cerraba en el cuarto B, tarde, como si también allí alguien no pudiera dormir.
Pedir una nota simple no es sospechar de nadie. Es mi trabajo. Me lo repetí volviendo a la cama, y era verdad, y dormí mal igualmente.