Capítulo 2 — La escritura #2
Y había más, si uno seguía mirando. Firmado el dieciocho de diciembre, mudados el nueve de enero: veintidós días de por medio, con Navidad y Reyes en medio, con la Administración medio parada y las mudanzas de vacaciones.
Posible, como todo, pero rápido; la gente normal tarda meses en digerir un piso comprado.
Y estaba la firma del vendedor: Julen Agirre, el hombre que en dos años no había contestado ni a una carta certificada de la administración, ni a la aseguradora, ni a los requerimientos del padrón, había bajado de Burgos a León —o subido, según se mire el mapa— a firmar una compraventa en un notario desconocido, una semana antes de Nochebuena, con la puntualidad de quien por fin se quita un peso.
El mismo hombre que me dijo en el salón de su hermana muerta «ya lo arreglaré, que ahora no puedo con esto».
La gente cambia, claro. Los camioneros aparcan y firman como todo el mundo.
Pero mi oficio consiste en gran parte en saber cómo se comporta la gente con los papeles, y aquel comportamiento no era el de Julen; era el de alguien que hubiera decidido por Julen.
—¿Algo que no esté en orden? —preguntó él, y lo preguntó con la curiosidad exacta, ni un gramo de más.
—Todo correcto —dije—. Estarán deseando quitarse el papeleo de encima.
—Usted no sabe cuánto —dijo él, y sonrió.
Aprovechó la sonrisa para hacer lo que hacen los vecinos ejemplares: preguntó por la basura —martes, jueves y sábado la orgánica, el resto contenedor gris—, por el día de la limpieza de la escalera —la empresa entra los lunes—, por si la comunidad admitía domiciliar la cuota o prefería transferencia.
Le expliqué que el recibo lo giraba el banco a quien constara como titular, que habría que cambiar la titularidad con una carta y el justificante, y él asintió como quien colecciona trámites, con gusto.
Saioa, mientras tanto, no miraba el pliego ni a mí: miraba mi casa.
El cuenco de las llaves de Raúl, el paragüero, las fotos del pasillo que se adivinaban desde el recibidor.
Lo hacía sin disimulo y sin descortesía, con una atención tranquila, de inventario.
Pensé que era curiosidad de recién llegada.
También pensé que yo había enseñado pisos durante años para Amparo y sabía distinguir a quien mira una casa para imaginarse viviendo en ella de quien la mira para comprobarla. Saioa comprobaba.
—Su mujer es observadora —dije, por decir algo, cuando él guardó la carpeta.
—Eso es —dijo Iker, y no añadió más, y la frase quedó flotando en el recibidor medio segundo, hasta que él la recogió con otra sonrisa—. A mí me salvó de más de un contrato malo. Tiene ojo para los detalles.
Fue al devolverle el pliego —no, al quedármelo para fotocopiarlo, dije que le subiría una copia escaneada al correo— cuando vi las manos de ella.
Saioa sostenía las bolsas de la compra, y en la mano izquierda, contra el asa de plástico, llevaba una alianza de oro.
Nueva. No nueva de esta temporada: nueva de joyería, con ese brillo plano que tienen las alianzas que no han tocado todavía una fregona ni un volante ni un grifo, sin un solo rayón en toda la vuelta.
Yo llevo la mía diecinueve años y parece una moneda vieja.
Y él, que había abierto la carpeta y sacado el pliego y gesticulado lo justo durante toda la visita, no llevaba ninguna.
Ni anillo ni marca en el dedo, esa franja más pálida que deja una alianza cuando se quita.
Manos desnudas de hombre que nunca ha llevado nada en ellas.
Lo registré. Es lo que hago: registro. Hay matrimonios sin anillos y matrimonios con un anillo solo, y la gente se compra alianzas nuevas cuando se muda de vida, y todo eso lo sabía y lo sé. Lo registré igualmente, en la misma columna donde había quedado lo de León: datos sin categoría todavía.
—¿Y qué tal el piso? —pregunté, por cortesía y por otra cosa—. Dos años cerrado. Si notan humedades o la caldera perezosa, me lo dicen.
—Está todo muy bien —dijo Saioa.
Fue lo primero que le oí decir en frase completa.
Voz baja, clara, sin acento marcado, la voz de alguien que ha aprendido a no dejar rastro de dónde viene.
Dijo «está todo muy bien» mirando no a mí sino a la pared de mi recibidor, al armario de las llaves, de refilón, como quien mira un mueble.
Después me miró, sonrió un milímetro, y añadió:
—Es una casa muy querida. Se nota.
Aquel «querida» otra vez. Él había dicho el sábado «se nota que la querían».
Lo achaqué a que los matrimonios acaban hablando con el mismo diccionario, que es verdad y es de las pocas cosas bonitas de los matrimonios, y les abrí la puerta con el pliego bajo el brazo y las gracias y el hasta luego.
Desde la mirilla los vi esperar el ascensor en silencio, los dos mirando al frente, sin tocarse ni hablarse, como dos compañeros de trabajo que comparten trayecto.
Aquella tarde escaneé la copia simple y la guardé en una carpeta nueva del archivo: «Tintes 12 — 4ºB — compraventa».
Al crear la carpeta me di cuenta de que era la primera carpeta que abría para ese piso desde la que titulé «4ºB — defunción y sucesión», dos años atrás, y que contenía cuatro documentos en total: el certificado de defunción, la carta certificada a Julen Agirre, la respuesta que nunca llegó y una foto del piso cerrado que hice yo misma para el seguro.
Contra aquella carpeta escuálida, la nueva empezaba ya con más papeles que la herencia entera.
En la cena se lo conté a Raúl: que los nuevos habían subido ellos mismos a traerme la escritura, por las buenas, con su carpeta burdeos.
—Qué formales —dijo Raúl, pelando una mandarina—. Eso es buena señal, ¿no? Los morosos no te suben papeles a casa.
—Eso digo yo.
—Pues ya está —dijo, y me ofreció la mitad de la mandarina, y el tema quedó cerrado con el gesto, porque en esta casa los temas los cierra quien ofrece la fruta.
Pero el tema no se cerró. Se quedó abierto en mi despacho, en una carpeta nueva, con un pueblo de Castilla en la primera línea que no venía a cuento de nada.