Capítulo 2 — La escritura
Amaneció con helada bajo la niebla, que es la combinación que Torregil hace mejor que nadie: las aceras con una película de hielo sucio y la niebla encima tapando el hielo, de modo que caminar por la ciudad en enero es un ejercicio de fe.
Aquel lunes yo no tenía que caminar. Mi despacho está en casa, en la que fue la habitación pequeña cuando compramos el piso y después fue el cuarto de los juguetes de Mikel y desde hace seis años es mi oficina, con la mesa junto a la ventana, los archivadores a la espalda y la impresora que solo escupe papel importante: certificados, actas, cartas certificadas.
A las nueve y diez de aquel lunes la impresora imprimió el primer documento de la semana, un certificado de deuda para la comunidad de la calle Ercilla, puerta séptima, que se vendía por fin después de ocho meses de anuncio.
Lo firmé, lo escaneé, lo mandé a la notaría que lo había pedido, y mientras el correo salía pensé lo que llevaba pensando desde el sábado: así se hace.
Así se hace siempre. La notaría pide, el administrador certifica, el comprador compra con la conciencia tranquila.
Es el circuito más aburrido del derecho patrimonial español, y funciona porque nadie tiene nada que ganar saltándoselo.
Del cuarto B nadie había pedido nada.
A las once bajé a por el correo con el abrigo puesto, porque el portal de esta casa en invierno es una nevera con buzones.
En el buzón, lo de los lunes: publicidad, una revista de Mikel, el recibo del seguro del coche.
Al cerrar la casilla me quedé un momento mirando el tablón, como se mira el lugar donde ha estado pasando algo sin ti.
El cartel de la administración seguía ahí, blanco, plastificado, ladeado desde que se aflojó una chincheta: «Administración de fincas Urrutia — teléfono y correo».
El portal olía a piedra fría y a la lejía diluida de la última limpieza; en la pared, el mapa de cuotas y las normas amarillentas de Amparo aguantaban en sus chinches, y debajo del tablón seguía la sombra de humedad de siempre, esa que la comunidad lleva tres juntas posponiendo.
Ningún Carmen. Lo comprobé otra vez, por tercera vez desde el sábado, y la tercera vez que compruebas una cosa ya no es comprobación, es otra palabra que no quise usar un lunes a las once de la mañana.
Esa mañana trabajé en la derrama de la comunidad de la avenida de la Estación, que olía a pleito desde octubre.
Sesenta y dos mil euros de cubierta, tres propiedades en rebeldía y un presidente que firmaba todo sin leerlo; esos dossiers me conocen de memoria y yo a ellos.
Mandé dos requerimientos, llamé al administrador concursal de una promotora que debía cuatro cuotas y negocié con la aseguradora de la calle Portalada una humedad que no quería cubrir por la sencilla razón de que las aseguradoras cobran para eso, para no cubrir.
Es un oficio de guerras pequeñas y papel con fecha.
Me gusta. Me gusta que el mundo quepa en una carpeta azul con etiqueta, y que los conflictos, si se documentan bien, acaban pesando menos que el papel en que se documentan.
A la una Mikel entró por la puerta con el frío pegado a la ropa y el hambre habitual.
Comimos los dos solos, porque Raúl come entre semana en la obra de turno.
El chico contó lo justo: el amistoso del sábado, perdido al final, no empatado como le había dicho al vecino; un profesor nuevo; nada.
Le pregunté si había visto más a los del cuarto B.
—A la chica, esta mañana —dijo—. Salía cuando yo salía. Ha esperado a que yo cerrara la puerta para subirse al ascensor. Como si le diera cosa coincidir.
—Será tímida.
—Será rara —dijo Mikel, con la autoridad absoluta de los dieciséis años para esos diagnósticos, y se llevó el plato al fregadero, que es su única asignatura doméstica aprobada.
Por la tarde, Raúl llegó a las siete y media, y lo oí llegar de la manera en que se oye todo en esta casa: el ascensor.
El zumbido viejo del motor, la parada, las puertas.
Raúl nunca sube andando. Dice que las rodillas, que las tiene machacadas de veintitantos años de obra, y yo nunca he tenido motivo para no creerle; a los cuarenta y cinco, las rodillas de un oficial de reformas son un historial médico con botas.
Entró, dejó las llaves en el cuenco del recibidor, besó mi coronilla de paso hacia la nevera.
—He aparcado la furgo en la calle de atrás —dijo—. Mañana la llevo a que le miren un ruido.
La furgo. La furgoneta era nueva desde noviembre: blanca, segunda mano pero de la buena, con el rotulito de Reformas Urrutia en el lateral que él mismo había diseñado con el sobrino de un cliente.
Costó lo que cuestan esas cosas, que no es poco ni con descuento de conocido.
Yo no dije nada entonces y no dije nada aquel lunes, pero la contradicción llevaba meses colgada en mi recibidor mental, junto a las llaves ajenas: las obras están flojas, enero es un perro, hay que pelear cada presupuesto —y una furgoneta nueva, y un abrigo nuevo a Reyes, y la cena de la empresa de los materiales en el restaurante caro de la carretera.
Las empresas pequeñas funcionan así, me decía: el vehículo es herramienta, se amortiza, hay que dar imagen.
Lo escribo aquí con la honestidad del oficio: lo tenía archivado en la carpeta de las explicaciones razonables, y la carpeta aguantaba.
—Los del cuarto han estado en el portal esta mañana —dijo Raúl—. El tío, hablando por el móvil. Me ha saludado como si nos conociéramos.
—Es muy correcto —dije—. Trajeron cartones para el ascensor.
—Pues eso ya es más de lo que hizo tu Amparo en vida —dijo, y se rio de su gracia, y a mí la gracia me rozó el sitio donde no se debe rozar, pero dejé que pasara, porque Raúl nunca entendió lo que Amparo significó para mí y uno no discute a las ocho de la tarde lo que no discutió en diecinueve años.
Cenamos pronto, como los lunes. Mikel hizo los deberes en la mesa del comedor con los auriculares colgados de una oreja, que es su manera de fingir que estudia en silencio, y Raúl se quedó dormido ante el telediario con el mando en la mano, como tantas noches.
Yo pasé al despacho a las diez para dejar lista la remesa de recibos, y al apagar el ordenador me quedé escuchando.
Del otro lado del rellano llegaban los sonidos de una casa que se instala: pasos, una cisterna, dos golpes breves de quien cuelga un cuadro y piensa dónde poner el siguiente.
Una silla arrastrada un palmo. El extractor un minuto, apagado después.
Un vaso llenándose de agua en la cocina de enfrente, que en esta casa se oye como si lo llenaran en la mía.
Ruidos normales, de gente normal. Me sorprendió la decepción que me produjo esa normalidad, como si una parte de mí hubiera preferido oír algo raro, algo que justificara el malestar sin necesidad de papeles.
El martes vino la escritura.
Fue a las doce menos cuarto. Yo estaba con la hoja de cálculo de las cuotas del primer trimestre —el trabajo más feo de enero, perseguir morosos de sesenta euros— cuando sonó el portero automático y después, a los dos minutos, llamaron a la puerta de casa.
Por la mirilla: los dos. Él delante, con una carpeta burdeos bajo el brazo; ella un paso detrás, con unas bolsas de la compra, como si hubieran aprovechado la bajada al súper para subir a verme. Abrí.
—Buenos días, Carmen —dijo Iker Sagasta—. Le traemos papeleo. Pensamos que querrá usted tenerlo en orden, siendo como es la administradora.
Eso dijo: «siendo como es la administradora». La frase correcta, la frase que yo habría escrito yo misma para un vecino ejemplar. Les hice pasar al recibidor —no más allá; el recibidor es donde mi casa recibe a la gente que no es de la casa—, y él abrió la carpeta y sacó un pliego grapado.
—La copia simple de la escritura —dijo—. Para que actualice sus datos. Lo de la cuota de la comunidad, el nombre para los recibos, todo eso. Díganos qué necesita y se lo llevamos esta misma semana.
Tomé el pliego. Papel de notaría, ese gramaje que se reconoce con los dedos antes que con los ojos.
La primera hoja tenía el encabezado de siempre, y mis ojos hicieron lo que llevan veinte años haciendo: fueron solos a los datos.
«En León, a dieciocho de diciembre de dos mil veintiséis.
» Y unas líneas más abajo, en los comparecientes: «De parte vendedora, Don Julen Agirre, mayor de edad, camionero, vecino de Burgos».
León.
—¿Puedo? —dije, y me lo llevé tres pasos más allá, a la luz de la puerta del despacho, y leí lo que se lee en una copia simple cuando se sabe leerla: compraventa de vivienda, cuarto B del número doce de la calle de los Tintes, vendedor Julen Agirre, compradores Iker Sagasta e Idoia —no, Saioa—, corregí al pasar los ojos, Saioa Sagasta, matrimonio en gananciales.
Notario de León. Fecha, dieciocho de diciembre.
Todo en su sitio. Todo con la forma exacta.
Todo, salvo que León no era la ciudad de nadie.
Lo pensé mientras fingía leer despacio, con ellos dos en mi recibidor.
El vendedor era de Burgos, lo ponía ahí y yo lo sabía de antes.
Los compradores —por lo que él mismo me había dicho el sábado— se movían por trabajo, conocían Torregil de otros años.
Nadie firma en León por azar; se firma donde vive alguna de las partes, o donde está la notaría que trabaja con el banco que da la hipoteca, o donde pilla de paso.
León no pillaba de paso a nada de lo que yo sabía.
No era ilegal. La elección de notario es libre, eso me lo sé de memoria.
Era solo raro. Raro como una cuenta que cuadra a la primera: ocurre, y cuando ocurre, la miras dos veces.