El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 1 — Los del cuarto B #3
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Capítulo 1 — Los del cuarto B #3

Lo dijo como un cumplido, que es como lo dicen los maridos después de diecinueve años: las mitades de las frases.

Se hizo un bocadillo de lo que quedaba del asado del día anterior y se lo comió de pie, apoyado en la encimera, contándome la semana con la boca llena: la obra de la calle Ondárroa que se alargaba porque el cliente había cambiado tres veces de azulejo, un aparejador nuevo que «parecía de fiar», y lo de siempre, que las obras están flojas, que enero es un perro, que este año había que pelear cada presupuesto.

Lo de las obras flojas lo dice desde que lo conozco; es su manera de decir que la semana ha ido bien, porque cuando le va mal de verdad no dice nada.

Le conté yo lo del ruido de la mañana, lo de los cartones del ascensor, que la pareja parecía correcta.

Nada más. No le conté lo del nombre. No fue una decisión; fue más bien como cuando en una cuenta hay un céntimo que no cuadra y lo dejas en la columna de suspensos hasta el final: ya cuadraría.

—¿Y la chica? —preguntó él de pronto, con el vaso de agua en la mano.

—¿Qué chica?

—Dices que un matrimonio. ¿Qué tal ella?

—Joven —dije—. Callada. ¿Por?

—Por nada —dijo, y dejó el vaso en el fregadero—. Por saber quién nos ha caído enfrente.

A las seis en punto, Mikel bajó al polideportivo.

Dieciséis años, un metro ochenta y pico, la mochila de entrenar colgada de un hombro y las zapatillas atadas por los cordones, colgando, porque dice que así se ventilan.

Los martes y los jueves entrena con el equipo; aquel sábado había partido amistoso a las siete y él bajaba a las seis a calentar con los mayores, que le dejan porque es alto y porque es puntual.

Lo de la puntualidad es lo único que ha sacado de mí, y lo defiendo yo como si fuera un título nobiliario: el chico sale de casa a la hora que ha dicho que sale, con una precisión que en esta familia es patrimonio mío.

Bajé con él. No por acompañarle —a los dieciséis no se les acompaña— sino porque tenía que echar una carta, la de la comunidad de la calle Amama, que es de las que aún quieren papel.

En el portal estaba Iker Sagasta, solo, con la puerta de la calle abierta y el frío entrando, mirando la niebla como quien mira un paisaje que ha pagado por ver.

—Buenas tardes —dijo.

—Buenas tardes.

Mikel pasó entre los dos con su hola de adolescente, ni seco ni cálido, y yo me paré un momento, porque en el portal hacía más frío que dentro y yo tenía la carta en la mano y el hombre estaba ahí, y los buenos modales son una máquina que funciona sola.

Íbamos a decirnos cualquier cosa —qué tarde, qué niebla— cuando él miró a Mikel, que ya se perdía en la esquina, y dijo, con la misma sonrisa correcta de la mañana:

—El chico entrena a las seis, ¿verdad? Qué puntualidad. Da gusto verlo.

Hay frases que entran por un oído y no salen por el otro. Se quedan en medio, atascadas. Yo dije «sí, es muy formalito», o algo igual de tonto, eché la carta en el buzón amarillo de la esquina con las manos ya heladas, y volví al portal. Iker seguía en el quicio, dejándome paso.

—Su mujer ya ha organizado medio piso, seguro —dije, por decir.

—Ella organiza y yo estorbo —rio él—. Hasta luego, Carmen.

Hasta luego, Carmen.

Subí por la escalera despacio, con la mano en la barandilla, contando los peldaños como contaba Mikel de pequeño, y a la altura del segundo me paré.

No por cansancio. Me paré porque había ordenado por fin las dos cosas, una al lado de la otra, como se ponen dos facturas sobre la mesa para cotejarlas.

Uno: aquel hombre sabía mi nombre de pila antes de que yo se lo dijera.

Dos: aquel hombre sabía a qué hora entrena mi hijo un sábado por la tarde, en enero, con niebla, en su primer día en la casa.

El chico entrena a las seis. Qué puntualidad. Se dice así, con esa entonación, cuando uno ha visto algo más de una vez. Cuando uno lleva un rato mirando.

Mikel volvió a las diez menos cuarto, sudado y con el hambre de los dieciséis años, que es un hambre sin fondo. Mientras le calentaba la cena le pregunté, con la voz más plana que pude, si había visto a los nuevos vecinos.

—Al chico, sí —dijo, con la boca ya en el primer tenedor—. Estaba en el portal cuando he vuelto, con la puerta abierta, mirando la calle. Me ha sujetado la puerta. Me ha preguntado si habíamos ganado.

—¿Y qué le has dicho?

—Que hemos empatado. ¿Qué le voy a decir? —me miró con esa sospecha instantánea de los adolescentes, que detectan la pregunta con segunda fila antes de que exista la segunda fila—. Majo, el tío. ¿Por?

—Por nada —dije, y oí en mi propia boca la frase de su padre, y no me gustó.

Cenamos viendo una película que Mikel eligió y a la que no hizo caso, con el móvil a medio esconder bajo la mesa hasta que su padre le dijo que dejara el móvil, y yo recogí la cocina y puse el lavavajillas y di las buenas noches, y a las doce y algo, ya en la cama, con Raúl dormido a mi lado con su respiración de siempre, estuve mirando el techo el rato suficiente para que el techo dejara de ser techo y fuera solo oscuridad.

Al otro lado de la pared del rellano —a tres metros de mi cama, si se atraviesa el pasillo y se cruza el hueco— dormían dos desconocidos en la casa de Amparo.

Los muebles de ella, sus tazas, su calendario detenido.

Y uno de ellos me había llamado por mi nombre sin que nadie se lo hubiera dado, y conocía el horario de mi hijo como se conocen los horarios de los trenes.

Me dije lo que me digo siempre: hay explicaciones para todo, y la mayoría son aburridas.

El cartel, la notaría, Begoña, la casualidad con patas.

Lo razonable primero; es la primera norma de mi oficio y probablemente de mi carácter entero.

Pero el oficio también me ha enseñado otra cosa, en veinte años de cuadrar papeles ajenos: cuando un número no cuadra, no es el número el que está mal.

¿Cómo sabían mi nombre?