Capítulo 1 — Los del cuarto B #2
Miré escalera arriba, siguiendo el ruido que no hacía.
La vi en el rellano del cuarto, delante de la puerta del B, con la caja de los libros apoyada en la cadera y la mano libre apoyada a su vez en el marco de la puerta.
La palma plana contra la madera. Un segundo entero, ni más ni menos.
No era el gesto de quien se apoya para descansar: era vertical, deliberado, casi cortés, como quien saluda a alguien al entrar en su casa.
Después empujó la puerta con el hombro y desapareció dentro, y yo me quedé con la duda de haberlo visto de verdad o de habérselo añadido mi cabeza a una mujer con una caja.
—¿Y a qué se dedican? —pregunté, porque es la pregunta que se hace, la que no ofende.
—Consultoría —dijo—. Temas de empresa. Se trabaja desde cualquier sitio con un portátil, así que cuando salió lo del piso ni lo dudamos. Nos conocemos Torregil de otros años, nos gusta la ciudad. Bueno, nos gusta la niebla, que ya es tener gustos raros.
Se rio de su propio chiste con la medida justa. Yo sonreí con la medida justa.
—Veo que no suben muebles —dije, señalando la escalera con la cabeza. Era una pregunta disfrazada de comentario, que es el formato que mejor funciona con los desconocidos—. El piso se vendía con todo lo de dentro, supongo.
—Con todo —dijo él, sin pestañear—. Nos vino de maravilla. Nosotros viajamos ligeros: ropa, libros, los trastos de la cocina de ella, que es donde no se negocia. Lo demás ya estaba. Hasta las cortinas. Es como alquilar amueblado, pero en propiedad.
—La anterior propietaria tenía buen gusto —dije, y me oí decirlo con una entonación más baja de la que había previsto.
—Eso parece —dijo él—. La casa está muy cuidada. Se nota que la querían.
Hubo una pausa pequeña, de las que en una conversación normal se rellenan con el tiempo. Él no la rellenó. La dejó estar, mirándome, y al final fui yo la que habló, que es lo que consiguen las pausas de la gente que sabe usarlas.
—El piso llevaba mucho tiempo cerrado —dije—.
Dos años. Si les hace falta algo de la casa —un fontanero de confianza, el tema de los suministros, dar de alta la luz si no lo han hecho—, en el tablón del portal está mi teléfono.
Y las llaves de los trasteros y del cuarto de contadores las guardo yo; cualquier avería de zonas comunes, me llaman.
—Eso último ya lo sé —dijo él—. Lo pone abajo, con su nombre y todo. Usted es Carmen, ¿verdad? Carmen Urrutia. Cuando he visto el cartel he dicho: esta señora nos va a salvar la vida algún día.
No recuerdo qué contesté. Algo cortés, seguro; llevo veinte años contestando cosas corteses.
Recuerdo que subí la escalera un poco más deprisa de lo normal, que en el rellano del cuarto me crucé con uno de los mozos bajando, que la puerta del cuarto B seguía cerrada, y que al entrar en casa, en mi propio recibidor, con el olor de mi propia casa, tuve que pensarlo dos veces para entender qué me había quedado sonando de la conversación.
Carmen.
Yo no le había dicho mi nombre. Le había dicho: la vecina del cuarto A, la administradora.
En el cartel del portal —lo bajé a comprobar esa misma tarde, con la excusa de tirar la basura, sintiéndome ridícula— pone lo que ha puesto siempre, lo que mandé imprimir cuando heredé la cartera de Amparo: «Administración de fincas Urrutia», un teléfono, un correo.
Ni Carmen. Ni la inicial, siquiera. Urrutia, a secas, que es el apellido de mi marido y el nombre de su empresa de reformas, y que yo conservé por economía de papelería cuando me licencié, porque cambiar los carteles y las facturas costaba más que cambiar de nombre me había costado a mí.
Un hombre que acaba de llegar, en un portal que pisa por primera vez, en una ciudad que dice conocer «de otros años», me había llamado Carmen a las once de la mañana de un sábado de niebla.
Le di una vuelta entera, del modo en que le doy vueltas a un recibo que no cuadra: primero la explicación generosa.
Podía haberlo visto en el buzón. Fui a mirar el buzón también, ya que estaba abajo: en la casilla del cuarto A pone «Urrutia», con la letra de la etiquetadora de Amparo.
En ningún sitio del portal pone Carmen. Podía haber preguntado a algún vecino —a Begoña, que lo sabe todo de todos—, pero llevaban en la casa cuarenta minutos.
Podía haberlo leído en cualquier papel de la venta, claro; la notaría sabe quién administra la finca.
La explicación generosa era esa: en la notaría le habrían dicho «la administradora, doña Carmen Urrutia», y él, hombre de memoria, la había soltado para caer bien.
Especialista en lo esencial: cajas, llaves, y caer bien a los vecinos.
Era una explicación perfectamente razonable. La archivé en la carpeta de las explicaciones razonables, que es la carpeta más grande que tengo, y bajé la basura.
El sábado siguió haciendo sus horas como si nada.
Los mozos subieron y bajaron hasta la una y media; conté los viajes sin querer, porque la escalera me los escupía por la rendija de la puerta: once subidas cargados, once bajadas vacíos.
Ningún mueble. Eso era lo segundo que no cuadraba, y lo anoté también: nadie compra un piso con los muebles del muerto dentro y no sube ni una silla.
Porque los muebles de Amparo seguían ahí, yo lo sabía mejor que nadie: yo había acompañado a su hermano Julen la única vez que vino, en febrero de dos años atrás, a quedarse de pie en medio del salón sin tocar nada, y a oírle decir «ya lo arreglaré, que ahora no puedo con esto», y a verle marcharse a Burgos en su camión sin arreglar nada.
El cuarto B era una casa detenida el quince de enero de dos años atrás: las tazas en el escurridor, los abrigos en la percha, el calendario de la farmacia en la cocina.
Y los nuevos entraban con once viajes de cajas, como quien entra en un hotel.
Trabajé un rato más, o fingí que trabajaba.
La columna de la calle Amama estaba cerrada y no tenía nada urgente hasta el lunes, pero me quedé en el despacho porque desde el despacho se oye la escalera mejor que desde ningún otro sitio de la casa: es la habitación que comparte pared con el rellano.
Oía la vida nueva del cuarto B pasar por el otro lado de treinta centímetros de ladrillo: pasos de él, firmes; pasos de ella, apenas; una vez, un mueble arrastrado un palmo y colocado otra vez en el mismo sitio, o eso me pareció, y me pregunté qué mueble de Amparo habrán movido primero.
Después me enfadé conmigo por preguntármelo.
Los pisos ajenos no son asunto del administrador; son asunto del administrador los techos que gotean, las cuotas que no entran, los seguros que vencen.
Lo demás es cotilleo, y el cotilleo es de Begoña.
El viernes siguiente se cumplían dos años. Lo pensé sin querer, de pasada, como se piensa en una cita del dentista: el quince de enero. Después lo dejé estar. Hay fechas que se administran mejor no mirándolas.
Raúl volvió a las dos, con olor a obra y a gasoil, y soltó las botas en el recibidor con el cuidado de siempre, que es un cuidado de los últimos años, como si la casa fuera de alquiler.
—¿Has visto el camión? —dije desde la cocina.
—Lo he esquivado al aparcar —dijo—. ¿El cuarto B?
—Vendido, dicen. Un matrimonio. Sagasta.
—Pues ole por Julen —dijo Raúl, abriendo la nevera—. Menos mal. Ese piso llevaba dos años criando telarañas. ¿Sabes si han pagado bien?
—No he visto la escritura.
—Ya la verás —dijo, y se rio—. Tú lo ves todo al final, Carmen.