El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 1 — Los del cuarto B
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El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2)

El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2)

Por Marina Loscertales

© inepub.com

Capítulo 1 — Los del cuarto B

El ruido subió por el hueco de la escalera antes de que yo supiera qué era.

No lo oí llegar a la calle: lo oí trepar.

Un portazo abajo, en el portal, y después el golpe sordo de algo pesado contra los peldaños, una voz de hombre dando instrucciones cortas, otra contestando con monosílabos, y todo eso amplificado por la caja de la escalera, que en esta casa hace de altavoz desde antes de que yo viviera aquí.

Era sábado, el nueve de enero, y en Torregil la niebla había amanecido pegada a los cristales como una cosa decidida a quedarse el mes entero.

Yo estaba en el despacho con la columna de los recibos de diciembre a medio cuadrar —la comunidad de la calle Amama, trece devoluciones por un error del banco, un rompecabezas pequeño y agradable—, y tardé un par de minutos en levantar la vista, porque en mi cabeza aquel ruido no tenía categoría.

Los sábados por la mañana, en el número doce de la calle de los Tintes, no se muda nadie.

Nadie se ha mudado a esta casa en años, pensé entonces, y era casi literal: la última mudanza que recordaba era la de los del segundo A, y el chico de los del segundo A hace ya nueve años que está en Barcelona.

La segunda vez que algo golpeó los peldaños dejé el bolígrafo y fui a la ventana.

El despacho da a la calle, cuatro pisos por encima del portal, y entre la niebla y el ángulo solo veía el techo del camión: un camión pequeño, de esos de mudanzas urbanas, blanco, sin rotular, con la trampilla trasera abierta y dos hombres de mono sacando cajas.

Cajas. Ningún mueble. Me quedé mirando el tiempo suficiente para que se me enfriara el café en la mano, haciendo la lista mental que hace cualquiera que vive en una comunidad pequeña: el bajo, la tienda de bicis que cerró en la pandemia y sigue con el cierre echado; el primero, los dos hermanos jubilados; el segundo, la familia con la niña que toca el piano; el tercero, Begoña en el B y los de la A, que se turnan el piso con una ex nuera; el cuarto A, nosotros; el cuarto B.

El cuarto B.

Dejé el café en la repisa y me quedé quieta.

Si alguien se estaba mudando al cuarto B, alguien me habría llamado.

No por cortesía, aunque también por cortesía: por papeleo.

Yo soy administradora de fincas, y esta casa es una de mis treinta y tantas comunidades; la llevo yo desde hace dos años y antes la llevaba Amparo conmigo de ayudante, de modo que conozco sus entresijos mejor que los de mi propia familia.

En esta ciudad, cuando un piso cambia de manos, hay un momento —antes de la escritura, antes del cambio de cerradura, antes de la primera caja— en que la notaría pide un certificado de deuda con la comunidad, y ese certificado lo firma el administrador.

Es un trámite de veinte minutos y cuarenta euros.

Nadie lo esquiva, porque sin él el comprador hereda las deudas del vendedor y ningún notario quiere ese pleito encima.

Lo digo de otra manera: en veinte años de oficio no he visto jamás una venta de la que no me enterara antes que los vecinos de enfrente, y a veces antes que la propia familia del vendedor.

Y del cuarto B nadie me había pedido nada. Ni certificado, ni llamada, ni una carta con membrete. El buzón de la administración, que reviso cada mañana con el primer café, llevaba semanas trayendo solo recibos de suministros y una felicitación de Navidad de la empresa de ascensores.

El cuarto B era el piso de Amparo. Amparo Lasarte, administradora de fincas durante treinta y un años, mi jefa primero y mi socia después y mi amiga al final, aunque ella nunca usó esa palabra: usaba «mi ayudante», dicho con orgullo, como quien dice «mi mano derecha».

Aprendí el oficio en su despacho de la calle Portalada, con sus archivadores verdes y su norma de oro: «El papel no miente, Carmen.

La gente sí, y por eso existe el papel.» Cuando se jubiló parcialmente, hacia el dos mil veintitrés, yo ya firmaba yo sola la mitad de los certificados; cuando murió, hace dos años menos una semana, la mitad de sus comunidades pasaron a mi nombre sin que nadie discutiera nada, porque los presidentes ya me conocían y porque Amparo había dejado todo atado hasta en eso.

Todo menos su casa. Su casa era cosa de su hermano, y su hermano era un camionero de Burgos que contestaba a las cartas con silencio.

El cuarto B llevaba dos años cerrado, con sus muebles y su polvo, en esa forma legal que tiene el abandono cuando nadie hereda de verdad: nadie entraba, nadie pagaba la pintura del techo del baño, nadie decidía.

Yo seguía cobrando la cuota de comunidad a una cuenta que algún banco seguía alimentando por inercia, y apuntando el piso en mis listados como «4ºB — pendiente», que es mi manera administrativa de escribir «a la espera de que alguien se haga cargo».

Y aquel sábado, sin carta, sin certificado, sin teléfono, alguien se había hecho cargo por su cuenta.

Acabé la columna de la calle Amama antes de bajar.

Lo digo y suena a coartada, pero es la verdad física: cuadré los trece recibos, anoté el saldo, archivé la hoja en su carpeta azul.

Hay gente que reza; yo cierro cuentas. Me puse el abrigo sobre el jersey de estar por casa, me eché las llaves al bolsillo y salí al rellano.

La puerta del cuarto B estaba cerrada; el ruido venía de abajo.

Bajé andando, como bajo siempre, con la mano en la barandilla que Amparo pulía con aceite de linaza cada primavera y que desde que ella falta huele solo a polvo.

En el portal había un hombre de pie junto a la puerta de la calle, con la niebla entrando a rachas por detrás y un cartón doblado bajo el brazo.

Cuarenta y muchos, más alto que ancho, anorak negro de los que no marcan ni marca, la cara afeitada de aquella mañana.

Tenía esa manera de estar quieto que tienen las personas acostumbradas a que se les haga caso: sin moverse del sitio, dirigía a los dos mozos con la barbilla y con media frase.

—Las cajas de cocina, al fondo —le decía al que pasaba—. Las otras da igual el orden.

Me vio bajar antes de que yo llegara al último tramo. Me sostuvo la mirada un segundo, la mitad de un segundo de más, y sonrió con una sonrisa correcta, de manual de convivencia vecinal.

El ascensor estaba abierto y forrado por dentro con cartones sujetos con cinta de pintor, bien puestos, mejor de lo que los ponen la mitad de las empresas de mudanzas que han pasado por aquí.

Junto al tablón de anuncios —el mapa de las cuotas, la hoja de la limpieza, las normas grapadas de Amparo, amarillentas— habían colocado dos cajas para no estorbar el paso, y uno de los mozos subía ya por la escalera silbando por lo bajo.

Todo correcto. Todo hecho por alguien que sabía cómo se molesta lo mínimo a una comunidad.

Eso también lo anoté: la gente que quiere pasar inadvertida es la única que protege así los ascensores ajenos.

—Buenos días —dije—. Soy la vecina del cuarto A. Y la administradora de la finca.

Lo solté en ese orden porque es el orden que funciona: primero vecina, que es lo amable, y después administradora, que es lo que da permiso para preguntar.

Las mudanzas, en esta comunidad, se avisan: hay que proteger el ascensor con los cartones, hay que señalizar el portal, hay que avisar a la limpieza si se ensucia la escalera.

No es un capricho mío, está en los estatutos, artículo tercero de las normas de convivencia que Amparo redactó a máquina hace veintipico años y que siguen grapados en el tablón.

—Ah, la administradora —dijo él, como quien encuentra la pieza que buscaba—. Iker Sagasta. Encantado.

Me tendió la mano. Mano seca, apretón medido, dos sacudidas exactas.

—Perdone que no hayamos avisado —siguió, sin que yo hubiera dicho todavía por qué bajaba—. Ha sido todo un poco deprisa. Avisamos a la notaría de que se pusiera en contacto con la comunidad; supongo que la carta estará de camino. Ya sabe cómo van estas cosas en Navidades.

No dije que la carta de una notaría no tarda tres semanas en recorrer la distancia entre dos despachos de la misma provincia.

Lo anoté, que es lo que hago en vez de discutir: lo anoté en la columna mental de las cosas que no cuadran todavía.

El hombre ya se había vuelto hacia la escalera, señalando el hueco del ascensor.

—Los cartones los hemos puesto nosotros —dijo—. Mi mujer es muy de protegerlo todo. Si se raya algo, me lo dice, que lo asumo.

Asomó entonces ella por el descansillo del primero, bajando a por otra caja, y tuve la primera impresión completa de los dos juntos, que es como se juzga a un matrimonio: juntos.

Ella era mucho más joven. Veintitantos, calculé, y luego me corregí porque la juventud a mi edad se calcula mal; digamos que le llevaba veinte años, y que los llevaba además de una manera llamativa, no por la ropa —abrigo gris, vaqueros, zapatillas— sino por la manera de ocupar el espacio.

Él llenaba el portal con la voz; ella parecía empeñada en no llenar nada.

Pasó junto a nosotros con una caja mediana marcada con la palabra «libros» en rotulador negro, murmuró un hola bajito, sin acento que yo supiera colocar, y subió.

—Mi mujer, Saioa —dijo él.

—Encantada —dije a la espalda del abrigo gris.

—Es de pocas palabras hasta que coge confianza —se disculpó él, sonriendo—. Yo hablo por los dos. Llevamos años mudándonos por trabajo y al final una se hace especialista en lo esencial: cajas, llaves, y caer bien a los vecinos.