El piso de enfrente (Nadie duerme solo 2) Capítulo 4 — Nota simple #3
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Capítulo 4 — Nota simple #3

En casa, con la carpeta cerrada en el despacho, hice lo único que podía hacer sin salir de mi oficio: lo documenté todo.

Anoté en la agenda la fecha y la hora de la nota, el número de la solicitud, el nombre del funcionario no, que no lo sabía, y abrí una hoja nueva en la carpeta de la compraventa con el título más seco que he escrito nunca: «Comprobaciones».

Debajo, una lista corta. Nunca se me ha dado bien fingir que no hago listas.

Después me quedé un rato mirando la hoja, y lo que miraba no era la lista: era lo que había debajo de la lista.

Herencia yacente. Dos palabras que en mi oficio significan una cosa muy concreta y muy triste: una herencia dormida, un patrimonio que espera a que alguien se haga cargo y nadie se hace cargo.

La ley lo prevé todo para esos casos — albaceas, inventarios, plazos —, pero la ley no puede obligar a un hombre a querer los papeles de su hermana.

Julen Agirre llevaba dos años sin quererlos.

Yo había escrito a Burgos con carta certificada y acuse de recibo; el acuse volvió firmado por una mano que no contestó jamás.

La cuota de la comunidad la seguía pagando una cuenta que algún banco alimentaba por inercia, con el piloto automático de las domiciliaciones antiguas, y el piso seguía en mis listados como «4ºB — pendiente», que es mi manera administrativa de escribir «a la espera».

Una casa en herencia yacente es una casa con la luz del rellano encendida y nadie dentro: existe, gasta, ocupa un número en el padrón de las fincas, pero no tiene a nadie despierto al otro lado.

Nadie que pregunte quién entra. Nadie que mire la cerradura.

Nadie a quien le deba explicaciones una pareja con once viajes de cajas.

Eso lo pensé con la hoja de las comprobaciones delante, y lo pensé despacio, porque era la primera vez que entendía de verdad lo que habían elegido.

No habían elegido un piso: habían elegido una ausencia.

De todos los pisos vacíos de Torregil — y los hay, y yo conozco la mitad por los expedientes —, habían elegido el único que yo conocía ladrillo a ladrillo, el que estaba a tres metros de mi cama, el de la única administradora de la ciudad que lo llevaría pisándolo.

Eso podía ser casualidad. Las casualidades existen, las he visto cuadrar cuentas.

Pero las casualidades no suelen traer cartones para el ascensor.

Después abrí el armario del recibidor. Lo abrí sin prisa, como quien comprueba una cerradura por rutina, y ahí seguía: la etiqueta «4ºB», con la letra inclinada y compacta de Amparo, un poco amarillenta, y la llave colgando de su gancho.

Dos años colgando. Nadie me la había pedido jamás, porque nadie pide la llave de una casa muerta: no hay averías en los pisos muertos, no hay fugas que mirar, no hay contadores que leer más que una vez al año, y esa vez la hacía yo.

La llave no había salido de su gancho desde febrero de dos años atrás, cuando acompañé a Julen a quedarse de pie en el salón de su hermana sin tocar nada.

Lo comprobé como se comprueba un saldo, con la mirada, y cerré el armario, y me quedé un momento con la mano en la puerta del mueble, haciendo la cuenta que ya se había hecho sola: si nadie había pedido la llave, y el piso no se había vendido, y el heredero vivía en Burgos y contestaba con silencio, el cuarto B era una casa sin nadie despierto dentro de su propiedad.

Una puerta que nadie vigilaba desde hacía setecientos treinta días.

Raúl volvió a las ocho, con la furgo ya en el taller y el humor de los lunes resueltos, y Mikel llegó de clase con las zapatillas colgando y la cena por delante, y la casa hizo su noche de lunes con la normalidad de un metrónomo.

Yo puse la mesa, calenté lo del mediodía, pregunté por los deberes.

No dije nada. Ahora sí era ocultación, y ahora sí lo sabía: tenía en la carpeta del despacho un papel que decía que mis vecinos de enfrente eran un papel falso, y en la mesa de mi cocina no encontré la manera de convertir eso en una frase de cena.

«Cariño, los del cuarto B no han comprado nada.

» Suena a chisme. Lo mío no era chisme: era registro de la propiedad, y aun así sonaba a chisme, y lo dejé estar, y esa noche dormí en tramos, con el sueño de enero ya instalado como un inquilino.

Antes de cenar bajé a hacer la ronda administrativa de los lunes: buzón, tablón, portal.

Todo en orden. La hoja de la limpieza, el mapa de cuotas, las normas amarillentas de Amparo.

Y ya de noche, con la casa dormida, en mi propio recibidor, con mi propio olor a casa, hice lo que llevaba evitando desde el banco de la plaza: me planté ante la mirilla, sin encender la luz para no hacer sombra, y miré la puerta de enfrente el tiempo que tarda uno en entender que una puerta no va a decir nada.

Madera, cerradura, felpudo sin dibujo. Una puerta normal, de una casa de verdad, pagada al contado en una escritura que no existía.

Si la escritura era falsa, nadie les había vendido. Si nadie les había vendido, nadie les había dado las llaves. Y si nadie les había dado las llaves, aquel sábado de niebla, cuando los mozos subieron once viajes de cajas por mi escalera, la puerta del cuarto B ya estaba abierta.

Entonces, ¿quién les abrió la puerta?