El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 7 — El precio de salir #2
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Capítulo 7 — El precio de salir #2

—«Una última vez» —dijo Vera, muy bajo, y las palabras se quedaron temblando en el aire entre los dos, porque eran exactamente las palabras que ella acababa de prohibirle, y los dos lo sabían, y ninguno lo dijo.

Ella le cogió la cara entre las dos manos rojas, un instante, y se la miró como quien memoriza algo que teme no volver a ver.

—Vuelve —dijo, solo eso—. Hagas lo que hagas ahí. Prométeme que vuelves. Aunque sea sin permiso. Aunque sea corriendo. Vuelve.

—Vuelvo —dijo él.

Y salió a buscar al Chacal, y las dos promesas —la de ella, «vuelve», y la de él, «vuelvo»— se quedaron flotando en la sala de los que sobran, dos promesas que los dos pensaban cumplir y que solo una tragedia mayor que los dos juntos iba a poder romper.

*

Camino del barrio de los tintoreros, el Cuervo hizo algo que no había hecho jamás antes de un trabajo ni de un trato: ensayó cómo entregarse.

Porque eso era lo que iba a hacer, y lo sabía.

Iba a entrar en la guarida del hombre más peligroso de Gante Vieja a decirle a la cara que dejaba de pertenecerle, desarmado de la única arma que el Chacal respetaba, que era la indiferencia.

Durante veinte años el Cuervo había sido temible por una sola razón: porque no tenía nada, y a un hombre que no tiene nada no se le puede quitar nada, no se le puede doblegar, es libre de la peor manera, la del que no teme perder porque no tiene.

Esa coraza se la había puesto el propio Chacal de niño, y ahora el Cuervo iba a quitársela él mismo, voluntariamente, delante de su dueño.

Iba a confesar, con solo pedir la salida, que por fin tenía algo que perder.

Lo pensó cruzando el puente de los curtidores, con el agua verde debajo, y se le revolvió el estómago, porque entendió que no había manera de pedir la libertad sin revelar, en el mismo gesto, exactamente por dónde herirlo.

Pero no había otra puerta. Los cabos sueltos, con el Chacal, no se dejaban: se cortaban de frente o no se cortaban.

Así que siguió andando, hacia el único hombre del mundo ante el que aún era un niño, a jugarse en una conversación todo lo que había tardado veinte años en encontrar.

El nido de los tintoreros olía como siempre a orina y a color, y el Chacal comía, como siempre, con esa lentitud de animal seguro. Pero cuando el Cuervo entró y dijo lo que había venido a decir, sin rodeos, de pie, sin sentarse —«Me salgo. He venido a arreglar el precio»—, el Chacal dejó de comer.

Fue lo único que hizo, al principio: dejar de comer. Posó la cuchara. Se limpió la boca con el pañuelo, muy despacio, y en aquella lentitud había ahora otra cosa, un peligro frío que el Cuervo conocía bien porque lo había visto preceder a muchas muertes.

—Salirte —repitió el Chacal, saboreando la palabra como había saboreado el higo—. Vaya. —Juntó las yemas de los dedos—. ¿Y adónde va a ir un cuervo, si se sale de la bandada? Los cuervos solos, Cuervo, se los comen los perros. Lo sabes. Te lo enseñé yo.

—Me enseñaste muchas cosas. Te las he pagado todas, con creces, veinte años. He venido a pagarte también la última: la salida. Pon el precio. Tengo ahorrado. Y lo que no llegue, lo trabajo, en encargos concretos, de fuera, no del gremio, pero…

—No es cuestión de dinero. —El Chacal lo cortó con suavidad, y esa suavidad era lo más aterrador de todo—.

Ojalá lo fuera. El dinero lo entiendo. El dinero va y viene.

—Se inclinó hacia delante, y el candil le puso sombras largas en la cara larga—.

Es cuestión de otra cosa. Déjame que te lo explique, que te vayas entendiendo, ya que quieres irte.

—Habló despacio, con el placer de un maestro que expone su asignatura favorita—.

Yo no tengo hombres, Cuervo. Tengo un miedo.

Un solo miedo, grande, repartido en muchos cuerpos.

El miedo es lo que hace que trabajen, que no me roben, que no hablen con el veguer, que maten cuando les mando matar.

Y ese miedo se sostiene sobre una sola idea: que del gremio no se sale.

Que quien entra, es mío hasta que yo diga.

Esa idea es todo mi capital. Más que el oro, más que los cuchillos.

El día que un solo hombre se salga y le vaya bien, esa idea se agrieta, y por la grieta se me escapa el miedo de todos los demás, como el agua de un cántaro roto.

—Cogió un higo, lo miró contra la luz—. Así que tú me pides que, a cambio de dinero, agriete yo mismo mi único capital.

¿Lo ves? No puedo. No porque no valgas: porque vales demasiado.

Tú, el gran Cuervo, veinte años el mejor.

Si te sales tú, se lo plantean todos. Tu ejemplo saliendo vale más, en tu contra, que todos tus años a favor.

El Cuervo lo escuchaba de pie, sin moverse, buscando la grieta por donde meter un trato, y no la encontraba, porque el Chacal no le estaba negociando: le estaba enseñando, con la calma del que ya ha ganado, por qué no había trato posible.

—Te propongo otra cosa —dijo el Cuervo—. Me quedo en la ciudad. Sigo haciendo trabajos, los finos, los de cabeza, los que solo yo hago. Pero no de dentro. Como un hombre libre que te alquila las manos cuando le conviene. Sigo dándote de ganar. Todos ganamos.

—Todos no. —El Chacal negó despacio, casi con pena, como se le niega un capricho imposible a un niño querido—.

Yo pierdo lo único que importa. Un hombre libre que me alquila las manos es un hombre que un día me dice que no.

Y el día que uno me dice que no y sigue vivo y suelto por mis calles, ya no soy el Chacal; soy un viejo de nariz larga al que se le puede decir que no.

—Se metió el higo en la boca, masticó—. No lo entiendes porque tú piensas en dinero, en trabajos, en cosas que se cuentan.

Yo pienso en el miedo, que no se cuenta pero se gasta.

Llevo treinta años sin gastar ni una moneda del mío.

Al revés: lo he ido acumulando, muerto a muerto, ejemplo a ejemplo, hasta tener el cántaro lleno hasta el borde.

Y ahora vienes tú, mi mejor pieza, a pedirme que le haga al cántaro un agujerito de nada, solo para ti, solo esta vez.

—Levantó un dedo manchado de grasa—. No hay agujeritos de nada en un cántaro.

Hay cántaro o hay charco. Te lo enseñé yo, esto, cuando eras niño, aunque con otras palabras.

Se ve que no aprendiste la lección entera.

—Aprendí otras —dijo el Cuervo.

—Ya lo veo. —Los ojos húmedos se entrecerraron—.

Y eso es lo que de verdad me preocupa. No que te quieras ir; los hombres siempre quieren irse, es humano, se les pasa.

Lo que me preocupa es quién te ha estado enseñando lecciones nuevas a mis espaldas.

Porque esto no lo has aprendido solo, Cuervo.

A un hombre no le crece de la nada, a los cuarenta años, la idea de que hay otra vida esperándole.

Se la siembra alguien. —Dejó la cuchara, muy despacio, y el gesto fue más amenazador que si hubiera sacado un cuchillo—.

Y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha estado sembrando ideas a lo que es mío.

—Entonces me voy sin tu permiso —dijo el Cuervo, en voz baja, la voz peligrosa, la de él.

El Chacal sonrió, y volvió a coger la cuchara, y volvió a comer, como si la conversación ya no le interesara.

—Claro que sí —dijo, masticando—. Vete. Nadie te lo impide hoy.

La puerta está ahí. —Tragó—. Solo una cosa, para que te vayas bien informado, que es como me gusta que se vayan los míos.

—No levantó la vista del plato—. He estado curioso estos meses, con tu cara de contento.

Ya te dije que hago preguntas. Y me han contado cosas bonitas.

Una casa de enfermos, al final del barrio.

Una mujer de manos rojas que recoge a los que sobran.

Santa Brígida, la llaman ahora, a la nueva.

—Hizo una pausa exacta, cruel, dejando que el Cuervo sintiera cómo se le helaba la sangre gota a gota—. Vera.

El nombre, en la boca del Chacal, sonó como suena una cerradura al forzarse.

El Cuervo no se movió. No respiró. Sabía que cualquier reacción sería una confirmación, un dato más para el libro del Chacal, así que se quedó de piedra, con la cara de nada que llevaba veinte años perfeccionando.

Pero el Chacal no necesitaba la reacción.

Ya lo sabía todo. La quietud del Cuervo era la confirmación.

—Bonito nombre, Vera —siguió el Chacal, sin levantar la vista, untando el higo en algo—.

Bonita casa. Vieja, eso sí. De madera seca.

Llena de gente que no puede ni levantarse de la cama.

Sería una pena que a una casa así le pasara algo.

Un incendio, por ejemplo. Las casas viejas arden con nada, y la gente que no puede andar no sale de un incendio, Cuervo; se queda dentro, gritando, mientras el que podría sacarla llega tarde.

Tú sabes de llegar tarde, ¿verdad? —Levantó al fin los ojos húmedos, y no había en ellos ni rastro de amabilidad, solo el cálculo puro, la cuerda ya atada al cuello del perro—.

Vete cuando quieras. Eres libre. Todos somos libres.

Solo que unos tenemos más que perder que otros.

Tú, hasta hace poco, no tenías nada. Y mira ahora.

—Sonrió al caldo—. Mira todo lo que tienes ahora que perder.

El Cuervo salió del nido sin decir una palabra más, porque sabía que cualquier palabra habría terminado en su cuchillo en la garganta del Chacal, y que su cuchillo en la garganta del Chacal habría significado el gremio entero cayendo sobre la casa de Santa Brígida antes del amanecer.

El Chacal no era un hombre; era una cabeza de muchos cuerpos, y cortar la cabeza solo servía para que los cuerpos se volvieran locos y buscaran a quién culpar, y ya sabía el Cuervo hacia dónde mirarían.