El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 7 — El precio de salir
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Capítulo 7 — El precio de salir

L legó a la casa de Santa Brígida a media mañana, con el sol todavía peleándose con la niebla, y no entró por el patio de atrás como entraba siempre. Entró por la puerta de la calle, a la vista de todos, porque un hombre que va a pedir lo que él iba a pedir no puede pedirlo escondido.

No había dormido. Del muelle había ido a lavarse la cara y las manos en una fuente pública, restregándose los dedos mucho rato aunque no tenían sangre visible, con ese gesto inútil de los que quieren limpiarse por dentro y solo tienen agua para el fuera.

Se había mirado en el reflejo tembloroso del pilón y había visto la cara de siempre, la de nada, y le había parecido mentira que una cara pudiera seguir siendo la misma después de una noche así.

Luego había caminado hacia Santa Brígida despacio, alargando el camino, no por prudencia esta vez, sino porque tenía miedo, un miedo distinto de todos los que conocía: no el de morir, que ese lo tenía domado, sino el de que la única persona que lo miraba como a un hombre dejara de hacerlo.

Se había pasado el resto de la noche y toda la primera hora del día decidiendo cómo decirlo, y no había encontrado ninguna manera buena.

En su cabeza, camino de la casa, había ensayado discursos enteros, largos, razonados, en los que le explicaba a Vera con calma que había una vida mejor esperándolos lejos, que él dejaría de ser lo que era, que serían felices.

Todos sonaban falsos. Todos eran, en el fondo, el mismo hombre de siempre intentando cerrar un trato, vender una mercancía, sacar un sí.

Y Vera olía los tratos igual que el Chacal, solo que ella los rechazaba en vez de aprovecharlos.

Así que, cuando la vio en el patio, tendiendo lienzos lavados en una cuerda, con las mangas subidas y los brazos rojos hasta el codo, todos los discursos se le cayeron de golpe, y se quedó de pie ante ella con las manos vacías y la verdad desnuda, que era lo único que le quedaba.

Vera dejó el lienzo a medio tender al verle la cara.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Porque algo había pasado; se le veía. El Cuervo abrió la boca para contestar y no pudo.

Ahí estaba Aina, entre los dos, invisible, con su candil apagado y su nombre que él conocía y no diría.

Había decidido cargarla solo. Lo mantuvo, aunque le costó como no le había costado nada en la vida, porque tener a Vera delante, con esos ojos que no rehuían, y no poder darle la verdad entera, fue el primer precio que pagó por la decisión que había tomado en el muelle, y no sería el último, ni el más caro.

—Me voy de Gante Vieja —dijo—. Voy a dejar lo que hago. Todo. Y he venido a pedirte que te vengas conmigo.

Vera se quedó quieta, con las manos aún húmedas del agua de lavar, mirándolo. No dijo que sí. No dijo que no. Preguntó otra cosa, la única que importaba, la que él temía:

—¿Qué pasó anoche?

El Cuervo bajó la vista. Volvió a subirla. Y le dio lo único que podía darle: la mitad verdadera de una verdad entera.

—Anoche entendí una cosa —dijo, y era verdad, aunque no toda—.

Que no hay dos hombres. Que el que arregla tu tejado y el que…

el otro. Son el mismo. Las mismas manos.

Y que si sigo donde estoy, un día esas manos van a hacer algo que ni tú ni yo vamos a poder mirar.

—Tragó saliva—. No te voy a contar lo de anoche.

Quizá algún día. Ahora no puedo, y no es por mentirte.

Es porque hay cosas que un hombre tiene que cargar solo para no romper lo único que le queda limpio.

Y tú eres lo único que me queda limpio. —Se le quebró la voz en la última palabra, y odió que se le quebrara, y a la vez fue el primer alivio verdadero que sentía desde el amanecer, porque una voz que se quiebra es una voz de hombre, no de Cuervo—.

Te quiero. No sé decirlo mejor. No me enseñaron.

Pero te quiero, y quiero irme lejos y ser, contigo, el hombre de las noches, el que sube el grano.

Todo el tiempo, no a ratos. Y sé que te pido que dejes esto —abarcó la casa con la mirada, los lienzos, los que sobran— por un asesino que ni siquiera te cuenta lo que hizo anoche. Sé lo que pido. Lo pido igual.

Vera lo escuchó entera, sin interrumpir, con esa quietud suya.

Y el Cuervo vio, mientras hablaba, cómo en su cara se libraba una batalla que ella no dejaba salir del todo: la vio querer creerle, la vio querer decir que sí, y la vio, a la vez, sopesar, con esa cabeza terca y práctica que tenía, todo lo que un sí significaba.

No era una mujer que se dejara llevar por lo que sentía; era una mujer que sentía muchísimo y que, precisamente por eso, había aprendido a no fiarse solo de lo que sentía.

Cuando terminó de hablar, ella se secó las manos en el delantal, despacio, y el Cuervo pensó, con el corazón en un puño, que aquel gesto tan doméstico era lo último que vería antes de que dijera que no.

—Ven —dijo Vera.

Lo llevó dentro, a la sala de los enfermos, y se detuvo en medio, entre los jergones. La vieja de los dientes ausentes dormía. El niño de las piernas torcidas jugaba con dos piedras en un rincón. Corvo, el estibador, miraba el techo, como siempre.

—Mírales —dijo Vera en voz baja—. Si me voy contigo, ¿quién les da de comer mañana?

¿Quién le cambia las llagas a los que llegan?

Nadie. La casa se cierra. Brígida me la dejó a mí, y si me la llevo bajo el brazo a otra ciudad, se muere con la mudanza.

—Hizo una pausa—. Esto es lo que soy. Igual que tú acabas de decirme que el asesino y el hombre bueno son el mismo, yo te digo: la mujer que quieres llevarte y la mujer que no puede abandonar esta casa también son la misma.

No te puedes llevar solo la mitad de mí.

Nadie se lleva a nadie por la mitad. —Lo miró, y en sus ojos había pena, pena de verdad, la pena de quien va a hacer daño diciendo la verdad—.

Me pides que abandone a estos para salvarme yo.

Y yo no sé hacer eso. Si aprendiera a hacer eso, ya no sería la mujer que sacaste tú del barro…

no, la mujer que te sacó a ti. Ya no sería nadie a quien merezca la pena llevarse lejos.

¿Lo entiendes? Lo que te enamoró de mí es lo mismo que me impide irme contigo.

No puedo darte lo uno sin quitarte lo otro.

El Cuervo sintió que el suelo se le abría.

Había venido a ofrecer lo único hermoso que se le había ocurrido en la vida, y ella se lo devolvía, no por no quererlo, sino por ser quien era, y lo entendía, y eso lo hacía peor.

Miró a los que sobran. Miró al niño con sus dos piedras, a Corvo mirando el techo, a la vieja dormida.

Y comprendió, con una mezcla de desesperación y de algo que se parecía peligrosamente a la admiración, que Vera tenía razón; que pedirle que los abandonara era pedirle que dejara de ser Vera; y que él no quería a otra mujer, quería a esa, a la terca, a la que no abandonaba.

—Entonces me quedo —dijo—. Me quedo yo. Dejo el gremio y me quedo aquí, contigo, en la casa.

Aprendo a cambiar llagas. Arreglo lo que se rompa.

Cargo el grano. —Las palabras le salían solas, torpes, urgentes, y a medida que las decía iba viendo la vida entera que describían, una vida pequeña y pobre y sin gloria, en una casa que olía a vinagre, entre moribundos, y le pareció, esa vida minúscula, más deseable que todo el oro que había robado—.

No hace falta irse lejos. Solo hace falta que yo deje de ser el de día.

Y entonces Vera sonrió. No fue una sonrisa grande. Fue esa media sonrisa suya, cansada y terca, pero por primera vez tenía luz.

—Eso —dijo— no me lo has preguntado, me lo has ofrecido.

Y es lo que esperaba oír desde el principio.

—Le puso una mano en el pecho, sobre el corazón, con la palma abierta, y la dejó ahí, y el Cuervo sintió el calor de aquella mano roja de lavar a través de la ropa como si le tocara directamente algo que llevaba veinte años helado—.

Sí. Quédate. Pero escúchame bien, porque esto sí es una condición y no te la voy a repetir.

—Los ojos oscuros, muy serios—. Si te quedas, se acabó.

No un pie dentro y otro fuera. No «un último trabajo».

Los hombres como el que tú fuiste siempre creen que pueden dar un último paso limpio en el barro sin mancharse.

No se puede. Anoche lo aprendiste, ¿verdad?

—El Cuervo bajó la vista; ella lo supo todo sin que él dijera nada—.

Se acaba entero, hoy, o no empieza. ¿Puedes prometerme eso?

—Puedo.

—No me prometas lo que puedes. Prométeme lo que vas a hacer.

—Lo voy a hacer —dijo el Cuervo, y por primera vez en su vida una promesa le pesó más que un juramento al gremio, porque los juramentos al gremio los hacía el Cuervo, y esta la hacía el hombre sin nombre que ella estaba fabricando noche a noche—.

Hoy. Voy a ir a decírselo. Y cuando vuelva, ya no seré de nadie más que tuyo.

Vera retiró la mano de su pecho. La luz de su sonrisa se apagó un poco, sustituida por algo más hondo, más asustado.

—Ir a decírselo —repitió—. A ese hombre. El que te compró. —Lo miró con miedo por primera vez desde que lo conocía; no miedo de él, sino por él—. ¿Y él te va a dejar ir, así, porque tú se lo digas amablemente?

El Cuervo no le mintió. Ya no le mentía, salvo en lo de Aina, y esa mentira la llevaría a la tumba.

—No lo sé —dijo—. Nadie ha salido nunca del gremio del Chacal por la puerta.

Los que salen, salen por el suelo. —Vio el espanto crecerle en la cara y se apresuró—: Pero yo no soy cualquiera.

Llevo veinte años haciéndole ganar. Sé cosas.

Valgo dinero. A lo mejor puedo comprar mi salida, como se compra todo lo demás.

Es la única lengua que él entiende. Voy a hablarla una última vez, y esta sí, esta de verdad, va a ser la última.