El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 6 — La cara sin nombre #3
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Capítulo 6 — La cara sin nombre #3

Sin quererlo, sus pies lo llevaron bajo el arco de los Tres Santos, los tres santos ciegos que habían perdido la cara con los siglos y bendecían a nadie.

Se detuvo allí, en el sitio exacto donde meses atrás le había negado el pan a un mendigo enfermo usando las palabras del Chacal —«si le doy a este, mañana habrá diez»— y había seguido de largo sin volver la cabeza.

El mendigo ya no estaba; en su lugar, contra la piedra, no había más que un poco de paja podrida y el sitio vacío donde un hombre se había sentado a morir.

Y el Cuervo, mirando aquel hueco, entendió una simetría espantosa que no había visto hasta esa noche: que había pasado veinte años sin ver a la gente, negándoles el pan, la mirada, el nombre, dejándolos morir en huecos como aquel sin que le temblara nada; y que ahora que Vera le había enseñado a ver, lo primero que había hecho con aquellos ojos nuevos había sido matar a una niña y aprender su nombre demasiado tarde.

Como si el mundo, harto de que no viera, le hubiera abierto los ojos a la fuerza justo a tiempo de mirar bien lo que hacía.

No supo si era un castigo o una lección.

Sospechó, bajo los tres santos ciegos, que en su caso venían a ser lo mismo.

Terminó, sin decidirlo, en el muelle viejo, su muelle, y se sentó en el borde con los pies colgando sobre el agua negra, y se quedó allí hasta el amanecer.

Y por primera vez desde que era niño lloró, sin ruido, sin saber muy bien que lo hacía, con esa clase de llanto seco de los hombres que han desaprendido cómo se llora y solo les sale a trozos, oxidado, doloroso, como sale el agua de un pozo que lleva años cegado.

No lloraba por remordimiento, o no solo.

El Cuervo era demasiado honrado consigo mismo para concederse eso tan pronto.

Lloraba, sobre todo, de miedo. De un miedo nuevo.

Porque acababa de descubrir que las dos vidas —la de día y la de noche, el Cuervo y el otro hombre sin nombre— no eran dos vidas.

Eran una sola, y estaban hechas de las mismas manos, y las mismas manos que subían sacos de grano a la despensa de Vera y que le apartaban el pelo de la cara a una niña muerta.

No había dos hombres. Había uno, y ese uno cabía entero en cada gesto, el tierno y el atroz, y no había forma de quedarse solo con la mitad buena, igual que no hay forma de quedarse solo con la mitad seca de un hombre que se ha caído al agua.

Vera lo había sacado del barro creyendo, quizá, que sacaba a un hombre que había hecho daño.

Pero una cosa era «un hombre que ha hecho daño», dicho así, en general, como una sombra, y otra muy distinta era Aina, con su nombre y su camisón y sus hojas azules a medio tejer.

Si Vera supiera lo de aquella noche —lo de aquella noche exacta, con nombre y con edad—, ¿lo seguiría mirando como miraba el tiempo por la ventana?

¿O apartaría los ojos, por fin, como los apartaba todo el mundo?

Y pensó en Orso. En aquel momento, mientras él lloraba en el muelle, Orso estaría arrodillado junto a su hija, en su casa, con el candil vuelto a encender, y no comprendería nada, y buscaría un porqué, y no lo habría, porque no lo había: Aina había muerto por bajar una escalera en el momento equivocado, por confundir a un asesino con su padre, por nada, por menos que nada.

El Cuervo, que había repartido muerte durante veinte años convencido de que había en ella un cierto orden —los que quitan a los débiles, quitados por gente peor—, se enfrentó por primera vez, en el borde de aquel muelle, al desorden absoluto de lo que hacía.

No había orden. Aina no encajaba en ningún orden.

Aina solo demostraba lo que el Cuervo había sabido siempre y se había negado siempre a mirar: que la muerte que él repartía no era justicia ni oficio ni orden, sino azar puro, ciego, cayendo sobre quien pasara por debajo.

Y que el que reparte azar ciego durante veinte años acaba, tarde o temprano, dejándolo caer sobre lo único que ama.

Lo supo entonces, con una certeza que le heló más que el agua: si seguía siendo el Cuervo, un día ese azar caería sobre Vera.

No por venganza, no por castigo. Por pura estadística del horror.

Porque el que juega con la muerte, al final, siempre pierde a los suyos.

Y ahí, en esa certeza, sentado sobre el agua negra al amanecer, el Cuervo tomó las dos decisiones que iban a ordenar el resto de su vida, y de su muerte.

La primera: no se lo contaría a Vera. Nunca.

No por cobardía —o no solo—, sino porque había cosas que uno debía cargar solo, y descargarlas sobre la persona amada no era amor, era otro robo, el robo de su paz.

Aina era suya. La cargaría él. Guardaría aquella cara sin nombre —que tenía nombre— en el sitio del pecho donde antes no guardaba nada, y no dejaría que su peso salpicara la única cosa limpia que le quedaba.

Lo decidió por amor, con la mejor intención de un hombre que apenas empezaba a tener buenas intenciones.

Tardaría en aprender —y lo aprendería caro— que las peores tragedias no las siembran los peores actos, sino los buenos hechos a solas, sin dejar que nadie te ayude a llevarlos.

La segunda: se iba del gremio. Ya no era una idea, ni un deseo, ni un vértigo.

Era lo único posible. Porque había entendido, esa noche, que mientras fuera del Chacal seguiría matando, y ya no podía matar, no porque se lo prohibiera una ley ni un dios en el que no creía, sino porque ahora veía a la gente, veía a las personas, Vera le había enseñado a verlas y ya no sabía dejar de hacerlo, y un asesino que ve a sus muertos como personas no es un asesino que dura: es un hombre que se rompe.

Aquella niña lo había roto. Sentía la grieta.

Y sabía, con la lucidez terrible del amanecer, que solo tenía dos caminos: taparse los ojos otra vez, volver al idioma del Chacal, desaprender lo que Vera le había enseñado y seguir matando limpio hasta el final; o salir, aunque salir costara sangre, aunque el cabo suelto volviera de noche con un cuchillo de cocina.

Eligió salir.

Y al elegirlo, oyó dentro, con una claridad de campana, la voz de Vera en el banco del patio: «Tu única salida va a doler y va a costar sangre, la tuya o la de otros, porque de sitios como ese no se sale gratis».

Aquella tarde no la había querido creer.

Ahora, con una niña muerta cargada al pecho, la creía entera.

Sabía que salir del gremio le costaría algo terrible; no imaginaba aún qué, ni a quién, porque la mente se protege de lo que no puede soportar y no le dejó imaginar lo que venía.

Pero aceptó el precio a ciegas, allí, sobre el agua negra, porque el otro precio —seguir siendo el Cuervo, seguir dejando caer el azar ciego, esperar el día en que cayera sobre Vera— ese sí era del todo insoportable.

Entre dos horrores, un hombre elige el que todavía no puede ver.

Así eligió el Cuervo el suyo, y así, sin saberlo, empezó a caminar hacia la sala de Santa Brígida, hacia la cruzada, hacia la balanza y hacia los siete descensos, por el único camino que un amanecer le dejó abierto: el de intentar, demasiado tarde y a un precio que aún ignoraba, ser un hombre limpio.

Se levantó cuando el sol empezaba a quemar la niebla sobre el agua.

Le dolía todo, aunque no se había peleado con nadie.

Miró la ciudad despertándose al otro lado del muelle, Gante Vieja, que no sabía ni sabría nunca lo que había pasado aquella noche en una casa de la calle de la Sal, que seguiría comprando y vendiendo y tejiendo y prestando y muriendo como si nada, porque una niña muerta no cambia una ciudad, una niña muerta no cambia nada, salvo el mundo entero de los que la querían y —resultaba— también el de quien la mató.

—Aina —dijo el Cuervo en voz alta, una vez, al agua, al amanecer, a nadie.

Fue lo más parecido a un rezo que había hecho en su vida.

No sabía rezar. No sabía a quién. Pero dijo el nombre, para que alguien lo dijera, para que aquella cara tuviera al menos una boca en el mundo que la nombrara, aunque fuera la boca que la había callado.

Y se prometió que lo diría de vez en cuando, el nombre, el resto de su vida, para no dejar que Aina se convirtiera en lo que él había convertido a todos sus muertos: en cifras, en trabajos, en nada.

Aina no sería nada. Sería, al menos, un nombre dicho a veces al agua por el hombre que se lo debía todo.

Era poco. Era, quizá, la primera cosa que el Cuervo hacía por pura decencia, sin sacar nada, y por eso, sin él saberlo, la primera moneda que caía en el plato vacío de una balanza que aún no había visto.

Y luego fue a hacer lo único que le quedaba por hacer aquella mañana antes de que el miedo se lo comiera: fue a buscar a Vera, no para contarle nada, sino para decirle la única verdad que sí podía darle entera, la que llevaba semanas atragantada, la que aquella noche espantosa había vuelto, por contraste, más urgente que nunca.

Fue a decirle que la quería. Y a preguntarle, con el corazón en la mano como un ladrón que por una vez en su vida no roba, sino que ofrece, si querría irse con él lejos de Gante Vieja, a empezar, en algún sitio sin niebla, la única vida que a él le quedaba por robarle al mundo: una vida limpia.