Capítulo 6 — La cara sin nombre #2
El telar estaba en la planta baja, grande, ocupando media estancia, con una pieza a medio tejer todavía tensa en el bastidor.
El Cuervo se acercó en la oscuridad y lo palpó, casi sin querer, con la yema de los dedos: un paño azul, de un azul profundo, caro, con un dibujo de hojas —hojas de parra, o de higuera, no lo supo— que alguien había ido tramando con una paciencia y un cuidado que se notaban al tacto, hilo a hilo, hoja a hoja, a lo largo, sin duda, de muchos días.
Era, notó con un extraño desasosiego, casi el mismo azul de la lana que Vera había estado cosiendo aquella misma mañana al sol del patio; el azul del mar cuando hace bueno, había dicho ella.
En la penumbra de la casa de Orso, con la yema de los dedos sobre las hojas de otro, el Cuervo tuvo por un instante la sensación absurda de estar tocando algo de su propia casa, de haber traído hasta allí, sin querer, el único color bonito de su vida, para encontrárselo tejido en el sitio donde menos debía.
Se quedó quieto un momento en la penumbra, con la mano sobre las hojas azules, y le vino, sin buscarla, una idea que no había tenido nunca y que ya no lo dejaría en paz: que un hombre había puesto orgullo en aquel paño.
Que existía gente que se pasaba los días haciendo cosas hermosas e inútiles, hojas de tela que no daban de comer ni mataban a nadie, solo por el gusto de hacerlas bien.
Y que él, el Cuervo, en veinte años, no había hecho ni una sola cosa hermosa.
Había abierto cerraduras con arte, sí; había matado con una limpieza que otros llamaban talento; pero no había tramado nunca, ni una vez, una sola hoja azul.
Todo lo suyo era quitar. Todo. Y por primera vez, con la mano sobre el trabajo de otro, sintió el peso entero de esa palabra —quitar— como no lo había sentido nunca, y le dio, en la boca del estómago, una náusea que no era de miedo.
Iba a empezar por el telar. Cortar los hilos.
Un telar destrozado era un mensaje que toda la calle de la Sal entendería sin necesidad de sangre, y era, se dijo, lo más parecido a un trabajo a medias que podía darle al Chacal.
Levantó el cuchillo hacia la urdimbre tensa, hacia las hojas azules, y por un instante la mano se le resistió, porque cortar aquello, aquel orgullo ajeno, le pareció de pronto una crueldad tan gratuita como cerrar una garganta.
Apretó los dientes. Era eso o algo peor. Acercó el filo a los hilos.
Y entonces se encendió una luz arriba, y una voz de mujer preguntó, adormilada, sin miedo aún, la pregunta más inocente del mundo:
—¿Padre? ¿Eres tú? ¿No podías dormir?
El Cuervo se quedó de piedra junto al telar.
Había una escalera. Por supuesto que había una escalera —siempre hay una escalera que uno no conoce—, y por la escalera bajaba ahora una muchacha con un candil en la mano, descalza, en camisón, con el pelo suelto y la cara todavía blanda de sueño, una muchacha de dieciséis o diecisiete años que bajaba tranquila creyendo que el ruido lo hacía su padre, que era, comprendió el Cuervo en un instante helado, la hija del tejedor, la que tejía las hojas azules, quizá, con ese cuidado, con ese orgullo.
Ella lo vio. El candil le iluminó la cara al Cuervo, y a la vez le iluminó a él la de ella, y el Cuervo vio cómo el sueño se le caía de golpe y en su lugar subía el entendimiento, y detrás del entendimiento, el grito.
Vio el grito formarse. Un instante. Menos que un instante.
En ese instante caben veinte años de oficio, y el oficio, que no piensa, que es más rápido que el pensamiento, que fue precisamente diseñado para ser más rápido que el pensamiento, hizo lo que el oficio hacía siempre con un grito que iba a despertar la casa y traer a los guardias y dejar el nombre del Cuervo en el suelo:
Lo cortó.
Fue rápido. Fue limpio, en el sentido asqueroso en que el Chacal usaba esa palabra: sin ruido, casi.
El candil cayó al suelo y se apagó, y en la oscuridad el Cuervo sostuvo el cuerpo que se le venía encima para que no golpeara contra el telar, para que no hiciera ruido, con el mismo reflejo con que había sostenido el del gordo de Rethel, con el mismo cuidado técnico de siempre, y solo cuando la tuvo entre los brazos, floja, ligera, tan ligera, en la oscuridad total, solo entonces el pensamiento alcanzó por fin al oficio, jadeando, tarde, siempre tarde, y le gritó lo que acababa de hacer.
Había matado a una niña.
No a un guardia. No a un rival. No a un hombre malo al que nadie echaría de menos.
A una niña en camisón que había bajado la escalera pensando que su padre no podía dormir.
Que tejía hojas azules. Que no le debía nada a nadie.
Que no sobraba para nadie en el mundo, porque arriba, sin duda, había un padre y quizá una madre para quienes aquella niña era justo lo contrario de sobrar: era lo único que no sobraba, lo único que valía la pena, como Vera era para él ahora lo único que valía la pena.
El Cuervo la sostuvo en la oscuridad, de rodillas junto al telar de las hojas azules, y por primera vez en veinte años no supo qué hacer con un cuerpo.
Sabía qué hacer con los cuerpos. Era, entre otras, su especialidad.
Pero aquel no. Aquel se le quedó entre los brazos como una pregunta sin respuesta, calentito todavía, con el pelo suelto rozándole la muñeca, y el Cuervo se descubrió haciendo algo que no había hecho jamás sobre un muerto propio: le apartó el pelo de la cara, con dos dedos, con una ternura inútil, atroz, y buscó en la oscuridad los rasgos que ya no podía ver, y pensó, con un horror nuevo, recién nacido, que no sabía cómo se llamaba.
Que la había matado y no sabía su nombre.
Que nadie se lo diría nunca, porque preguntarlo era confesar, y que aquella cara —que ni siquiera había visto bien, un destello a la luz de un candil que ya se había apagado— se le quedaría dentro para siempre sin un nombre que ponerle debajo, una cara sin nombre, una deuda que no figuraría en ningún libro de ningún prestamista pero que él iba a pagar, con intereses, durante mucho más tiempo del que entonces podía imaginar.
Arriba crujió el suelo. El padre, esta vez de verdad. La voz de Orso, aún medio dormida, aún inocente de todo:
—¿Aina? ¿Con quién hablas, hija?
El Cuervo dejó el cuerpo en el suelo, junto al telar, con un cuidado que ya no servía de nada.
Aina. Se llamaba Aina. Lo supo por la voz del padre que la buscaba, y ojalá no lo hubiera sabido, porque un nombre lo cambia todo, un nombre convierte una cara en una persona, y él acababa de aprender de Vera que a la persona que uno ha visto ya no puede dejar de verla.
Ya no era una cara sin nombre. Era Aina.
Y Aina se le quedó dentro, con su nombre puesto por fin, en el sitio del pecho donde antes no guardaba a sus muertos, para no irse de allí ya nunca.
Oyó los pasos de Orso empezar a bajar la escalera, lentos, todavía sin alarma, y supo que en unos segundos aquel hombre encontraría a su hija en el suelo, y que el mundo de aquel hombre, que hasta ese instante contenía un telar y un paño azul y una hija que tejía hojas, se partiría para siempre, exactamente como se partiría el suyo unas semanas después en la sala de Santa Brígida, aunque él aún no lo sabía.
Podía esperar. Podía silenciar también al padre, borrar al testigo, hacerlo del todo limpio, como habría hecho el Cuervo de cualquier otra noche.
Un cuerpo más. Dos bocas cerradas en vez de una.
No lo hizo.
No rompió el telar. No dejó el mensaje que el Chacal quería.
No esperó al padre. Salió de aquella casa como un ladrón de verdad, como el ladrón que era, huyendo, por primera vez en su vida huyendo de un trabajo, dejando atrás a un padre que en unos instantes empezaría a gritar de una manera que el Cuervo no quiso quedarse a oír, y corrió por la calle de la Sal y se metió en la niebla, y la niebla, que lo recibía siempre sin preguntas, aquella noche le pareció, por primera vez, que no lo escondía: que lo señalaba.
*
No fue a la casa de Vera. No podía. ¿Con qué cara?
Y tampoco fue al nido del Chacal a dar cuenta del trabajo, como habría ido cualquier otra noche de su vida, y ese no ir —lo entendió a medias, mientras sus pies lo llevaban en dirección contraria— era ya la primera desobediencia, la primera vez que recibía un encargo y volvía sin cumplirlo y sin explicarse.
El gremio lo notaría. Esa noche no le importó.
Por primera vez el miedo al Chacal quedaba debajo de otra cosa más honda.
Vagó por la ciudad sin rumbo un tiempo que no supo medir, evitando por instinto las calles conocidas, cruzando barrios donde nadie lo conocía, como si moviéndose pudiera dejar atrás la cara sin nombre que le había ocurrido, y descubrió que no, que la cara iba con él, cosida por dentro, que no había calle lo bastante lejos.