Capítulo 6 — La cara sin nombre
L a esperanza tonta le duró exactamente un día.
Aquella mañana, la de después del banco en el patio, el Cuervo se levantó todavía creyendo en su tabla podrida: en que había una manera de servir sin sangre, en que la cabeza lo sacaría de donde lo había metido el filo, en que un hombre podía, con paciencia y astucia, escurrirse de una vida a otra sin que nadie lo notara.
Fue a la casa temprano, sin encargo que lo llevara, solo porque quería estar allí, y ese «solo porque quería» era en sí mismo una novedad tan grande que lo asustaba un poco.
Encontró a Vera sentada al sol pobre del patio, con la manta de siempre en el regazo, y vio que la estaba cosiendo con la lana azul que él le había traído, deshaciendo un remiendo viejo de hilo malo para rehacerlo con el suyo.
El azul destacaba entre la lana parda y gastada como destaca un trozo de cielo entre las nubes, y Vera lo cosía despacio, con cuidado de que rindiera, porque un ovillo bueno, en aquella casa, era un lujo que había que estirar.
Al verlo llegar no dijo nada especial; le hizo sitio en el banco con un movimiento de la cadera, sin levantar la vista de la aguja, con esa naturalidad de las cosas que ya no hace falta preguntar.
Y el Cuervo se sentó a su lado a verla coser el azul, y le pareció, aquella mañana, que la felicidad no era nada más que esto: un banco al sol, una mujer cosiendo con lana buena, y ningún sitio en el mundo al que uno tuviera que ir.
—Va a durar años, este hilo —dijo Vera, tensándolo entre los dedos—.
Del bueno. ¿Sabes lo que se ve poco, aquí, una cosa hecha para durar años?
Todo lo que entra en esta casa entra ya de paso hacia el final.
La gente, las mantas, el pan. Y de pronto llegas tú y me traes un azul que va a estar cosido a esta manta cuando tú y yo no estemos.
—Lo miró un instante, con esa media sonrisa suya—.
Es casi una insolencia, traer a una casa de moribundos algo que va a durar más que ellos.
Me ha gustado. Hazlo más veces. Trae cosas que duren.
Dentro, el niño de las piernas torcidas reclamaba el juego de las cáscaras, y la vieja hablaba con su ahogado, y Corvo pedía que lo giraran, y era, todo ello, la música de siempre de la casa de los que sobran; pero aquella mañana al Cuervo no le sonó a lamento, sino a hogar, que es la misma música oída desde dentro en vez de desde fuera.
Se quedó hasta el mediodía. Arregló un gozne, dio de comer a la vieja, perdió tres veces al trile a propósito para que ganara el niño.
Vidal seguía pagando; el Chacal seguía contento; nadie había muerto por su mano en semanas.
Por primera vez en veinte años, el Cuervo se atrevió a mirar de frente un futuro, y el futuro tenía la forma de aquel banco, y el color de aquel hilo azul.
Se equivocaba, claro. La cuerda no se afloja sola.
El Chacal no se olvida. Y el trabajo que iba a partirlo en dos, el que le demostraría de la peor manera que Vera tenía razón —que no hay trabajo a medias, que no hay filo que se deje en casa—, llegó esa misma noche, como llegaban todos, sin previo aviso.
Fue de boca de un chico que ni siquiera era del gremio, un recadero al que pagaban con sobras para que corriera por la ciudad diciendo nombres y direcciones.
El chico encontró al Cuervo en la taberna del muelle donde a veces cenaba, se acercó, dijo lo que tenía que decir y se fue antes de que el Cuervo pudiera preguntar nada, que era exactamente como el Chacal quería que se hicieran las cosas.
—El Chacal dice que esta noche. La casa del tejedor Orso, en la calle de la Sal. Dice que Orso ha estado hablando con los hombres del veguer. Dice que hay que recordarle a Orso, y a todos los que como Orso piensen en hablar, lo que le pasa a una lengua que se suelta. Dice que tú sabes cómo.
Y se fue.
El Cuervo se quedó con la cuchara a medio camino de la boca.
Conocía el encargo. Lo había hecho decenas de veces, con distintos nombres y distintas calles.
Un hombre habla de más; el gremio manda a alguien a cerrarle la boca de manera que la noticia corra y ningún otro se atreva a abrirla.
A veces bastaba con romperle las manos, o quemarle el telar, o cortarle algo que se viera.
A veces no. El Chacal había dicho «lo que le pasa a una lengua que se suelta», y esa frase, en el idioma del gremio, no dejaba mucho margen.
Cualquier otra noche, el Cuervo habría ido, lo habría hecho, y habría vuelto a dormir. Aquella noche se quedó con la cuchara a medio camino y, por primera vez en veinte años, pensó en no ir.
Pensó en Orso, al que no conocía, un tejedor que había cometido el error de creer que la ley de la ciudad valía algo contra la ley del gremio.
Pensó en Vera, en la manta a medio coser, en «la justicia que reparte».
Y pensó, sobre todo, en lo que ya sabía y llevaba días sin querer mirar de frente: que no ir tenía consecuencias.
Que el Cuervo no había dicho todavía que se marchaba; seguía siendo del gremio; y un hombre del gremio que recibe un encargo y no lo cumple no es un hombre que descansa, es un hombre que se ha rebelado, y la rebeldía, con el Chacal, se pagaba, y no la pagaba solo el rebelde.
La pagaba todo lo que el rebelde amara. Si el Cuervo no iba a casa de Orso aquella noche, el Chacal empezaría a preguntarse por qué, y las preguntas del Chacal ya tenían, desde hacía semanas, una dirección hacia la que apuntar.
Se quedó mucho rato con la cuchara en la mano, en la taberna vacía, mirando el fondo del cuenco como si allí, entre los posos, fuera a encontrar una salida que no existía.
Pensó en ir a la casa, contárselo todo a Vera, pedirle que huyeran esa misma noche.
Pero era demasiado pronto; no le había dicho aún que la quería, no le había dicho aún nada; presentarse a medianoche diciendo «huye conmigo, hay un asesino que te matará por mi culpa» era una locura, y además —se dijo, y esa fue su perdición— quizá no hiciera falta.
Quizá pudiera hacer el trabajo a medias.
Asustar a Orso lo justo, romperle el telar, quizá una mano, arreglárselas para que pareciera suficiente sin serlo del todo.
Darle al Chacal su ejemplo sin dejar un muerto.
Un trabajo limpio, uno más, el último quizá, y luego, con calma, preparar la salida de verdad.
Y empezó, allí mismo, en la taberna vacía, a planear la manera suave, como quien se arma de coartadas contra su propia conciencia.
Entraría tarde, con la casa dormida. No subiría a los cuartos —eso era lo primero, no subir, no acercarse a la gente durmiendo—.
Se quedaría abajo, en el taller, y le haría al telar lo que otros le harían a una garganta: lo destrozaría con método, cortaría la urdimbre, volcaría los ovillos, rompería la lanzadera, dejaría el sitio hecho un mensaje que Orso entendería nada más bajar por la mañana.
Quizá, si hacía falta más, esperaría al tejedor al pie de la escalera, le pondría el filo en la garganta sin apretarlo y le hablaría bajo, con la voz que asustaba más que un grito, y le diría lo que había que decirle sobre las lenguas que se sueltan, y lo dejaría vivo y temblando y callado para siempre.
Sin sangre. Un susto grande, un telar roto, una advertencia.
Era posible. Lo había hecho cien veces parecido.
Se convenció, en la taberna, de que era posible, porque necesitaba convencerse para poder levantarse e ir.
Se lo dijo, y fue la última mentira de aquel invierno, y también fue la peor, porque los trabajos a medias no existen, y un hombre que entra en una casa ajena de noche con un cuchillo no controla lo que pasa dentro; solo cree que lo controla, hasta que deja de creerlo.
En todo su plan cuidadoso, en toda su suave coreografía de susto sin sangre, había olvidado la única variable que el oficio nunca perdona: que las casas dormidas a veces se despiertan, y que un cuchillo que lleva veinte años enseñado a callar los ruidos no distingue, en la oscuridad de un instante, entre el ruido de un guardia y el de una niña.
Dejó la cuchara. Pagó. Salió a la niebla. Y, por primera vez en su vida, caminó hacia un trabajo deseando con toda su alma no llegar.
*
La calle de la Sal era estrecha y empinada, de las que suben desde el puerto hacia la ciudad alta, y a aquellas horas estaba desierta y muda, con las contraventanas cerradas y algún gato cruzando la niebla como una idea que no llega a formarse.
El Cuervo la había recorrido de día, disfrazado de lo de siempre, de nada, de nadie, y sabía cuál era la casa de Orso: la tercera desde la esquina, con una muestra de tejedor pintada sobre la puerta, una lanzadera y un ovillo, ya casi borrada.
Entró por el patio de atrás, como entraba siempre, saltando un muro bajo que daba a un huertecillo helado, y encontró la puerta de la cocina sin cerrojo, porque la gente honrada de la calle de la Sal aún creía, pobre, que las puertas sin cerrojo eran una señal de que no había nada que temer.
Dentro, la casa olía a lana y a aceite de lámpara, un olor limpio, de trabajo, un olor que el Cuervo no asociaba con las casas en las que entraba de noche, que solían oler a miedo y a orina y a dinero escondido.