Capítulo 5 — Un trabajo sin sangre #3
—Padre —dijo Vera, y su voz era de una calma peligrosa que el Cuervo reconoció como pariente de la suya—, le voy a decir tres cosas, y luego le voy a pedir que se vaya, porque tengo que cambiarle las vendas a un hombre y eso es más urgente que su registro.
La primera: esta casa la levantó Brígida, que enterró con sus manos a más pobres de los que su arcediano ha visto en su vida, y me la dejó a mí, y no necesito la licencia de nadie para no dejar morir sola a la gente, porque eso no es un oficio que se licencie, es una cosa que se hace o no se hace.
La segunda: si se lleva a estos al San Cristóbal, se me mueren en una semana, y usted lo sabe, y yo lo sé, y Dios, si mira alguna vez hacia este barrio, también lo sabe; así que no me hable del bien de sus almas, porque lo que usted propone es matarlos con papeles en regla.
Y la tercera —dio un paso hacia el clérigo, y el clérigo, sin querer, retrocedió medio—: la casa da de comer a diez pobres al día sin costarle a la diócesis un solo maravedí, y lo hace con una limosna anónima que le llega a un cura viejo llamado Lien, que sí está en sus registros.
Cierre usted esta casa, y esos diez pobres se van a mendigar a las puertas de la catedral, muy a la vista de todos, muy a la vista de las visitas importantes del arcediano.
Piénselo. A veces es más barato dejar en paz a una mujer terca que explicarle al obispo por qué hay diez tullidos muriéndose en su pórtico.
Hubo un silencio. El padre Anselmo, que había venido a intimidar a una pobre mujer sola, se encontró de pronto calculando, y en su cara de manos blancas el Cuervo vio, con una satisfacción feroz, el momento exacto en que un hombre entiende que ha perdido.
Anselmo murmuró algo sobre «volver con instrucciones más precisas», sobre «reconsiderar el caso», recogió a sus dos hombres aburridos y se fue calle arriba, y todos supieron —él el primero— que no volvería pronto, y que si volvía sería con menos ganas.
*
Cuando se marcharon, Vera se quedó un momento apoyada en el marco de la puerta, y toda la furia fría se le cayó de golpe, y el Cuervo vio que temblaba. Salió de la sombra. Ella lo miró, y no se sorprendió de verlo; quizá lo había sabido allí todo el rato.
—¿Cuánto has oído? —preguntó.
—Lo suficiente para saber que peleas mejor que yo —dijo él, y lo decía en serio—.
Yo esta noche he asustado a un mercader con plumas y velas negras durante tres días para que pagara.
Tú acabas de ganarle a la diócesis entera con tres frases y sin moverte del umbral.
—Negó con la cabeza, admirado—. ¿De dónde has sacado eso de los pobres en el pórtico del arcediano?
—De haber sido pobre en un pórtico. —Vera se sentó en el banco del patio, el que él había arreglado, con las manos todavía temblándole—.
Sé cómo piensan. Lo único que les importa de verdad es que no se les vea la vergüenza.
A un arcediano no le quita el sueño que se mueran diez pobres; le quita el sueño que se mueran donde los vea el obispo.
Así que no le he pedido compasión, que no tiene; le he vendido miedo, que es lo único que compran los que mandan.
—Lo miró, con una media sonrisa cansada—.
Aprendí de la misma escuela que tú, ¿sabes?
La calle. Solo que a mí no me compró ningún Chacal; me recogió una Brígida.
Pero la calle es la misma. Enseña lo mismo a todos: que el mundo se mueve por miedo y por interés.
La diferencia no está en lo que aprendes en la calle. Está en para qué lo usas después.
El Cuervo se sentó a su lado. Y por primera vez la miró no solo como a la mujer que lo había salvado, no solo como a la ventana con luz, sino como a una igual: alguien que había salido del mismo barro que él, con las mismas armas que él —la cabeza fría, la lengua, el saber leer el miedo ajeno—, y que había elegido usarlas para el lado contrario.
No era una santa ingenua que lo perdonaba por bondad ciega.
Era una superviviente astuta que había decidido, con los ojos bien abiertos, gastar su astucia en repartir en vez de en quitar.
Y esa Vera —la que negociaba con arcedianos, la que temblaba de rabia después de ganar, la que había sido pobre en un pórtico— le pareció, de golpe, mucho más digna de ser amada que la santa dulce que él había creído querer.
A la santa se la quiere de rodillas. A esta se la quería de pie, al lado, como a un compañero de oficio.
—Hoy me han elogiado por primera vez en años —dijo él, despacio, ofreciéndole su noche a cambio de la de ella—.
El Chacal. Por hacer un trabajo sin matar.
Y he pensado… he pensado una tontería. Que a lo mejor hay una manera.
Que a lo mejor puedo hacerme tan útil sin sangre que un día me deje ir, o me deje quedarme, limpio.
Que a lo mejor la cabeza me saca de donde el filo me metió.
Vera lo escuchó, y no se rió de su esperanza tonta, pero tampoco le mintió, porque no mentía.
—Ojalá —dijo, con cuidado—. De verdad, ojalá.
Pero escúchame, que de esto sí sé. —Le cogió la mano—.
El Chacal no te ha elogiado. Te ha avisado.
Un hombre como él no dice «qué bien trabajas sin sangre» por gusto.
Lo dice para que te confíes, para verte bajar la guardia, para saber por dónde te va a doler.
Cuando alguien que te tiene miedo a ti empieza a decirte cosas amables, no es que te haya perdonado.
Es que ha encontrado tu punto blando y está tanteándolo.
—Le apretó la mano—. No te digo que no haya salida.
Te digo que la salida no va a ser volverte tan buen perro que el amo te suelte.
Los amos no sueltan a los perros buenos.
Sueltan a los inútiles. Tu única salida de verdad, si la hay, va a doler y va a costar sangre, la tuya o la de otros, porque de sitios como ese no se sale gratis.
Yo lo sé. Yo salí de uno. Y todavía tengo la cuenta.
El Cuervo no quiso oír eso. Aquella noche no. Aquella noche quería su tabla podrida, su esperanza tonta, su Cuervo limpio que valía más que el sucio. Así que asintió, y le dijo que tenía razón, y no la creyó del todo, y guardó su esperanza a escondidas, como guardaba todo lo demás.
Pero algo de lo que ella había dicho se le quedó dentro, trabajando, como trabaja una ganzúa en la oscuridad.
«Tu única salida va a doler y va a costar sangre.
» Se dijo que no; que él encontraría la manera fina, la de la cabeza, la de asustar a Vidales y ganar a Anselmos sin derramar una gota.
Y sin embargo, esa misma noche, mirando la casa dormida, se sorprendió pensando ya como un hombre que defiende algo, que es una manera distinta de pensar que la de un hombre que solo se defiende a sí mismo.
Empezó, sin querer, a contar las salidas de la casa como contaba las de las casas que iba a robar; a fijarse en qué tejados daban al patio, por dónde entraría él si quisiera entrar, y por tanto por dónde entraría otro; a medir cuántos pasos había del portal al cuarto de Vera, y de ahí al de los enfermos.
Se descubrió, en fin, haciendo el trabajo de siempre —leer una casa por dónde es débil— pero al revés, no para asaltarla, sino para guardarla.
Y le dio un escalofrío darse cuenta de que las dos cosas se hacían con los mismos ojos, y de que quizá Vera tenía razón, y de que el día que hubiera que defender de verdad aquella casa, no bastaría con la cabeza; haría falta también la otra mano, la que él había jurado no volver a usar.
No se lo dijo. En vez de eso, torpe, sin mirarla, sacó del bolsillo el ovillo de lana azul y las agujas de hueso y se los puso en el regazo, y masculló algo sobre que el hilo con que cosía era malo y se rompía, y que aquel al menos aguantaría.
Vera miró la lana, y luego lo miró a él, y no dijo «no hacía falta» ni «qué detalle», que es lo que dice la gente que no entiende un regalo.
Cerró la mano sobre el ovillo, despacio, y dijo solo: «Es del azul del mar cuando hace bueno.
No lo hace casi nunca, aquí. Pero cuando lo hace, es de este color».
Y el Cuervo, que había robado fortunas y no había sentido nada, sintió que aquella frase valía más que todo lo que había en el arca de Rethel.
Le cogió la mano, la tibia, la de manos rojas, y se quedaron sentados en el banco del patio hasta tarde, con el ovillo azul entre los dos, dos supervivientes del mismo barro, cada uno con su cuenta pendiente, mirando la niebla bajar de los tejados sobre la única casa de Gante Vieja donde los que sobraban no sobraban.
Aquella noche del banco la guardaría después entre sus monedas de oro, las pocas que de verdad valían: la última en que estuvo a gusto sin ningún motivo, con la mano tibia de Vera sobre la suya, el ovillo azul entre los dos y la casa dormida alrededor.
Por una vez, no vigiló ninguna puerta. Por una vez, durmió tranquilo.
No podía saber —nadie puede saber cuándo está gastando la última de una cosa— que aquella era la última noche fácil que iban a tener.
Que la paz de aquel banco, el elogio del Chacal, la lana del color del mar cuando hace bueno, todo aquello no era el principio de la vida limpia que él soñaba, sino su víspera, la calma exacta que precede a las mareas que lo arrasan todo.
El Chacal ya había olido el nido. Y un hombre que huele el nido no descansa hasta encontrar el pájaro.
Pero eso pertenecía a las noches que venían.
Aquella, la del banco, fue buena, y el Cuervo la tuvo entera, y estuvo bien que así fuera, porque iba a necesitar recordarla mucho, muy abajo, mucho después, cuando ya no le quedara nada más que recordar.