Capítulo 5 — Un trabajo sin sangre #2
Y esa noche, el Cuervo lo esperó sentado en la oscuridad de su propio despacho, en su propia silla, con los pagarés de Vidal apilados sobre la mesa y una sola vela encendida —una vela normal, blanca, esta vez; el detalle importaba: la muerte ya había hablado con la negra, ahora tocaba negociar—.
Se pasó las horas en silencio, quieto como sabía estar, oyendo a la casa dormir y a Vidal dar vueltas en su cama arriba, y no sintió impaciencia, porque esperar era la mitad más honesta del oficio.
Hacia la madrugada oyó lo que sabía que oiría: los pasos descalzos del mercader bajando a comprobar, una vez más, la única habitación que aún no había comprobado esa noche.
La puerta del despacho se abrió. Y Vidal, con su palmatoria temblona, vio a una sombra tranquila sentada en su silla, jugando entre las manos con el futuro de su fortuna, y se le paró el aliento.
No hizo falta ni enseñar el cuchillo. Vidal se puso a temblar antes de que el Cuervo dijera una palabra, y la palmatoria le bailó tanto en la mano que estuvo a punto de apagarse.
—Puedo llevarme esto —dijo el Cuervo en voz muy baja, la voz que asustaba más que un grito, dando golpecitos en los pagarés—.
Y sin esto, tú no eres nadie. O puedes pagar lo que debes, más una parte por las molestias, y quedarte tus papeles y tus noches tranquilas, y no volver a ver una pluma de cuervo en tu vida.
—Se levantó, despacio—. No he tocado nada tuyo en tres noches, pudiendo tocarlo todo.
Piénsalo. La gente peligrosa que hace ruido es fácil de entender.
La que no lo hace, teniendo el ruido a mano, es de la que hay que tener miedo de verdad.
Paga, Vidal. Es mucho más barato que yo.
Vidal pagó. Pagó esa misma noche, todo, y una parte más, y le juró al Cuervo por todos los santos que no volvería a esconderse tras ningún pariente, y lo decía en serio, se le veía, porque el miedo que le había metido el Cuervo era del que dura años.
Y el Cuervo salió de aquella casa con el dinero del gremio bajo el brazo, sin una gota de sangre en las manos, y por primera vez en no sabía cuánto tiempo sintió algo parecido al orgullo del artesano, al que Vera le hablaba, al del tejedor que trama una hoja azul: había hecho un trabajo, un buen trabajo, difícil, y no había quitado nada que no fuera dinero a quien lo debía.
Se sintió, por una noche, útil y limpio a la vez, y descubrió que las dos cosas juntas eran posibles, y que esa posibilidad le abría dentro una puerta que llevaba veinte años tapiada.
*
El Chacal contó el dinero con sus dedos amables, despacio, y sonrió, y por un momento el Cuervo creyó que su esperanza tonta tenía razón.
—Bien —dijo el Chacal—. Muy bien. Vidal pagando y encima cagado de miedo, sin un muerto que dé explicaciones al consulado.
Esto es un trabajo, Cuervo. De los de antes.
De los que solo tú sabes hacer. —Se limpió la boca—.
¿Ves como no hacía falta el filo? Hay quien nace filo y hay quien nace cabeza.
Tú naciste cabeza; lo del filo te lo enseñé yo porque hacía falta, pero desperdicié al mejor cerebro de Gante Vieja afilándolo.
—Y ahí, cuando el Cuervo empezaba a dejarse llevar por el elogio, el Chacal metió el cuchillo, con esa lentitud suya—: Por eso me preocupa, ¿sabes?
Que últimamente prefieras la cabeza al filo.
Un hombre elige la cabeza cuando el filo empieza a pesarle.
Y el filo solo empieza a pesar cuando un hombre tiene, otra vez, algo que no quiere manchar.
—Levantó los ojos húmedos—. No me malinterpretes.
El trabajo está perfecto. Es solo que un cuervo que de repente no quiere ensuciarse las plumas es un cuervo que ha encontrado un nido.
Y los nidos, Cuervo, son lo primero que miran los que quieren cazar al pájaro. Descansa. Buen trabajo. De verdad.
El Cuervo salió del nido con el elogio y la amenaza mezclados en el pecho, sin saber cuál pesaba más.
Pero mientras cruzaba la niebla hacia la casa de Vera, dejó que ganara el elogio, porque quería que ganara, porque un hombre que se agarra a una tabla podrida no se pone a mirarle la carcoma.
«Naciste cabeza. Hay una manera de servir sin matar.
Hay un Cuervo limpio, y vale más que el sucio.
» Se repitió esas frases todo el camino, y con cada repetición la esperanza tonta crecía un poco, y para cuando llegó a Santa Brígida casi se había convencido de que existía un camino estrecho por el que salir de aquello sin sangre, poco a poco, con paciencia y con cabeza. Casi.
*
Llevaba, además, algo en el bolsillo. Con unas pocas de sus monedas —las suyas, las del jornal, no las robadas— se había parado en un tenderete nocturno del puerto y había comprado, tras dudar como un tonto, un ovillo de buena lana teñida de azul y un puñado de agujas de hueso, porque había visto a Vera remendar con hilo malo que se rompía y con una aguja torcida, y había pensado, con la esperanza tonta todavía caliente en el pecho, que un hombre limpio le lleva a su mujer lana buena para coser, y que él podía ser, aunque solo fuera un rato, esa clase de hombre.
Lo llevaba apretado en el bolsillo, avergonzado y contento a la vez, ensayando por el camino la manera de dárselo sin que pareciera gran cosa, cuando dobló la esquina de Santa Brígida.
Y encontró la casa revuelta y a Vera en pie de guerra.
No era el revuelo del miedo —no había pasado nada al Chacal, comprobó en un vistazo—, sino otro, uno que no había visto en ella: Vera estaba furiosa, con una furia fría y contenida que le encendía los ojos oscuros de una manera nueva, y discutía en el umbral con un hombre al que el Cuervo no conocía: un clérigo joven, bien vestido, de manos blancas y cuidadas, con la seguridad tranquila de quien nunca ha tenido que rogar por nada.
Detrás de él había dos hombres de la parroquia, con esa cara de aburrimiento de los que cumplen órdenes que no les incumben.
Lo primero que sintió el Cuervo, desde la sombra, no fue curiosidad.
Fue el oficio. Vio a un hombre amenazando a Vera y su cuerpo respondió antes que su cabeza: se le tensó la mano hacia el costado, y en un instante, sin querer, ya lo tenía todo resuelto a su manera.
Sabía cómo se hacía. El padre Anselmo era un hombre de costumbres, se le veía; volvería a la ciudad alta por la misma calle de siempre, solo, al caer la tarde; habría un tramo entre dos tapias donde no llegaba la luz de ningún candil; y por la mañana la diócesis tendría un clérigo menos y un misterio más, y nadie ataría jamás aquel cadáver de manos blancas a una casa de pobres del barrio bajo.
Sería limpio. Sería fácil. Sería, para un hombre como él, casi un favor de amigo.
Y lo pensó con tanta naturalidad, con tan poco esfuerzo, que se le revolvió algo por dentro, porque entendió, de golpe, dos cosas a la vez.
La primera, que si de verdad quería proteger aquella casa, la herramienta que tenía en la mano era la única que la destruiría: matar a Anselmo traería a la guardia, y a más clérigos, y preguntas, y el fin de todo lo que Vera había levantado; su filo, puesto a defender aquello, lo mataría igual que si lo atacara.
Y la segunda, más honda: que para él «proteger» y «matar» eran, todavía, la misma palabra, el mismo gesto, la misma mano yendo al mismo sitio, y que mientras siguieran siéndolo no serviría para cuidar nada, solo para vengarlo después.
Apretó el puño y lo dejó quieto. Se obligó a no ser el filo.
Y entonces, obligándose a mirar en vez de a actuar, aprendió cosas de Vera que no le había visto usar nunca: que sabía pelear.
No con las manos. Con la cabeza y con la lengua, como él aquella misma noche con Vidal, pero mejor, sin sangre ni siquiera prometida, con una destreza que a él le habría llevado años.
El clérigo —se llamaba padre Anselmo, y venía de parte del arcediano— explicaba, con una paciencia condescendiente que era peor que un insulto, que la casa de Santa Brígida «funcionaba sin licencia ni supervisión», que «no constaba en ningún registro de la diócesis», que «una mujer sola no podía tener a su cargo, sin regla ni votos, a enfermos y a moribundos que requerían consuelo espiritual además de sopa», y que el arcediano había decidido, «por el bien de las almas de estos pobres», trasladar a los enfermos al hospital grande de la ciudad alta, el de San Cristóbal, «donde estarían debidamente atendidos», y disponer de la casa «para usos más propios».
El Cuervo conocía el hospital de San Cristóbal.
Todo Gante Vieja lo conocía. Era donde iban a morir los pobres apilados de veinte en veinte en salas heladas, atendidos por dos frailes desbordados que no daban abasto ni para cerrar ojos, un sitio donde la muerte era más rápida y más sola que en cualquier callejón.
«Debidamente atendidos» quería decir «apartados de la vista y muertos antes».
Y «usos más propios» quería decir que el suelo de aquel barrio, aunque pobre, valía dinero, y que a alguien de la diócesis le había entrado el apetito.