Capítulo 5 — Un trabajo sin sangre
E l encargo, esta vez, no era matar.
Le llegó por el recadero de siempre, una mañana de escarcha: un mercader de paños llamado Vidal le debía al gremio una suma vieja y grande, y en vez de pagar se había buscado la protección de un pariente con influencias en el consulado, y ahora se paseaba por Gante Vieja como si la deuda no existiera, riéndose del Chacal a sus espaldas.
El Chacal no podía dejarlo pasar —una deuda perdonada es diez deudas nuevas que nadie paga—, pero tampoco podía matarlo sin más: el pariente influyente convertiría la muerte en un escándalo, y el gremio prosperaba en la sombra, no en los escándalos.
Así que el encargo era fino: recuperar el dinero, o algo que valiera el dinero, sin tocarle un pelo a Vidal, y a ser posible dejándolo tan asustado que pagara el resto por su cuenta.
—Es un trabajo para tu cabeza, no para tu cuchillo —le había dicho el recadero, repitiendo las palabras del Chacal—. Dice que hace mucho que no te da uno de esos. Dice que a ver si te acuerdas de cómo eras antes de volverte solo un filo.
El Cuervo se guardó el recado y, camino de casa de Vidal, se descubrió sintiendo algo raro, algo que tardó en reconocer porque hacía mucho que no lo sentía: ganas.
Ganas de un trabajo. No de sangre —de sangre estaba harto, de sangre se le había llenado el pecho hasta arriba—, sino de aquello otro, de lo que había amado de niño cuando el Chacal lo enseñaba: la cerradura que se abre sin ruido, el plan que encaja, el hombre al que se derrota sin tocarlo, solo con saber más que él.
Le vino, sin buscarla, una idea peligrosa y luminosa: que quizá existiera una versión de él que el gremio pudiera usar sin que él tuviera que matar.
Un Cuervo de cabeza y no de filo. Y que si esa versión existía, quizá —quizá— fuera también la moneda con la que comprar, algún día, su salida: hacerse tan valioso sin sangre que el Chacal prefiriera tenerlo limpio a perderlo del todo.
Le vino, con las ganas, un recuerdo que creía perdido: el del niño que había sido antes del primer muerto, cuando el oficio era todavía un juego y no una condena.
El niño que se pasaba las horas con tres cáscaras de nuez y un guisante, haciendo bailar el engaño entre los dedos, no para robar todavía, solo por el gusto limpio de ser más rápido que el ojo del otro.
Aquel niño había amado esto —la astucia, el ingenio, ganar sin fuerza—, y lo había amado antes de saber que servía para matar.
El Chacal había cogido aquel amor de niño por los acertijos y lo había afilado hasta convertirlo en filo, gota a gota, muerto a muerto, hasta que el juego se volvió oficio y el oficio se volvió sangre.
Pero el amor por el acertijo seguía ahí debajo, resultaba, enterrado bajo veinte años de trabajos sucios, y aquella mañana de escarcha, camino de casa de Vidal, volvió a asomar, tímido, como asoma la hierba entre las piedras de un patio que nadie pisa.
Y el Cuervo, notándolo crecer, pensó: si pudiera vivir de esto, de la cabeza y no del filo, del acertijo y no de la garganta, quizá aún quedara en alguna parte aquel niño, y quizá aún pudiera salvarse algo de él.
Era una esperanza tonta. Lo supo incluso mientras la pensaba. Pero un hombre que lleva veinte años sin esperanzas se agarra a la primera que le crece, por tonta que sea, con la misma fuerza con que un ahogado se agarra a una tabla podrida.
*
Estudió a Vidal tres días, como había estudiado la casa de Rethel, con paciencia de araña.
Lo siguió por la ciudad hecho mendigo, hecho descargador, hecho sombra, y fue leyéndolo despacio, como se lee una cerradura.
Lo vio en la lonja de los paños, henchido, palpando las telas de sus rivales con desdén y las suyas con amor, un hombre que se quería a sí mismo con una entrega que a los demás les regateaba.
Lo vio pararse en seco ante un cortejo fúnebre que le cruzó la calle, quitarse el gorro a toda prisa y santiguarse tres veces, y luego dar un rodeo largo para no volver a pisar la calle por donde había pasado el muerto, porque los supersticiosos creen que la muerte deja rastro en el suelo, como un caracol.
Lo vio comprarle a una vieja de mala fama, a escondidas, un amuleto de latón contra el mal de ojo, y guardárselo bajo la camisa mirando a los lados.
Y lo vio, la tercera noche, asomarse tres veces a la ventana de su alcoba antes de acostarse, comprobando cerrojos que ya había comprobado, con la desconfianza inútil de los cobardes, que atrancan las puertas pero no saben que el peligro no llama.
Descubrió así que el mercader era vanidoso, cobarde y supersticioso —la mejor combinación posible para un trabajo de cabeza—, que dormía mal, que temía a los muertos y a los augurios más que a los hombres, y que guardaba lo que más quería no en su arca de hierro, sino en un escritorio de su despacho: no dinero, sino los pagarés y los contratos con los que sostenía su fortuna, papeles que valían diez veces lo que la deuda y sin los cuales Vidal no era nadie, solo un hombre gordo con una casa cara.
Un filo le habría rebanado el cuello y habría cogido el arca.
La cabeza vio otra cosa: que a un hombre así no había que quitarle la vida, sino el suelo firme bajo los pies; que su miedo trabajaría por el Cuervo mejor que cualquier cuchillo, si el Cuervo sabía darle de comer.
No entró a robarlos. Eso habría sido lo viejo, lo del Cuervo. Hizo algo mejor, algo que le costó tres noches de trabajo fino y que no derramó una sola gota de sangre.
Primero, durante tres noches seguidas, dejó que a Vidal le ocurrieran cosas pequeñas e inexplicables.
La primera noche entró por el tejado, no por la puerta, porque un hombre que atranca puertas no piensa en el cielo, y descolgó el pestillo de una ventana de la planta baja para dejarla abierta de par en par, con el hierro del cierre intacto, sin forzar.
Nada más. Que amaneciera abierto lo que él mismo había cerrado tres veces, y que no faltara nada, y que no hubiera una sola marca en el hierro: eso solo, para que Vidal pasara el día siguiente mirándose las manos y preguntándose si se estaba volviendo loco, que es la primera grieta por donde entra el miedo.
La segunda noche fue la difícil, la de verdad, la que un filo no habría sabido hacer.
El Cuervo entró de nuevo, subió a la alcoba y se quedó de pie junto a la cama del mercader dormido.
Vidal roncaba de espaldas, con la boca abierta y el amuleto de latón sobre el pecho subiendo y bajando, y el Cuervo lo miró largo rato en la oscuridad, tan cerca que le oía el silbido del sueño, tan cerca que su mano derecha, sola, sin que él la llamara, calculó el gesto de siempre —la boca tapada, el filo bajo la oreja, dos latidos— con la misma frialdad con que otras manos rezan el padrenuestro por costumbre.
Podía hacerlo. En su vieja vida lo habría hecho ya, y estaría de vuelta en la niebla antes de que el cuerpo terminara de enfriarse.
Se acordó, de pie sobre el mercader, de la casa de Rethel, del pie de aquella escalera, del viejo malvado al que no había subido a matar; se acordó de que aquella había sido la primera vez que perdonaba una vida, y de que la había perdonado por hastío.
Esta la perdonaba distinto. La perdonaba porque no la necesitaba: porque había otra manera, la de la cabeza, y la otra manera no le pedía llevarse dentro una cara más.
Sacó del zurrón una vela negra, de las gruesas que se encienden para velar a los muertos, la plantó de pie sobre la almohada, a un palmo de la cara dormida de Vidal, y la encendió.
Y se fue como había venido, sin ruido, dejando a un hombre vivo durmiendo junto a la llama de su propio funeral.
Cuando Vidal despertó al alba y vio la vela de difuntos ardiendo junto a su cabeza, comprendió en la carne, y no solo en la cabeza, que alguien había estado tan cerca que podía haberle hecho cualquier cosa, y no se lo había hecho.
No hay amenaza peor que la piedad de quien podría matarte.
La muerte asusta un rato; la piedad de un asesino desconocido no deja dormir en un mes.
La tercera noche fue casi una burla. Una pluma de cuervo —de cuervo de verdad; el Cuervo tenía sentido del humor, resultaba, cuando no había que matar— clavada en la puerta de su despacho con un alfiler de hueso, señalando, como un dedo, el escritorio donde el mercader guardaba sus papeles.
Nada robado. Nada roto. Solo señales, precisas, imposibles, que le decían a un hombre supersticioso lo único que el Cuervo quería que entendiera: alguien entra en tu casa cuando quiere, está donde quiere, sabe dónde guardas lo que amas, podría hacer contigo y con ello lo que quisiera, y no lo hace todavía.
Al cuarto día, Vidal era un hombre que no dormía y saltaba con cada crujido.
Había despedido a un criado, sospechando de él; había hecho llamar a un fraile para que bendijera la casa; había dormido con dos velas encendidas y el amuleto en el puño.
Nada de aquello servía contra un miedo que no venía de fuera, sino que ya vivía dentro. Estaba maduro.