El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 4 — El niño sin nombre
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Capítulo 4 — El niño sin nombre

«A ti te compraron. Muy barato, además: por un plato de comida.»

Las palabras de Vera no lo dejaron dormir aquella noche, ni las siguientes.

No porque fueran crueles —no lo eran; las había dicho con más pena que reproche—, sino porque eran ciertas, y la verdad, cuando lleva veinte años enterrada, al salir remueve todo lo que había encima.

Tumbado en su jergón del muelle, con el agua negra golpeando la piedra abajo, el Cuervo se descubrió recordando cosas que creía olvidadas, o que había querido olvidar, que no es lo mismo.

Se descubrió, por primera vez en su vida adulta, tratando de recordar al niño que había sido antes de ser el Cuervo.

Y le costó, porque a aquel niño lo habían enterrado tan hondo, y tan a propósito, que casi no quedaba nada de él; pero, escarbando, escarbando en el insomnio, empezó a salir.

*

No tenía madre. O la tuvo, tan al principio, que no le quedó memoria de ella, solo un hueco con forma de madre, un frío en un sitio donde otros niños tenían calor.

Sus primeros recuerdos verdaderos eran ya de la calle: de los soportales del mercado del pescado, donde dormía con otros como él, un montón de niños sin dueño que se juntaban de noche para darse calor como se juntan los cachorros de perro abandonados, y que de día competían por las mismas sobras, las mismas esquinas, las mismas monedas de los mismos transeúntes que pasaban sin mirarlos.

Se acordaba del olor, ahora que escarbaba: a pescado podrido y a salitre y a orín, el olor de los soportales, que había sido el olor de su casa antes de saber que existían las casas.

Se acordaba de cómo se organizaba el montón para dormir, con una sabiduría animal que nadie enseñaba y todos aprendían: los más pequeños en el centro, donde daba el calor, y los mayores por fuera, aguantando el frío que llegaba de la calle, no por bondad, sino porque los mayores aguantaban mejor y porque un montón que deja morir de frío a sus pequeños en una noche mala amanece más pequeño, y un montón pequeño da menos calor, y así, sin que nadie lo dijera, la crueldad y la piedad se confundían en una misma cuenta de supervivencia.

Él, que era mayor pronto —los que sobreviven crecen deprisa—, durmió muchas noches por fuera, dando la espalda a la calle, con el frío mordiéndole la columna y el calor de los pequeños calentándole el pecho, y aprendió allí, sin palabras, la primera aritmética de su vida: que a veces uno aguanta el frío por fuera para que otro viva, y que eso no tiene nombre, y que se hace igual.

Había uno más pequeño al que llamaban Espinas, porque estaba tan flaco que parecía todo picos, codos y rodillas y costillas, un niño hecho de aristas.

No sabía de dónde había salido; nadie sabía de dónde salía nadie.

Se había pegado al Cuervo —al que sería el Cuervo— como se pegan los pequeños al mayor que menos les pega, y el Cuervo lo había dejado, sin ternura, con una especie de fastidio tolerante, porque Espinas era rápido de manos aunque torpe de cabeza y a veces conseguía un mendrugo que compartía sin que se lo pidieran, cosa rara en los soportales, donde compartir era de tontos.

Una noche, la más fría de aquel invierno, de esas en que el agua de los canales cría una costra de hielo, Espinas tosía, y tosía de la manera honda que el Cuervo aprendería a reconocer toda su vida, la tos que arrastra algo, y el Cuervo lo puso en el centro del montón, donde daba el calor, y él se quedó por fuera.

Por la mañana, el centro del montón estaba caliente y Espinas estaba frío.

Se había muerto sin ruido, como se morían todos, sin molestar, apretado entre otros cuerpos que le habían dado todo el calor que tenían y que no había bastado.

Los niños lo sacaron del montón entre dos, tirando de los pies, y lo dejaron al borde del soportal para que se lo llevara la carreta que se llevaba lo que la ciudad no quería, y volvieron a apretarse, y el hueco que dejó Espinas se cerró enseguida, en la misma cuenta de siempre: un cuerpo menos, un poco menos de calor, hay que apretarse más.

Nadie lloró. El Cuervo tampoco. Miró un rato el bulto de aristas al borde del soportal, con la escarcha ya prendiéndosele en el pelo, y sintió el sitio frío de dentro, la calma rara, cerrarse también sobre aquel hueco sin una arruga.

Y pensó, con seis o siete años, sin palabras aún para pensarlo, algo que le duraría toda la vida: que querer a alguien no lo mantenía caliente.

Que él había dado su calor y Espinas se había muerto igual.

Que en los soportales, cuidar a otro solo servía para tener luego un hueco más grande que cerrar.

No tenía nombre. Los otros tenían motes —el Tuerto, la Rata, Espinas—, pero a él nunca le pusieron ninguno, quizá porque era demasiado callado para que valiera la pena, quizá porque los motes se los ponen a los que uno espera seguir viendo, y nadie esperaba seguir viendo mucho tiempo a ninguno de ellos.

Los niños de los soportales se morían con una facilidad de la que el mundo no se enteraba: de frío, de fiebres, de hambre, de una paliza de un tendero harto, de una caída al canal.

Desaparecían, sin más, y por la mañana había un hueco en el montón y nadie preguntaba, y a los pocos días llegaba otro niño de otra parte y ocupaba el hueco, y el mundo seguía sin enterarse.

Así aprendió el que sería el Cuervo, antes de saber ni contar, la primera y más honda de todas sus lecciones: que había gente que sobraba.

Que él era de esa gente. Que sobrar no dolía por dentro —uno se acostumbra—, pero que sobrar significaba que tu muerte no cambiaba nada, que podías desaparecer y el montón se cerraba sobre tu hueco sin una arruga.

Años después, en la casa de Santa Brígida, entendería por qué se le había clavado tan hondo lo que hacía Vera: porque ella hacía, con los viejos y los tullidos, exactamente lo contrario de lo que el mundo había hecho con aquel niño de los soportales.

Ella se negaba a dejar que el montón se cerrara sobre nadie.

Ponía su cuerpo por fuera, contra el frío de la calle, noche tras noche, para que ninguno de los suyos amaneciera helado en el centro caliente.

Era lo que él había hecho por Espinas una sola noche y no había vuelto a hacer por nadie en veinte años, porque le había salido mal, porque el calor no había bastado, porque había aprendido la lección equivocada.

Vera había aprendido la contraria, de la misma escuela: que a veces no basta, y que se hace igual.

*

De los demás del montón no supo casi nunca el final, porque los finales, en los soportales, no se contaban: se notaban por el hueco.

Al Tuerto lo sacaron un amanecer del canal, hinchado, con el ojo bueno abierto y el malo por fin igual que el otro, y nadie supo si se cayó borracho de vino robado o si alguien lo ayudó a caerse, y a nadie le importó averiguarlo.

A la Rata, que era el más listo de todos, el que siempre encontraba la sobra escondida y la esquina buena, se lo llevó también un hombre —quizá el mismo Chacal, quizá otro de la Marea Baja, el niño nunca lo supo—, y volvió a los soportales una sola vez, meses después, muy cambiado, con ropa nueva y los ojos apagados, a buscar a otro crío para llevárselo, y ni saludó, como si no los conociera, como si el que se había ido con el hombre de ropa nueva no fuera ya el mismo que había dormido en el montón.

El niño lo miró marcharse con el otro crío de la mano y sintió, sin palabras, que así se hacían los hombres del oficio: que a uno lo elegían, se lo llevaban, y volvía un día convertido en la mano que se lleva al siguiente.

No sabía entonces que él sería, andando el tiempo, esa misma mano; que bajaría a esos mismos soportales a recoger aprendices para el Chacal; que un tal Duno, muchos años después, sería su Rata, su niño elegido, y moriría con un cuchillo bonito clavado en un costado mientras él le sostenía la mirada.

El montón fabricaba manos para la Marea Baja, y las manos volvían a por más manos, y así el agua baja se alimentaba a sí misma, generación tras generación de niños sin nombre, sin que la ciudad de arriba, la de las casas con cerrojo, se enterara jamás de la cosecha que crecía en sus soportales.

Aprendió a robar por hambre, como se aprende todo lo importante: mal, a golpes, castigado.

La primera vez que le pusieron la mano encima por robar tenía cinco años, o los que fuera, y le había quitado una manzana a una frutera que resultó tener el brazo más rápido de lo que su gordura prometía.

Lo agarró del pelo y lo levantó del suelo, y lo abofeteó con la mano abierta hasta que el niño vio luces, delante de todo el mercado, y nadie miró, porque un tendero pegando a un ladronzuelo era parte del paisaje de Gante Vieja, como las gaviotas o la niebla.

El niño no lloró —ya entonces le costaba llorar—, y esa quietud enfureció más a la frutera, que lo soltó al fin con un empujón y un escupitajo, y el niño se fue con la cara ardiendo y el hambre intacta, y aprendió, de aquella mano abierta, la primera regla del oficio antes de saber que era un oficio: que lo que hace que te peguen no es robar, es que te pillen.

Que el pecado, en Gante Vieja, no era la codicia; era la torpeza.