El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 3 — Lo que no se cobra #3
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Capítulo 3 — Lo que no se cobra #3

El Cuervo no respondió. No podía. Le había dado un nombre a los veinte años en una sola frase —«a ti te compraron»—, y ese nombre era tan exacto que dolía como duele el hueso al recolocarse.

Se quedó mirando el fuego mucho rato, con la manta remendada olvidada entre los dos, y por dentro fue repasando, uno a uno, los años, y en cada uno encontró la mano del Chacal cobrando un interés distinto: la infancia, el nombre, el miedo, la manera de pensar.

Todo prestado. Todo con usura. Nunca lo había visto así, y ahora que lo veía no podía dejar de verlo, igual que a Vera le pasaba con las personas.

—¿Y se puede? —preguntó al fin, sin mirarla, con una voz que no reconoció como suya—. Dejar de pagar los intereses. Salirse de una deuda así. ¿Se puede?

Vera dejó la aguja. Lo miró de lado, con cuidado, como se mira a un animal herido que por fin se acerca a la mano.

—No lo sé —dijo, y él agradeció que no le mintiera—.

No lo he visto muchas veces. Casi nadie lo intenta; los que llevan mucho pagando, al final creen que la deuda es suya, que forma parte de ellos, que sin ella no serían nada.

Y a lo mejor tienen razón, y sin la deuda no serían nada.

—Se inclinó un poco hacia él—. Pero he visto a alguno intentarlo.

Y de los que lo intentaron, los que lo consiguieron tenían todos una cosa en común.

—¿Cuál?

—Un sitio adonde ir que no fuera la deuda.

Alguien que los esperara del otro lado. Nadie se sale de un sótano por gusto de salir; se sale porque hay una ventana con luz, y detrás de la luz, alguien.

Si no hay nadie, uno se queda en el sótano, porque el sótano, al menos, lo conoce.

—Volvió a coger la aguja, como si no hubiera dicho nada importante—.

Así que la pregunta no es si se puede. La pregunta es si tienes adónde ir. Y eso solo lo sabes tú.

Y ese, y no otro, fue el momento exacto en que el Cuervo se enamoró: no cuando la deseó —eso vino antes, y era fácil, y no significaba nada, el deseo lo conocía—, sino cuando, sentado ante un fuego con una manta a medio coser, oyó a una mujer decirle sin decírselo que ella podía ser la ventana con luz, y dejó de vigilar la puerta.

Un hombre como él sabía que eso era más íntimo que cualquier cosa que pudiera hacerse en una cama.

Dejar de vigilar la puerta. Confiar la espalda.

No lo había hecho nunca, con nadie. Lo hizo aquella noche, sin decirlo, y supo que ella lo había notado, porque Vera dejó también la aguja, y durante un rato largo los dos se quedaron así, en silencio, mirando el fuego, dos personas que habían sobrado en el mundo y que habían encontrado, contra todo el orden del Chacal, un rincón donde no sobraban.

—No mires tanto la puerta —dijo ella al fin, muy bajo, sin mirarlo—. La puerta no tiene cerrojo. Nunca lo ha tenido. Si alguien tuviera que entrar a hacernos daño, ya habría entrado. Vigilarla no lo impide. Solo te impide a ti estar aquí del todo.

El Cuervo apartó los ojos de la puerta. Le costó, como le habría costado soltar el cuchillo en mitad de una pelea. Pero los apartó. Y en el hueco que dejaron, mirando el fuego, cupo por primera vez algo que no era vigilancia.

*

Pero el hombre de día seguía existiendo, y el hombre de día tenía dueño.

El Chacal empezó a notar algo. No era listo el Chacal de la manera en que lo son los sabios; era listo de la manera en que lo son las alimañas, que huelen el cambio en el aire antes de saber nombrarlo.

Y en el Cuervo olía un cambio. Lo notaba en que el Cuervo hacía los trabajos igual de bien que siempre —eso no había mermado— pero se iba en cuanto terminaban, sin quedarse a beber, sin quedarse a nada.

Lo notaba en que ya no cogía su parte con la vieja indiferencia, sino con una prisa nueva, como quien recoge algo que le da un poco de asco tocar.

Lo notaba, sobre todo, en los ojos, porque el Chacal era un experto en ojos: llevaba treinta años viviendo de leer en los ojos de los hombres el momento en que dejaban de serle útiles, y en los del Cuervo empezaba a leer, muy al fondo, esa cosa que él más temía, la que le había advertido aquella noche: la cara del hombre que empieza a creer que hay otra vida esperándole en algún sitio.

Un día lo puso a prueba. El Chacal ponía a prueba a sus hombres como otros respiran, sin darle importancia, con esa crueldad casual que era su forma de estar en el mundo.

Le encargó al Cuervo un trabajo que no le pegaba: acompañar a dos novatos a dar un escarmiento a una familia de pescadores que se había negado a pagar la «protección» del gremio.

No era trabajo para el Cuervo; era trabajo de asustar, de romper cosas, de pegar a un padre delante de sus hijos para que la calle aprendiera.

El Chacal lo sabía. Y por eso mismo se lo mandó: para ver qué cara ponía el Cuervo ante unos niños asustados.

El Cuervo fue. No podía no ir, aún no. La casa de los pescadores era baja y olía a red y a sal, y por la ventana, mientras los dos novatos esperaban a su espalda la señal —ansiosos, jóvenes, con esas ganas feas de los que aún no han hecho daño y creen que hacerlo los hará hombres—, el Cuervo vio dentro a una madre que empujaba a tres críos hacia un rincón y se ponía delante, abriendo los brazos, no para pelear, porque no sabía, sino porque era lo único que sabía hacer una madre: ponerse en medio.

Y en esa mujer con los brazos abiertos el Cuervo vio a Vera.

No se parecían en nada, pero vio a Vera, y por un instante —él lo supo, y supo que alguien lo estaría contando— dudó.

No mucho. Un latido. El tiempo de un parpadeo en el que la mano, en vez de ir a la puerta, no fue a ninguna parte.

Luego entró e hizo lo justo, lo mínimo: volcó un arca, rompió una red contra la rodilla, dejó que los novatos gritaran las amenazas de rigor y se los llevó a rastras antes de que se envalentonaran con los críos, sin tocar a nadie, con una prisa que disfrazó de desprecio.

Se dijo, saliendo, que lo había hecho limpio.

Pero el instante de duda había existido, y en el mundo del gremio los instantes de duda no se pierden: se cobran.

Cuando volvió al nido a dar cuenta, el Chacal lo miró con sus ojos húmedos, masticando, y no dijo nada del trabajo. Solo dijo, como quien comenta el tiempo: