El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 3 — Lo que no se cobra #2
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Capítulo 3 — Lo que no se cobra #2

El Cuervo se arrodilló al otro lado. Nunca había estado tan cerca de una herida que no hubiera abierto él.

Le dieron ganas de apartar la vista —él, que había visto de todo—, y no la apartó, porque ella no la apartaba.

Vera le enseñó, en voz baja, con una paciencia de maestra que no reñía los errores, cómo se despega una venda pegada sin arrancar la carne nueva —se moja, no se tira—, cómo se limpia de fuera hacia dentro y no al revés, cómo se aprieta lo justo para que no sangre y no tanto que ahogue.

Las manos del Cuervo, que sabían el gesto exacto para abrir a un hombre, temblaron torpes intentando cerrar a otro.

Se le cayó una tira. Manchó otra. Vera no dijo nada; solo le corrigió el ángulo de los dedos con los suyos, rojos y agrietados, y siguió.

—Duele —murmuró Corvo, con los dientes apretados, hablándole al techo—. Sigue, mujer. Duele, pero sigue.

—Sigo —dijo Vera—. Aguanta tú, que yo aguanto.

Cuando terminaron, el estibador respiraba mejor, y Vera se sentó en el suelo con la espalda contra la pared, agotada, mirándose las manos como si fueran de otra.

El Cuervo se quedó a su lado, en cuclillas, sin saber qué hacer con las suyas, que olían por primera vez a algo que no era sangre de pelea, sino a vinagre y a llaga limpia.

—No sé por qué te ayudo —dijo él, en voz muy baja, para no despertar la sala—. No saco nada.

—Ya lo sé —dijo Vera, sin abrir los ojos—. Es lo mejor que haces en todo el día, y no sacas nada. Piensa en eso alguna vez. —Torció la boca, medio sonrisa medio cansancio—. Da miedo, ¿verdad? Descubrir que hay cosas que se hacen sin cobrar. Le remueve a uno todo lo de dentro.

Desde el jergón de al lado, la vieja de los dientes ausentes, que no dormía, lo miró con sus ojos lechosos y dijo, con toda naturalidad, como quien saluda:

—Tú también estás mojado todavía. Pero menos. —Y volvió a lo suyo, a su murmullo con el ahogado, dejando al Cuervo con un nudo raro en la garganta y las manos oliendo a lo que olían.

Antes de irse, esa noche, pasó por el rincón del niño de las piernas torcidas, que se había despertado y no quería decirlo para no molestar.

Le sacó del bolsillo tres cáscaras de nuez y un guisante seco —las llevaba encima desde hacía días, sin querer admitir para qué— y le hizo el juego a media luz: el guisante que aparece y desaparece, las cáscaras que bailan, la mano más rápida que el ojo.

El primer juego de manos que había aprendido de niño para robar, el mismo con el que el Chacal lo había premiado la primera vez, convertido ahora, sin sangre, en un truco que hacía reír bajito a un crío que no podía andar.

El niño nunca acertaba bajo qué cáscara estaba el guisante, y se reía tapándose la boca, y el Cuervo, que no recordaba haber hecho reír a nadie en su vida, se descubrió esperando esa risa con una impaciencia que le daba vergüenza.

Ese otro hombre no cobraba nada por lo que hacía.

Y esa era la cosa más extraña de todas, la que el Cuervo daba vueltas por dentro en el camino de vuelta al muelle: que había algo, resultaba, que se podía hacer sin cobrar, y que ese algo, no cobrado, pesaba en el pecho de una manera distinta a todo lo cobrado en veinte años.

Pesaba, pero no hundía. Al revés. Aligeraba.

Vera no le preguntaba de dónde venía ni adónde iba.

Al principio, el Cuervo creyó que era por miedo —que había entendido lo que era y prefería no saber los detalles—, y le pareció sensato.

Luego entendió que no era miedo. Era otra cosa, más difícil de tragar: era que a ella no le interesaba lo que él había hecho, sino lo que hacía cuando estaba allí.

No lo juzgaba por el hombre de día. Lo trataba como al hombre de noche, y al tratarlo así, noche tras noche, lo iba, sin proponérselo, fabricando.

El Cuervo se descubrió comportándose como el hombre que ella parecía ver, no por engañarla, sino porque era agotador y hermoso ser, aunque solo fuera unas horas, alguien de quien no había que defenderse.

*

Una noche, remendando juntos una manta a la luz del fuego —él sostenía, ella cosía; sus manos de asesino servían para sostener, resultaba, tanto como para lo otro—, le preguntó por qué lo hacía.

Pero esta vez no fue la pregunta del Chacal.

No preguntó qué sacaba. Preguntó de otra manera, la única otra manera que se le ocurrió, y le costó, porque no estaba hecho a preguntar por preguntar:

—¿Siempre has vivido así? Cuidando a los que sobran.

Vera no levantó la vista de la aguja.

—No siempre. —Dio dos puntadas—. Yo también fui de los que sobran. Por eso los veo. Solo se ve bien lo que uno ha sido.

Y le contó, a retazos, entre puntada y puntada, sin dramatismo, como quien cuenta el tiempo que hizo el año pasado: que había nacido en una aldea del interior que una mala cosecha y luego una peste dejaron vacía; que llegó a Gante Vieja con nueve años, sola, entre un montón de gente que huía del hambre, y que la ciudad se tragó a casi todos esos huidos como el mar se traga la lluvia, sin que se note.

Que sobrevivió de las maneras en que sobrevive una niña sola en una ciudad rica, y que no todas esas maneras le gustaba recordarlas.

Se detuvo ahí un momento, en «no todas esas maneras», y el Cuervo no preguntó, porque él también tenía maneras que no le gustaba recordar, y entendió que había cosas que dos personas rotas pueden decirse justo callándolas, dándose el uno al otro el regalo de no hacer preguntas.

—Hubo un invierno —siguió Vera, más bajo— en que estuve segura de que me tocaba morirme.

Tenía doce años. Llevaba tres días sin comer, tirada bajo el mismo arco donde ahora se ponen los mendigos, el de los Tres Santos.

—El Cuervo, que no le había contado lo del mendigo al que había negado el pan justo bajo ese arco, sintió un frío raro subirle por la espalda—.

Y me acuerdo de que ya no tenía miedo. Estaba tranquila, casi a gusto, como se está cuando dejas de pelear.

Igual que tú en tu callejón, supongo. —Lo miró un instante—.

Y entonces pasó Brígida. No me conocía de nada.

Podía haber pasado de largo, como pasaba todo el mundo, como pasa todo el mundo por delante de una niña muerta de hambre en una ciudad que tiene cosas más importantes que mirar.

Pero se paró. Se agachó. Me miró. Y me dijo una cosa que no he olvidado nunca: «Tú no sobras.

A alguien le harás falta. Ven, que hoy no te toca».

—Cortó el hilo con los dientes—. Y no me tocó.

Por ella. Porque a ella le pareció que yo no sobraba, cuando yo misma ya me había dado por perdida.

Así aprendí lo único que sé: que a veces basta con que una persona decida que no sobras para que dejes de sobrar.

No hace falta más. Una sola persona. Eso es lo que hago aquí.

Ser, para estos, la persona que decide que no sobran.

—Brígida —dijo el Cuervo—. La santa del nicho.

—La santa del nicho es otra, una de hace siglos.

Brígida era de carne y hueso. Llevaba esta casa cuando yo llegué, y me recogió, y me enseñó, y me quedé.

La gente empezó a llamarla santa de tanto verla hacer lo que hacía, y a ella le daba una rabia…

—Vera sonrió, con una ternura triste—. Decía: «No soy santa, soy terca.

Los santos hacen milagros; yo solo me niego a mirar para otro lado.

Es más fácil de lo que parece. Solo hay que decidir no acostumbrarse».

—Se quedó mirando el fuego—. Murió hace tres inviernos.

De lo mismo que se muere aquí todo el mundo: de cansancio y de invierno.

La velé yo sola, dos noches, y el cura vino tarde y con prisa, porque una santa pobre no da para más.

Y me dejó la casa. No en un papel. No hay papeles.

Me dejó a los que había dentro, y me dijo, ya sin apenas voz: «Ahora son tuyos».

Y lo son. —Retomó la aguja—. Así que ya ves.

No hago nada raro. Solo devuelvo lo que me dieron, a quien lo necesita, porque a Brígida ya no puedo devolvérselo.

Es lo más parecido a la justicia que he encontrado.

No la que castiga. La otra. La que reparte.

El Cuervo se quedó callado, sosteniendo su extremo de la manta.

Justicia. Ella había usado la palabra que él no creía, la palabra sirena, y en su boca no sonaba a cuento.

Sonaba a algo que se podía hacer con las manos, como coser una manta, como cambiar una venda.

La otra justicia. La que reparte. Nunca había oído nombrarla así, y le sonó, por un momento, tan posible, tan al alcance, que le dio vértigo, como se lo da a un hombre que ha vivido siempre en un sótano el primer día que ve, desde un tejado, cuánto mundo hay.

—Yo no tengo nada que devolver —dijo al fin—. A mí no me dieron.

Vera lo miró entonces, por encima de la manta, con la aguja quieta.

—A ti te dieron un cuchillo y un oficio —dijo—.

Y llamaste a eso «que te salvaron». —No lo dijo con crueldad; lo dijo despacio, con cuidado, como quien limpia una herida que sabe que va a doler—.

Lo sé porque tú mismo lo dijiste, delirando, la primera noche.

Hablabas de un hombre que te dio de comer cuando eras niño y te enseñó un oficio, y lo decías con una voz…

—Se detuvo—. Con la voz con que se habla de un padre.

Y luego, en la misma frase, contabas cómo ese hombre miraba cortar dedos sin pestañear.

—Volvió a la aguja—. A ti no te dieron nada.

A ti te compraron. Muy barato, además: por un plato de comida.

Y llevas toda la vida pagando los intereses, como los pobres de tu prestamista.

—Dos puntadas—. Eso es lo único que sé de ti que no me has contado. Y no necesito saber más.