El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 2 — La casa de los que sobran #3
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Capítulo 2 — La casa de los que sobran #3

Aquella noche, cuando la casa dormía y solo la vieja murmuraba con su ahogado, el Cuervo se levantó del jergón.

Le costó; las piernas aún no eran del todo suyas.

Cruzó la sala descalzo, entre los cuerpos dormidos de los que sobran, con el sigilo que era su única herencia, y encontró, en efecto, su cuchillo: estaba en una repisa de la cocina, envuelto en un trapo, junto a las hierbas y los cuencos, sin esconder, como ella había dicho.

Lo cogió. Lo desenvolvió. Pesaba en su mano lo que había pesado siempre, ni más ni menos, y aquel peso era lo único de aquella casa que hablaba su idioma.

Podía irse. Debía irse. Un hombre como él no tenía nada que hacer en una casa como aquella, y cada día que pasaba allí era un día que el Chacal se preguntaría dónde estaba, y las preguntas del Chacal siempre terminaban en alguien buscándote.

Lo sensato era coger el cuchillo, salir por la puerta sin cerrojo y volver a la niebla, a su idioma, a lo único que sabía ser.

Se quedó de pie en la cocina oscura, con el cuchillo en la mano, un largo rato.

Y mientras estaba allí, oyó, desde la sala, la voz del niño de las piernas torcidas, que se había despertado de una pesadilla y lloraba bajito, para no molestar, con ese llanto contenido que aprenden los niños que saben que a nadie le sobran fuerzas para consolarlos.

Y oyó, enseguida, los pasos descalzos de Vera cruzando la sala, y su voz, ronca de sueño pero entera, sin un asomo de fastidio, agachándose junto al niño: «Ya está.

Aquí estoy. No era nada. Cuéntame qué has soñado, anda, que los sueños contados se hacen pequeños».

Y el llanto fue cediendo, y el murmullo de ella siguió un rato, en la oscuridad, tejiendo esa cuerda tonta y salvadora que era su voz, la misma que le había echado a él en el callejón.

El Cuervo escuchó todo aquello con el cuchillo en la mano, en la cocina a oscuras.

Y algo, en el sitio del pecho que él creía vacío, se le apretó de una manera que no supo nombrar y que no le gustó, porque le estorbaba, porque un hombre con el pecho apretado es un hombre lento, y él lo sabía mejor que nadie.

Envolvió el cuchillo otra vez en su trapo.

Lo dejó donde estaba, en la repisa, entre las hierbas y los cuencos.

Y volvió a cruzar la sala de vuelta a su jergón, entre los que sobran, sin saber por qué lo hacía, sin tener palabras para lo que lo hacía quedarse, sintiendo por primera vez en la vida que el idioma del Chacal, con el que había pensado y hablado y matado durante veinte años, se le quedaba pequeño para nombrar lo que le pasaba por dentro aquella noche, en aquella casa, a diez pasos de una mujer de manos rojas que consolaba a un niño en la oscuridad y que dormía sin cerrojo confiando en que un asesino no le abriera la garganta.

Y el asesino, aquella noche, no se la abrió. Ni la siguiente. Ni ninguna.

*

Se quedó nueve días.

Podría haberse ido al cuarto o al quinto, cuando las piernas volvieron a ser suyas y el brazo dejó de arder.

No se fue. Se dijo, al principio, que era prudencia: que aún estaba débil, que un hombre débil en la calle es un hombre muerto, que descansar unos días más era lo inteligente.

Era mentira, y en el fondo lo sabía, porque el Cuervo nunca se había concedido descanso por prudencia; el descanso, en su mundo, era un lujo que se pagaba caro.

La verdad era otra, y no tenía palabras, y por no tenerlas, el Cuervo hizo lo único que sabía hacer con lo que no entendía: se puso a trabajar.

Empezó por lo pequeño. Una mañana, la puerta de la calle chirriaba de un modo que ponía nerviosos a los enfermos, y el Cuervo, que no sabía curar ni rezar ni consolar, sí sabía de goznes y de cerraduras.

La arregló sin decir nada. Vera no le dio las gracias; solo lo miró desde el otro lado de la sala, un instante, y volvió a lo suyo.

Luego fue el pozo del patio, cuya polea estaba a punto de partirse.

Luego un boquete en el tejado por el que se colaba la lluvia sobre el jergón del niño de las piernas torcidas; el Cuervo subió y lo tapó, y desde arriba, sentado en las tejas, vio por primera vez la casa entera desde fuera, pequeña y torcida y remendada, aguantando en pie contra toda razón, igual que la mujer que la sostenía.

Descubrió, en esos días, que las manos que sabían matar servían para muchas más cosas de las que él había sospechado, y que ninguna de esas otras cosas le habían dejado que aprendiera el gremio, porque el gremio necesitaba manos que solo supieran quitar.

Reparó un banco. Afiló como es debido los pobres cuchillos de la cocina, que cortaban peor que una cuchara.

Enseñó al niño de las piernas torcidas, que tenía las manos rápidas y despiertas, un juego de trile con tres cáscaras de nuez y un guisante, el primer juego de manos que había aprendido de niño para robar, convertido ahora, sin sangre, en un truco que hacía reír a un crío que no podía andar.

El niño se pasaba las horas intentando pillar bajo qué cáscara estaba el guisante, y nunca acertaba, y se reía, y el Cuervo, que no recordaba haber hecho reír a nadie en su vida, se descubría esperando esas risas con una impaciencia que le daba vergüenza.

Y una tarde, casi sin darse cuenta, se encontró dándole de comer a la vieja de los dientes ausentes, cucharada a cucharada, porque Vera estaba con Corvo, el estibador, cuya espalda había empeorado, y el niño reclamaba algo y alguien tenía que ocuparse de la vieja.

Lo hizo mal, con torpeza, derramando el caldo, incómodo como un lobo al que hubieran puesto a cuidar corderos.

La vieja lo miró con sus ojos lechosos y le dijo, entre cucharada y cucharada, con toda naturalidad:

—Tú también estás mojado.

—No —dijo el Cuervo—. No estoy mojado.

—Sí que lo estás. —La vieja sonrió, desdentada, feliz—. Todos los que vienen del mar están mojados. Mi hijo también. No te preocupes. Aquí te secarás.