Capítulo 2 — La casa de los que sobran #2
—Tres aquí. No sé cuántos antes, en la calle, con la herida pudriéndose.
Por cómo estabas, más de los que un hombre suele aguantar.
—Lo miró con una curiosidad tranquila, sin exigir—.
Tienes el cuerpo lleno de cicatrices viejas y el brazo lleno de una fiebre nueva, y aun así tu cuerpo peleaba por vivir cuando te encontré, con todas sus fuerzas.
Es curioso. La boca dice «déjame», y el cuerpo, por debajo, sigue peleando.
—Se levantó con el cuenco—. Casi siempre es al revés: la boca pide vivir y el cuerpo ya se ha rendido. Lo tuyo lo veo poco. Ahora túmbate.
Y el Cuervo, otra vez, obedeció, y se durmió pensando, antes de caer, en aquella frase que no había pedido y que se le quedó dentro: que su cuerpo peleaba por vivir aunque su boca ya no quisiera. No supo si era un consuelo o una condena. Con el tiempo entendería que era las dos cosas.
*
La casa —tardó días en entender qué clase de casa era— no tenía nombre, o tenía muchos, según quién hablara.
Los que la usaban la llamaban «la casa de la Vera», sin más.
Los curas de la ciudad, cuando se acordaban de que existía, la llamaban «el hospicio de Santa Brígida», aunque de santa no le quedaba más que el nombre y una imagen desconchada en un nicho de la pared.
El Cuervo, para sus adentros, la bautizó de otra manera. La llamó la casa de los que sobran.
Porque eso eran los que respiraban en aquellos jergones.
Gente que le sobraba a Gante Vieja. Un estibador con la espalda partida por un fardo que ya no volvería a cargar fardos y al que, por tanto, el puerto había escupido como se escupe un hueso.
Una vieja sin dientes que hablaba con un hijo que había muerto en el mar hacía veinte años y que la venía a visitar, decía ella, todas las noches, mojado y sonriente.
Un niño con las piernas torcidas que no podía andar y que nadie reclamaba.
Dos o tres enfermos de esos que la ciudad temía, cubiertos de llagas, a los que Vera lavaba con sus propias manos rojas sin ponerse guantes ni taparse la boca, porque, decía, un enfermo nota cuándo lo tocan con asco, y el asco duele más que la llaga.
Eran los que sobran. Los que en el orden del mundo del Chacal no tenían sitio, porque ya no producían nada, ya no servían para nada, ya no cubrían su parte.
Y aquella mujer de manos rojas se pasaba los días y las noches manteniéndolos vivos un día más, un día más, un día más, sin ninguna razón que el Cuervo pudiera entender.
No cobraba. No sacaba nada. No los curaba, siquiera, porque a la mayoría no había cura que los curara; solo les alargaba el final y les hacía el final menos solo.
Era, se dijo el Cuervo mirándola trabajar desde su jergón, el trabajo más inútil que había visto en su vida.
Un trabajo sin oficio. Un trabajo que iba en contra del orden.
Y no podía dejar de mirarlo.
El estibador se llamaba Corvo, un nombre casi como el suyo, y al Cuervo le hizo gracia amarga la coincidencia el día que lo supo: un Corvo tullido y un Cuervo asesino, los dos rotos, los dos en la misma sala.
Corvo había cargado fardos en el puerto nuevo desde los ocho años, hasta que un día un fardo mal estibado le cayó encima y le partió algo en la espalda que no se veía por fuera pero que le había apagado las piernas como se apaga una vela.
Llevaba dos años tumbado. Al principio, contaba, había esperado curarse; el capataz le había dicho que le guardaría el puesto.
Luego había entendido que no había puesto que guardar para un hombre que no podía tenerse en pie, y que el capataz se lo había dicho no para consolarlo, sino para que se marchara sin dar problemas.
Ahora ya no esperaba nada. Miraba el techo.
Le hablaba al Cuervo, a veces, del mar, de los barcos que ya no vería, con una serenidad que al Cuervo lo desarmaba más que cualquier queja.
—Lo peor no es no andar —le dijo Corvo una tarde, sin dramatismo, como quien comenta el tiempo—.
Lo peor es saber que no le haces falta a nadie.
Que si me muero esta noche, el mundo no pierde nada.
Eso es lo que de verdad te parte, más que la espalda.
—Se quedó mirando las vigas—. Menos ella.
Ella sí lo notaría. Por eso aguanto, ¿sabes?
No por mí. Por no darle a ella el disgusto.
Suena tonto. Pero es lo único que me queda para lo que servir: para no darle a la Vera el disgusto de perderme antes de tiempo.
Y con eso me basta para levantarme cada mañana, o para no levantarme, que es lo que hago, pero ya me entiendes.
El Cuervo lo entendía. Lo entendía demasiado bien, y no le gustaba entenderlo, porque era una idea nueva y peligrosa: que a un hombre le bastara, para seguir vivo, con que a otra persona le importara su muerte.
Él nunca había tenido eso. A nadie le habría importado la muerte del Cuervo; al Chacal, menos que a nadie; el Chacal ya tendría a otro niño sin nombre esperando.
Y sin embargo, allí, en aquella sala, un estibador tullido tenía lo que al Cuervo, con todos sus años y toda su destreza y todo el dinero robado, le había faltado siempre: alguien a quien no querer dar un disgusto.
*
—¿Por qué? —le preguntó una tarde a Vera, cuando ya podía sentarse sin que el mundo girara, cuando la fiebre había bajado a un rescoldo y le quedaban las fuerzas justas para hablar—. ¿Por qué haces esto?
Vera estaba dando de comer a la vieja de los dientes ausentes, cucharada a cucharada, con una paciencia que al Cuervo le resultaba casi indecente. No levantó la vista.
—¿Por qué hago qué?
—Esto. —El Cuervo hizo un gesto que abarcaba la sala entera, los jergones, los que sobran—.
Se van a morir todos. Lo sabes. Ese —señaló a Corvo— se va a morir.
Esa —la vieja— se va a morir, y encima está loca, habla con un ahogado.
Ese niño no va a andar nunca. Les das de comer hoy para poder darles de comer mañana y que se mueran igual pasado.
No sacas nada. Nadie te lo agradece porque la mitad ni sabe dónde está. ¿Por qué?
Ella terminó la cucharada. Limpió con el paño la barbilla de la vieja, con cuidado. Y entonces sí lo miró, y en su mirada no había reproche, sino algo mucho peor para un hombre como el Cuervo: había una especie de compasión, no hacia los enfermos, sino hacia él.
—Me estás preguntando qué saco —dijo—. Esa es tu pregunta. Qué saco.
—Es una pregunta razonable.
—Es la única pregunta que sabes hacer. —No lo dijo con dureza.
Lo dijo como quien constata una cojera—.
Toda la vida te han enseñado que las cosas se hacen para sacar algo.
Y por eso no entiendes esto, y por eso te quedas ahí mirándome como si estuviera loca, como esa pobre habla con su hijo.
—Se levantó, con el cuenco vacío en la mano—.
Te voy a decir la verdad, aunque no la vas a entender hoy.
No lo hago para sacar nada. Lo hago porque están aquí.
Porque los he visto. Cuando ves a una persona de verdad, no como un fardo, no como algo que sobra, sino a la persona, ya no puedes dejar de verla.
Y a quien has visto, no lo dejas morir solo en un callejón. —Hizo una pausa—. A ti tampoco te dejé.
—A mí me habría dejado cualquiera —dijo el Cuervo—. Cualquiera que me hubiera visto bien.
—Yo te vi bien. —Vera lo miró sin pestañear—.
Te vi las manos, te vi las cicatrices, te vi el modo en que ni delirando soltabas los puños.
Te vi entero. Y te levanté igual. Así que no me digas lo que habría hecho cualquiera.
Yo no soy cualquiera, y tú, para tu desgracia, has ido a caerte en el callejón de la única mujer de Gante Vieja que iba a tirar de ti hacia arriba en vez de registrarte los bolsillos.
—Y por primera vez, algo parecido a una sonrisa le tocó la boca—.
Mala suerte la tuya. Ahora te toca vivir.
Es lo más difícil que le puede pasar a un hombre que ya había hecho las paces con lo otro.
El Cuervo no supo qué responder. En el idioma del Chacal no había palabras para aquello.
En el idioma del Chacal, «verla» significaba calcular su peso, medir la distancia, saber en cuánto tiempo podías cruzar hasta ella.
Él la había visto así la primera vez que abrió los ojos.
Y ella, en un callejón, en el barro, a un desconocido que apestaba a muerte y a vino, lo había visto de la otra manera.
Como a una persona. Le pareció, por un instante, la cosa más extraña del mundo, y también, aunque le costó admitirlo incluso para sus adentros, la más deseable: ser visto así una vez, una sola, antes de morir.
—No sabes a quién sacaste del barro —dijo al fin, y lo dijo casi como una advertencia, casi como una última honradez—. Si lo supieras, no habrías tirado tan fuerte.
Vera se detuvo en la puerta de la cocina. Se volvió a medias.
—Sé perfectamente a quién saqué del barro —dijo con calma—.
A un hombre con las manos llenas de cicatrices que no son de trabajar la madera ni de tirar de las redes.
A un hombre que se palpa el costado al despertar y que no bebe lo que no ha visto servir.
A un hombre que ha hecho daño, y mucho, a juzgar por cómo se protege.
—Lo miró sin pestañear—. No soy tonta. Sé lo que eres.
O lo que has sido. —Y luego, antes de entrar en la cocina, con una media sonrisa que no era alegre, sino cansada y terca a la vez—: Pero también sé que llevas días febril y no le has hecho daño a nadie de esta sala, y podrías.
Los enfermos duermen, la puerta no tiene cerrojo, y hay un cuchillo tuyo guardado a diez pasos que sabrías encontrar con los ojos cerrados.
Y sigues ahí sentado. Así que a lo mejor tú tampoco sabes a quién saqué del barro.
Desapareció en la cocina. El Cuervo se quedó mirando la puerta vacía mucho rato.
*