El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 2 — La casa de los que sobran
8%

Capítulo 2 — La casa de los que sobran

L a fiebre no llegó de golpe. Llegó como llega la marea a aquel muelle viejo: sin que nadie la viera subir, hasta que un día el agua estaba donde antes había piedra seca.

El primer día, el Cuervo solo notó que el brazo le pesaba.

El segundo, que el corte del antebrazo se había cerrado mal, hinchado, con un halo rojo que le latía al ritmo del corazón, y que un olor dulzón le salía de la venda sucia que se había atado sin ganas.

Conocía ese olor. Lo había olido en los campamentos, en las heridas de los que no iban a levantarse.

Pensó, con la frialdad de siempre, que debía buscar a alguien que se lo abriera y le quemara la carne mala.

Lo pensó, y no lo hizo, porque hacerlo era admitir que necesitaba a alguien, y el Cuervo llevaba veinte años sin necesitar a nadie que no cobrara por adelantado.

El tercer día ya no pensaba con claridad.

Recordaba, después —cuando pudo recordar algo—, retazos sueltos, como trozos de un espejo roto en los que solo se ve un pedazo de cara.

Recordaba haber salido a buscar vino, porque el vino quemaba por dentro y quizá quemara también lo malo.

Recordaba la calle moviéndose bajo sus pies como la cubierta de un barco.

Recordaba el frío, un frío que le venía de dentro y que ninguna manta habría tapado, y a la vez un calor que le hervía detrás de los ojos, las dos cosas juntas, imposibles, peleándose por él.

Recordaba haber caído. La mejilla contra el barro helado de un callejón.

El sabor de la tierra. Y una certeza serena, casi cómoda: «Aquí. Va a ser aquí. Bien. Ya era hora».

Los hombres como el Cuervo no esperaban morir en la cama.

Esperaban morir así, en un callejón, sin testigos, y a él le pareció, en aquel momento de rendición tibia, que el mundo por fin cumplía su parte del trato.

Cerró los ojos contra el barro y esperó que el frío ganara al calor, o el calor al frío, le daba igual cuál, con tal de que uno de los dos terminara.

En el delirio le vinieron caras. Vinieron siempre en el delirio, aquella noche y las que siguieron.

Vino el gordo de Rethel, con la boca tapada por una mano que era la suya.

Vino Duno, preguntando si había temblado.

Vino, sobre todo, una que no supo poner nombre a ninguna, una multitud de caras a las que había hecho cosas, hombres en callejones, mujeres en umbrales, y todas lo miraban sin rencor, que era lo peor, con esa paciencia serena de los que ya no tienen prisa porque tienen todo el tiempo del mundo, todo el tiempo que a él le quedaba, que era poco, que se le acababa allí, en el barro, y las caras esperaban a que se le acabara para hacer con él lo que se hace con los que llegan tarde y solos.

El Cuervo, en la fiebre, no tuvo miedo de las caras.

Le parecieron justas. Le parecieron, incluso, un descanso: por fin alguien iba a cobrarle, y él ya estaba cansado de deber.

Entonces unas manos lo agarraron.

No fueron manos de ladrón, buscándole el cinto.

No fueron manos de guardia, cerrándose sobre su cuello.

Fueron manos que tiraban de él hacia arriba, torpes, demasiado pequeñas para el peso que intentaban mover, y una voz —de mujer, joven, sin miedo— que decía algo que él no entendía, y que repetía, y que no se rendía.

El Cuervo, en su delirio, quiso decirle que lo dejara.

Que no valía la pena. Que estaba tirando de un peso muerto y que aquel peso muerto había cerrado más gargantas de las que ella habría podido contar con los dedos de todas las manos que hubiera lavado en su vida.

Quiso advertirla. No le salió la voz. Solo un gruñido, y la voz de mujer respondió a ese gruñido como si fuera una frase entera, con una obstinación tranquila:

—Ya lo sé. Pesas. Ayúdame un poco tú también, anda. Un pie delante del otro. Así. Otro.

Y el Cuervo, que no obedecía a nadie desde niño, puso un pie delante del otro.

No recordaba el camino. Recordaba, sí, retazos: el chapoteo de dos pares de pies en la niebla, el hombro de ella metido bajo su axila, más firme de lo que su tamaño prometía, y la voz, que no dejó de hablarle en ningún momento, no porque tuviera nada que decir, sino —lo entendió mucho después— porque una voz es una cuerda, y a un hombre que se está yendo hay que echarle una cuerda y no soltarla, aunque solo sea la cuerda tonta de una voz diciendo «otro paso, y otro, ya casi, no te me duermas, háblame, dime algo, lo que sea, pero no te me duermas».

Él no dijo nada. Pero no se durmió. Y esa fue, aunque entonces no podía saberlo, la primera vez en su vida que alguien lo sacó de un sitio en lugar de meterlo en uno.

*

Despertó en un idioma que no era el del Chacal.

Fue lo primero que pensó, todavía antes de abrir los ojos, todavía con la fiebre lamiéndole los bordes de la cabeza: que los sonidos de aquel sitio eran distintos.

En su mundo, los sonidos de la noche eran el agua contra la piedra, el crujir de las maromas, y, más allá, la ciudad afilando sus cuchillos.

Aquí había otros sonidos. Alguien tosía, despacio, sin miedo a que lo oyeran.

Alguien rezaba en voz muy baja, un murmullo monótono y sin prisa.

Había un olor a caldo, a vinagre, a hierbas quemadas, y por debajo de todo, el olor de siempre, el de los cuerpos enfermos, pero aquí ese olor no daba asco: alguien lo peleaba, lo tapaba con vinagre y hierbas, no se rendía tampoco a él.

Abrió los ojos. Un techo de vigas oscuras, bajo, con una humedad antigua dibujando mapas de países que no existían.

Estaba tumbado en un jergón, en el suelo, en una sala larga donde había otros jergones, muchos, y en cada uno un bulto que respiraba.

El brazo izquierdo le ardía, pero era otro ardor, limpio, el ardor de una herida abierta y lavada, no el fuego dulzón de la carne podrida.

Se lo miró. Alguien le había abierto el corte, le había sacado la carne mala, se lo había cosido con puntadas pequeñas y regulares y se lo había vendado con un lienzo blanco que olía a lavanda.

Y su cuchillo no estaba.

Fue lo segundo que notó, y le subió por dentro una alarma vieja, animal, la misma que lo había mantenido vivo veinte años. Su mano derecha buscó el costado, el sitio donde el cuchillo dormía siempre, y no encontró nada. Se incorporó de golpe, y el mundo giró, y una arcada le subió a la garganta.

—No tan deprisa —dijo la voz.

Era la voz de la mujer del callejón. La reconoció antes de verla.

Estaba sentada en un taburete a su lado, y debía de llevar allí un rato, porque tenía en el regazo un cuenco y un paño, como quien espera.

El Cuervo la miró, y la miró como miraba a todo el mundo: buscando la amenaza, midiendo la distancia, calculando en cuánto tiempo podría cerrar los dos pasos que los separaban si hacía falta.

Era joven, más joven que él, aunque no tanto como le había parecido su voz; tendría unos veinticuatro años.

No era hermosa como eran hermosas las mujeres de las que hablaban los hombres del gremio, con esa hermosura que se compra y se vende en las tabernas del puerto.

Era otra cosa. Tenía la cara ancha y tranquila, las manos rojas y agrietadas de tanto lavar en agua fría, y unos ojos oscuros que no se apartaron de los suyos cuando él la miró buscando la amenaza.

La mayoría de la gente apartaba los ojos del Cuervo.

Ella no. Lo miró de vuelta, con calma, como quien mira el tiempo por la ventana.

—Tu cuchillo está guardado —dijo, como si le hubiera leído el pensamiento, que quizá se lo había leído, porque no hacía falta ser muy lista para leer a un hombre que se palpa el costado al despertar—.

Aquí no entran armas. No es por ti. Es por ellos.

—Señaló con la barbilla los otros jergones—.

Algunos tienen sueños malos y se despiertan sin saber dónde están.

Un hombre que se despierta asustado y encuentra un cuchillo a mano hace cosas que no haría despierto.

Te lo devolveré cuando te vayas. Está entero. No te falta nada.

—¿Quién eres? —La voz le salió rota, un graznido. Llevaba tres días sin usarla para otra cosa que gruñir.

—Me llamo Vera. —Mojó el paño en el cuenco, lo escurrió—. Y tú tienes mucha fiebre todavía, así que vas a beber esto y te vas a tumbar, y las preguntas las dejamos para cuando puedas hacerlas de pie.

—No bebo lo que no he visto servir.

Ella se detuvo. Lo miró de nuevo, y esta vez algo le cruzó los ojos que no era miedo ni ofensa: era una especie de reconocimiento, casi de tristeza, como si acabara de entender algo de él y ese algo la entristeciera.

—Vaya —dijo en voz baja—. Debe de ser agotador.

—Y sin más, bebió ella misma un sorbo del cuenco, delante de él, despacio, y luego se lo tendió—.

Es caldo con corteza de sauce y unas hierbas para la fiebre.

Amarga. Ya está: lo he probado. Si quería envenenarte, tuve toda la noche para hacerlo mientras te sacaba del brazo la porquería que casi te mata.

Nadie desperdicia una noche entera de sueño para envenenar por la mañana a un hombre que se estaba muriendo solo.

El Cuervo cogió el cuenco. Le temblaba la mano, y odió que le temblara delante de ella.

Bebió. Estaba amargo, como había dicho, y caliente, y le bajó por dentro como una brasa mansa.

Vera lo observó beber sin decir nada, y cuando terminó, le recogió el cuenco de las manos con la misma naturalidad con que se lo había dado.

—¿Cuántos días? —preguntó él.