El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 1 — Trabajo limpio #3
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Capítulo 1 — Trabajo limpio #3

El Chacal estaba comiendo. Comía siempre, a cualquier hora, con una lentitud de animal seguro de que nadie va a quitarle el plato, y era un hombre pequeño, casi enjuto, con una cara larga y una nariz larga y unos ojos húmedos y amables que eran la mentira más grande de Gante Vieja.

El Cuervo había visto a esos ojos amables mirar mientras a un hombre le cortaban los dedos uno a uno.

No se les había movido ni una pestaña. Se había limpiado, eso sí, una gota de grasa de la comisura de la boca, con delicadeza, con un pañuelo.

—Cuervo —dijo el Chacal, y sonrió—. Siéntate. Come algo. Tienes cara de haber trabajado.

—He trabajado.

Dejó las tres bolsas sobre la mesa, junto al plato. El Chacal no las tocó. Miró las bolsas, luego miró al Cuervo, y sus ojos húmedos hicieron un recuento rápido: tres bolsas, un hombre. Habían salido dos.

—¿Y el chico?

—Muerto.

El Chacal masticó despacio. Tragó. Se limpió otra vez la boca, aunque no le hacía falta.

—Vaya —dijo—. Era prometedor.

—Era joven. Y llevaba un cuchillo de feria. Y había un segundo guardia que tu información no mencionaba. —El Cuervo no levantó la voz. Nunca la levantaba. Había descubierto hacía mucho que las cosas más peligrosas se dicen mejor en voz baja—. Tu información era mala.

—Mi información —dijo el Chacal, y por primera vez algo se le endureció en la cara, apenas, como el hielo que empieza a formarse en el borde de un charco— es la que es.

El oficio consiste en cubrir lo que la información no cubre.

Para eso te pago a ti y no a un contable.

—Volvió a suavizarse. Cogió un higo del plato, lo miró contra la luz de la vela—.

El chico murió porque no sabía cubrir. Tú vives porque sí.

Así se ordena el mundo, Cuervo. No hay tragedia. Hay oficio.

Y ahí estaba. La misma palabra que el Cuervo se había repetido a sí mismo toda la noche —oficio, orden, cada cual con lo suyo—, en la boca del Chacal, sonaba exactamente igual, y por eso le dio asco.

Descubrió, de pronto, con una claridad fría, que llevaba veinte años usando las palabras del Chacal para pensar.

Que ni siquiera su propio hastío era suyo.

Que ni la mano que había apartado del cinto ante el mendigo era del todo suya; también aquello lo había decidido el Chacal, veinte años atrás, cuando le enseñó a un niño hambriento que dar era de tontos y que el mundo tenía un orden.

El gremio no le había quitado solo los años y la sangre; le había quitado también la forma de nombrar lo que le pasaba por dentro, de modo que ni en el silencio de su propia cabeza podía hablar un idioma que no fuera el del Chacal.

—Prometí decirte una cosa —dijo el Cuervo—. Antes de morir. El chico. Me pidió que te dijera que no había temblado.

El Chacal levantó las cejas, divertido.

—¿Y tembló?

El Cuervo lo miró un largo rato.

—No —dijo—. No tembló.

—Bien. —El Chacal se metió el higo en la boca—.

Bien. Me gusta oír eso. Un hombre que no tiembla honra al que lo enseñó.

—Alargó por fin una mano hacia las bolsas, abrió una, hundió los dedos en las monedas con la ternura con que otros hombres hunden los dedos en el pelo de un hijo—.

Descansa un par de días. Habrá más trabajo.

Siempre hay más trabajo, Cuervo. Mientras haya ciudad, habrá más trabajo.

—Y luego, sin levantar la vista de las monedas, con esa voz amable que era la peor de todas—: Cóbrate tu parte de esta.

Te la has ganado. El chico ya no la necesita.

El Cuervo cogió unas pocas monedas, no porque las quisiera, sino porque no cogerlas habría dicho más de lo que le convenía decir esa noche. Se las guardó. Se volvió hacia la cortina.

—Cuervo. —La voz del Chacal lo detuvo en el umbral.

No se había vuelto; seguía inclinado sobre las monedas—.

Esa cara que traes. La conozco. La he visto en otros.

—Una pausa; el tintineo del metal—. Es la cara del hombre que empieza a preguntarse si hay otra vida en algún sitio esperándole.

—Ahora sí volvió la cabeza, y los ojos húmedos no tenían nada de amables—.

No la hay. Solo hay esto. Cuanto antes lo aceptes, más años vivirás.

Los que buscan la puerta de salida son los que primero encuentran la del suelo.

El Cuervo no respondió. Salió. Cruzó de nuevo la taberna del olor a orina y a color, y salió a la niebla, y la niebla lo recibió como recibe a los suyos, sin preguntas.

Pero las palabras del Chacal se le quedaron pegadas, y por primera vez no le sonaron a verdad.

Le sonaron a miedo. Al miedo de un hombre que necesita que nadie encuentre la puerta de salida, porque si uno la encuentra, quizá la encuentren todos, y entonces ¿de qué le sirven a un pastor las ovejas que saben dónde está el portillo?

*

Vivía en un cuarto encima de un almacén de cordelería, al final de un muelle que ya casi nadie usaba, porque los barcos grandes atracaban ahora en el puerto nuevo y a aquel viejo espigón solo llegaban las barcas de los que pescaban lo que otros tiraban.

Le gustaba por eso. Porque de noche no venía nadie, y el único ruido era el del agua contra la piedra y el crujir de las maromas, y a veces, cuando el viento venía del mar, se llevaba un rato la niebla y dejaba ver las estrellas, que eran las mismas para todos, para el Chacal y para Rethel y para el chico muerto y para el mendigo del arco y para él, y esa democracia sin sentido de las estrellas le parecía la única cosa limpia que le quedaba al mundo.

Aquella noche, sin embargo, no miró las estrellas.

Se sentó en el borde del jergón con las pocas monedas en la mano y las contó, y luego dejó de contarlas, porque contar ya no le calmaba las manos.

Se miró las manos. Eran las mismas de siempre, largas, hábiles, con las uñas cortas y una vieja quemadura en el pulgar izquierdo cuyo origen ya no recordaba.

Manos que sabían abrir cerraduras y cerrar gargantas.

Manos que aquella noche habían sostenido tres bolsas de dinero de un hombre malo y habían cerrado los ojos de un muchacho que quería que su asesino se sintiera orgulloso de él.

Manos que se habían apartado del cinto ante un enfermo que pedía pan.

Se miró el antebrazo izquierdo, donde el corte del marco empezaba, muy despacio, a enrojecer los bordes. Lo apretó con el pulgar. No le dolió apenas. Lo dejó estar.

«No he temblado, ¿verdad que no he temblado.»

«Pan, señor. Lo que sea.»

«No la hay. Solo hay esto.»

Las tres voces se le mezclaron en la cabeza, en la oscuridad del cuarto, mientras el agua negra golpeaba la piedra allá abajo, una y otra vez, con la paciencia de las cosas que saben que van a ganar.

El Cuervo cerró las manos en dos puños. Por primera vez en muchos años —no habría sabido decir cuántos, porque los años de un hombre así no se cuentan, se soportan— sintió las tres voces como una sola pregunta, y la pregunta no tenía las palabras del Chacal.

La pregunta no tenía palabras de nadie. Era solo un peso, en un sitio del pecho que él creía vacío desde niño, y decía, sin decir: ¿y si el Chacal miente?

¿Y si sí hay otra cosa, en algún sitio, y yo he pasado la vida entera dándole la espalda, como le he dado la espalda esta noche a un hombre que pedía pan?

No tenía respuesta. Los hombres como él no tenían respuestas; tenían costumbres, y las costumbres bastaban para llegar vivo hasta la mañana siguiente, que era lo único que se les pedía.

Se tumbó vestido, con el cuchillo bajo la mano, como dormía siempre.

Cerró los ojos. Y no supo —no podía saberlo— que faltaban solo tres días para que aquella raya de nada en el antebrazo se le llenara de fuego, para que la fiebre le subiera hasta los ojos y le doblara las rodillas en plena calle, y para que unos brazos desconocidos, unos brazos de mujer, lo levantaran del barro y lo arrastraran, medio muerto y delirando, hasta una puerta que nunca había cruzado: la puerta de una casa donde una mujer cuidaba a los que el resto de Gante Vieja había decidido dejar morir.

No sabía que allí, tras esa puerta, había una voz que iba a hablarle en un idioma que no era el del Chacal.

Que iba a llamarlo de otra manera. Que, por primera vez en veinte años, alguien iba a mirarlo a la cara buscando no lo que podía hacer con sus manos, sino lo que quedaba detrás de ellas.

Aquella noche no sabía nada de eso. Aquella noche solo era un hombre tumbado en un jergón, en un cuarto que olía a alquitrán y a soga, con las manos hechas puños y un cansancio antiguo pesándole en los hombros y una pregunta sin palabras latiéndole despacio en un rincón del pecho, escuchando el agua negra golpear la piedra abajo, una y otra vez.

Y, aunque no habría sabido decirlo con palabras que no fueran las del Chacal, por primera vez en mucho tiempo el Cuervo pensó, mientras el sueño lo vencía, que estaba cansado de ser lo único que sabía ser.

Fuera, la campana lejana dio otra hora. La niebla siguió bajando de los tejados. Y en algún lugar de la ciudad dormida, sin que él lo supiera todavía, empezaba —pequeña, terca, condenada— la única historia de su vida que no iba a terminar con un cuchillo.

O eso creyó.