El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 1 — Trabajo limpio #2
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Capítulo 1 — Trabajo limpio #2

El dinero estaba allí. Estaba en un cofre pequeño bajo el suelo, en tres bolsas de cuero, y era más de lo que el Cuervo había esperado, más de lo que Rethel podía haber ganado prestando a estibadores.

El Cuervo se quedó mirándolo un instante, arrodillado en la oscuridad, con las bolsas en las manos, y pensó, como pensaba siempre en ese momento y siempre se avergonzaba de pensarlo: «Con esto un hombre podría dejar de ser lo que es».

Nunca lo hacía. El dinero iba al gremio, y del gremio le volvía una parte, y con esa parte compraba el mismo vino y la misma cama y la misma soledad de siempre.

Pero lo pensaba. Cada vez. Como quien se rasca una vieja cicatriz solo para comprobar que sigue sin doler.

Fue al bajar cuando todo se torció.

Lo oyó antes de verlo: la voz de Duno, aguda, rota, diciendo un nombre que no debía decir, y luego el ruido de un cuerpo contra la madera.

El Cuervo bajó los últimos escalones de dos en dos y se encontró con la escena entera abierta ante él como una herida: el flaco, el segundo guardia, al que había perdido la cuenta, había bajado del segundo piso por otra escalera que el Cuervo no conocía —siempre hay una escalera que uno no conoce, se dijo, siempre—, y tenía a Duno contra la pared, y Duno le había clavado su cuchillo largo y bonito en el costado, y el cuchillo, como el Cuervo había sabido desde el principio, se había doblado.

No había entrado. Se había torcido contra una costilla y el chico se había quedado con el mango en la mano, mirándolo, mientras el flaco le abría la garganta con algo mucho más humilde y mucho más honesto: un cuchillo de cocina.

El Cuervo no gritó. No sirve de nada gritar.

Cruzó la habitación en tres pasos y el flaco se volvió hacia él, y el Cuervo vio en su cara que era un hombre que sabía pelear, no como el gordo, y que no tenía miedo, y por eso mismo iba a ser más fácil, porque el que no tiene miedo tampoco tiene prisa.

El flaco tiró una cuchillada al vientre.

El Cuervo no estaba donde el flaco creía que estaba.

La mayoría de la gente pelea contra el sitio donde tú estabas hace un instante; el oficio consistía, en el fondo, en vivir siempre un instante por delante de la cuchillada de los demás.

Le cogió la muñeca, la torció hacia dentro, sintió el chasquido pequeño y seco del hueso y, antes de que el flaco terminara de entender que ya no tenía mano derecha, le clavó su propio cuchillo bajo la mandíbula, hacia arriba, hasta el fondo.

El flaco cayó. El Cuervo lo soltó y se arrodilló junto a Duno.

El muchacho aún respiraba, pero era el respirar de los que ya no van a respirar mucho más, un silbido rojo que salía por dos sitios a la vez. Tenía los ojos muy abiertos y buscaban algo, cualquier cosa, y encontraron la cara del Cuervo y se agarraron a ella.

—No… no he temblado —dijo Duno, o intentó decir, y la sangre se le metió en las palabras—. No he… ¿verdad que no he temblado?

—No —mintió el Cuervo—. No has temblado. Lo has hecho bien.

—Díselo… al Chacal. Díselo.

—Se lo diré.

El chico sonrió. Fue una sonrisa horrible, de dientes rojos, pero era una sonrisa, y el Cuervo la sostuvo con la mirada hasta que se apagó, porque era lo único que podía darle, y porque había aprendido —también hacía mucho, también con sangre— que lo último que un hombre ve importa, aunque el hombre ya no vaya a poder contárselo a nadie.

Le cerró los ojos con dos dedos. Le quitó de la mano el mango del cuchillo doblado y lo tiró lejos, como si el arma tuviera la culpa. Como si la culpa fuera de alguien.

Luego se quedó quieto un momento, arrodillado entre los tres muertos y las tres bolsas de cuero, en el silencio espeso de la casa de Rethel, y algo se le movió por dentro que no supo nombrar.

No era pena. Había dejado de sentir pena por los muertos hacía tanto que le costaba recordar cómo era.

Era otra cosa. Un cansancio. La certeza, súbita y sin motivo, de que llevaba veinte años haciendo lo mismo y de que iba a seguir haciéndolo hasta que un día fuera él quien se quedara mirando la cara de otro con los ojos buscando una rama.

Fue entonces, al apoyar la mano en el marco de la ventana para salir, cuando se hizo el corte.

Una astilla larga del postigo, o un clavo mal remachado; ni lo sintió.

Una raya fina en el antebrazo izquierdo que apenas sangró y que él, con las manos ocupadas y la cabeza en otro sitio, ni se molestó en mirar.

Un corte de nada. La clase de corte que un hombre limpio se lava y olvida.

El Cuervo no era un hombre limpio, y no se lo lavó, y por esa raya de nada iba a entrarle en la sangre, tres días después, todo lo que le quedaba de vida por vivir.

Pero eso aún no lo sabía.

Arriba, en el segundo piso, crujió una tabla.

Rethel se había despertado.

El Cuervo levantó la cabeza despacio. Escuchó los pasos descalzos del viejo por el suelo, la respiración contenida, el roce de una mano buscando algo en la oscuridad —un arma, una campanilla, la ventana—.

El trabajo, según el Chacal, era limpio: entrar, coger, salir, y si el viejo despierta…

El Chacal nunca terminaba esa frase. No hacía falta.

Todos en el gremio sabían cómo terminaba.

Se levantó. Recogió las tres bolsas. Miró la escalera que subía al segundo piso, y por un instante —un instante que después, en el infierno, recordaría con una nitidez que le quemaría como un hierro— se quedó parado al pie de ella, escuchando el miedo de un viejo malvado al que nadie iba a echar de menos.

Y no subió.

No fue piedad. El Cuervo quería ser honesto consigo mismo aunque no lo fuera con nadie más, y sabía que no había sido piedad.

Fue cansancio. Fue Duno, muerto en el suelo por un cuchillo bonito.

Fue esa cosa sin nombre que se le había movido dentro.

Subió las bolsas al hombro, salió por la despensa a la niebla y dejó a Rethel vivo, y no supo entonces —no podía saberlo— que aquella era la primera vez en veinte años que perdonaba una vida, ni que aquel viejo prestamista al que perdonó por puro hastío volvería a buscarlo mucho después, en un lugar donde ya no habría niebla que lo escondiera.

*

De camino al nido del Chacal, en el paso bajo el arco de los Tres Santos —donde las tres figuras de piedra habían perdido las caras con los siglos y ahora eran tres santos ciegos que bendecían a nadie—, un mendigo le pidió pan.

No fue una petición de las de siempre, de esas que Gante Vieja rezaba de fondo a todas horas y que uno dejaba de oír igual que dejaba de oír las gaviotas.

El hombre estaba muy enfermo. El Cuervo lo vio incluso en la penumbra: la piel de la cara pegada al hueso, los labios agrietados, una tos honda que le salía del fondo del pecho como si arrastrara algo.

Estaba sentado contra la piedra, con las piernas estiradas, y no tendió la mano —ya no tenía fuerzas para tender la mano— sino que solo movió los dedos, un aleteo, y dijo, con una voz que era apenas un hilo:

—Pan, señor. Lo que sea. Llevo… llevo sin comer desde antes de la última lluvia.

El Cuervo se detuvo. Llevaba encima tres bolsas de dinero robado y unas monedas propias en el cinto, y por un momento, uno solo, la mano se le fue hacia el cinto. Habría sido tan fácil. Una moneda no era nada. Una moneda para él, aquella noche, con tres bolsas al hombro, era menos que nada.

Pero venía de matar. Venía de cerrarle los ojos a un chico y de romperle la muñeca a un hombre, y traía dentro esa cosa fría y cansada que no le dejaba sitio para nada más, y pensó —lo pensó con las mismas palabras del Chacal, porque no tenía otras—: «Si le doy a este, mañana habrá diez, y no puedo dar a diez, y el que empieza a dar no termina nunca; cada cual carga con lo que le toca; hay un orden».

Y con ese orden en la cabeza apartó la mano del cinto, bajó los ojos y pasó de largo.

—Que los santos te ayuden —dijo, y ni él supo si era crueldad o costumbre, porque los santos de aquel arco eran ciegos y no ayudaban a nadie, y él lo sabía.

El mendigo no respondió. Solo tosió, una vez, aquella tos honda que arrastraba algo, y el sonido siguió al Cuervo un trecho de calle, y luego la niebla se lo tragó, como se tragaba todo.

El Cuervo no volvió la cabeza. Al día siguiente, y al otro, no pensó en el mendigo del arco ni una sola vez.

Los hombres como él no cargaban con las caras de los que dejaban atrás; cargaban solo con las de los que mataban de frente, y a veces ni con esas.

Habría jurado, si alguien se lo hubiera preguntado, que aquel encuentro no tenía la menor importancia.

Se equivocaba. Aquel mendigo murió bajo el arco de los Tres Santos antes de la siguiente luna, de hambre y de frío y de la tos que arrastraba algo, y su cara —flaca, agrietada, con los ojos hundidos y sin rencor— iba a esperarlo.

Iba a esperarlo mucho tiempo, con una paciencia que solo tienen los muertos, en un salón donde había comida hasta el techo y nadie que pudiera comerla.

*

El Chacal tenía su nido en la trastienda de una taberna del barrio de los tintoreros, donde el agua de los canales bajaba verde y azul y roja según el día, y el aire olía a orina fermentada, porque con orina se fijaban los tintes, y a nadie parecía importarle.

Era un buen sitio para un hombre como el Chacal: nadie con nada que perder se acercaba por gusto, y los que se acercaban por necesidad ya llegaban avergonzados, con la cabeza gacha, medio derrotados antes de entrar.

El Cuervo cruzó la taberna sin mirar a nadie y nadie lo miró a él, que era la forma que tenían todos de mirarse. Empujó la cortina de arpillera del fondo.