Capítulo 1 — Trabajo limpio
L a niebla de Gante Vieja no subía del mar: bajaba de los tejados, como si la ciudad exhalara todo lo que había tragado durante el día y no quisiera guardárselo para la noche.
El Cuervo la conocía bien. Sabía andar dentro de ella igual que un pez anda dentro del agua, sin pensarlo, sin dejar rastro.
La niebla era la mejor aliada de los hombres como él, y Gante Vieja, a esas horas, no era una ciudad: era un cómplice.
Estaba apoyado en la esquina de la calle de los Toneleros, donde el olor a resina no terminaba de tapar el de la marea baja, y contaba.
Contaba porque contar le mantenía las manos quietas.
Nueve pasos hasta la puerta del prestamista.
Tres ventanas en la fachada, la del centro con postigo suelto.
Un candil encendido en el primer piso, otro apagado.
Dos hombres de guardia, uno gordo y uno flaco, y el gordo era el peligroso, porque los gordos que aguantan de pie toda la noche lo hacen por miedo, y el miedo dispara antes que el valor.
—Llegas tarde —dijo la voz a su lado.
No la había oído acercarse, y eso lo irritó más que la propia frase. Se llamaba Duno, aunque nadie usaba nombres en el gremio si podía evitarlo, y era joven, demasiado joven, con esa clase de nerviosismo que en un cuchillo se confunde con ganas.
—Llego cuando la niebla llega —respondió el Cuervo sin volver la cabeza—. El trabajo no lo marca el reloj de las campanas. Lo marca esto. —Levantó dos dedos hacia el aire blanco que los envolvía—. ¿Ves algo?
Duno entrecerró los ojos.
—No.
—Entonces nadie nos ve a nosotros. Eso es puntualidad.
El muchacho tragó saliva. Tenía un cuchillo demasiado largo para lo que iban a hacer, uno de esos aceros de feria que brillan bonito y se doblan al primer hueso.
El Cuervo no dijo nada. Ya había aprendido, hacía mucho, que a los jóvenes no se les corrige el arma: se les corrige el trabajo, y si el arma falla, el trabajo se encarga de enseñarles. Casi siempre por última vez.
Lo miró de reojo mientras esperaban a que la última luz de la calle se apagara, y en la manera en que el chico apretaba y aflojaba la mano en torno al mango se vio a sí mismo, y no le gustó verse.
Había tenido esa misma mano una vez. Había tenido, incluso, ese mismo cuchillo, o uno parecido, el día en que el Chacal lo encontró.
No lo recordaba a menudo, porque recordar no daba de comer, pero a veces, en las esperas, la memoria hacía lo que le daba la gana.
Tenía él once o doce años —nunca supo la edad exacta, nadie se la había dicho, no tenía nombre ni madre que se lo contara— y llevaba tres días sin comer cuando intentó robarle la bolsa a un hombre pequeño de nariz larga que salía de una taberna del barrio de los tintoreros.
Fue el peor robo de su vida. El hombre lo agarró de la muñeca sin siquiera mirarlo, como quien atrapa una mosca, y el niño esperó el golpe, o el grito, o el guardia.
En vez de eso, el hombre se agachó, lo miró con unos ojos húmedos y amables, y le preguntó cómo se llamaba.
—No tengo nombre —dijo el niño.
Y el hombre sonrió, como si aquella fuera la mejor noticia que había oído en años.
—Perfecto —dijo el Chacal—. Los que no tienen nombre no dejan viuda. Ven. Te voy a dar de comer, y luego te voy a enseñar un oficio.
Le dio de comer. Le enseñó un oficio. Y el niño, que no tenía nada, creyó durante muchos años que aquel hombre lo había salvado, porque cuando uno no tiene nada, cualquiera que le dé algo parece un padre.
Le costó dos décadas entender que el Chacal no salvaba a nadie: recolectaba.
Recogía niños sin nombre como otros recogen leña, porque ardían bien y no dejaban humo.
—El Chacal dice que ha de parecer un robo —murmuró Duno, arrancándolo del recuerdo—. Que entremos, cojamos lo que haya y salgamos. Que si el viejo se despierta…
—Sé lo que dijo el Chacal.
—Solo lo repito.
—No hace falta que lo repitas. Lo que hace falta es que no tiembles cuando estés dentro.
—El Cuervo lo miró entonces de frente, por primera vez, y lo que vio no le gustó: los ojos del chico saltaban de la puerta a las ventanas a sus propias manos, sin posarse en nada, como pájaros que no encuentran rama—.
Mírame. Cuando entremos, tú te quedas junto a la puerta.
No subes. No tocas nada. Cuentas hasta cien despacio y, si no he bajado, te vas.
¿Entiendes lo que te digo? Te vas. Sin mí.
—El Chacal dijo que…
—El Chacal no está aquí. Aquí estoy yo, y yo te digo que cuentes hasta cien.
Era mentira, en parte. El Chacal siempre estaba, aunque no se le viera.
El Chacal estaba en la manera en que Duno decía su nombre, con esa mezcla de devoción y susto que el Cuervo recordaba haber sentido él mismo, cuando aún creía que pertenecer a algo era lo mismo que estar a salvo.
Le había costado veinte años y una cantidad de sangre que ya no sabía medir descubrir que no era lo mismo.
Que el gremio no protegía a nadie. Que el gremio solo administraba el momento en que cada uno de sus hombres dejaba de ser útil.
El prestamista se llamaba Rethel, y no era un buen hombre.
El Cuervo lo sabía porque era su oficio saber esas cosas antes de un trabajo: quién dormía dentro, cuántos, y cuánto merecían lo que les iba a caer encima.
Rethel prestaba a los estibadores del puerto a un interés que se comía sus casas en tres inviernos, y cuando no podían pagar, mandaba a sus dos hombres —el gordo y el flaco— a explicárselo a sus mujeres.
Había un cierto orden en el mundo, se decía el Cuervo, cuando le tocaba entrar en casa de gente así.
No justicia. El Cuervo no creía en la justicia como no creía en las sirenas: había oído hablar de ella, y alguna vez, de lejos, había creído ver algo que se le parecía, pero nunca lo suficiente cerca para tocarlo.
Orden, sí. Un cierto orden. Los que quitaban a los débiles eran, a su vez, quitados por gente peor.
Y él era esa gente peor. Se había hecho a la idea hacía tanto que ya ni le dolía. O eso creía.
—Vamos —dijo.
Cruzaron la calle pegados a la pared, y la niebla se cerró tras ellos como una cortina.
El postigo del centro cedió sin ruido; el Cuervo lo había untado de sebo tres noches atrás, cuando vino a mirar la casa con cara de mendigo y nadie se fijó en él, porque un mendigo es la cosa más invisible que existe en una ciudad rica.
Metió el cuchillo por la ranura, levantó el pestillo, empujó.
La ventana se abrió a una despensa que olía a cebada y a ratones.
Entró primero. Duno detrás, respirando por la boca.
Dentro, la casa de Rethel era exactamente lo que el Cuervo había imaginado: estrecha, alta, con una escalera de madera que subía en caracol hasta las habitaciones.
En la planta baja, el despacho, con su mesa de roble y su arca de hierro que un niño podría abrir con una horquilla, porque los hombres como Rethel confiaban más en el miedo que en las cerraduras.
En el primer piso, el dinero de verdad, el que no se enseña.
Y en el segundo, Rethel durmiendo con la conciencia limpia que solo tienen los que no tienen ninguna.
El gordo estaba sentado en un taburete al pie de la escalera, con una jarra vacía entre las rodillas y la cabeza caída sobre el pecho.
Dormía. El Cuervo lo miró un rato largo, calculando.
Podía subir sin tocarlo. Podía hacer todo el trabajo y salir sin que el gordo abriese los ojos, si el gordo tenía la decencia de seguir bebiendo en sueños.
Pero el gordo tenía miedo, y el Cuervo lo sabía, y el miedo no duerme del todo nunca.
Lo mejor era lo limpio. Lo limpio siempre.
Se acercó. Puso una mano sobre la boca del gordo, con suavidad, casi con ternura, y con la otra hizo lo que había hecho tantas veces que las manos lo hacían solas mientras su cabeza pensaba en otra cosa.
El gordo se sacudió una vez, dos, y se quedó quieto.
No hubo grito. No hubo apenas ruido, solo un burbujeo breve y el olor a cobre que el Cuervo ya no olía, del mismo modo que un panadero deja de oler el pan.
Se limpió la mano en la camisa del muerto. Levantó la vista hacia Duno, que se había quedado clavado junto a la ventana, blanco como la niebla, con el cuchillo largo temblándole en el puño.
—A la puerta —le dijo el Cuervo en voz baja—. Cuenta.
Duno no se movió. Miraba al gordo. Miraba la mano oscura del Cuervo.
Miraba, y en su cara pasaba algo que el Cuervo reconoció porque lo había visto en su propio reflejo, muchos años atrás, la primera vez: el momento exacto en que un hombre descubre que el mundo del que forma parte no es una historia, sino un oficio, y que el oficio consiste en esto.
—A la puerta —repitió—. Y respira por la nariz o vas a vomitar, y el que vomita deja su nombre en el suelo.
El muchacho obedeció al fin, tambaleándose. El Cuervo subió.
El primer piso era una sola habitación cerrada, y en la cerradura sí había gastado Rethel algo de dinero: un buen mecanismo flamenco, de esos que suenan cuando ceden.
El Cuervo se arrodilló ante él con sus ganzúas —tres alambres finos que valían más que la espada de un caballero— y trabajó a oscuras, con los ojos cerrados, porque las cerraduras no se ven, se oyen.
Fuera, muy lejos, una campana dio la hora.
Contó los clics del mecanismo como había contado los pasos en la calle.
Uno. Dos. Al tercero, la puerta suspiró y se abrió.