El Peso del Cuervo (El Verdugo de los Siete 1) Capítulo 2 — La casa de los que sobran #4
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Capítulo 2 — La casa de los que sobran #4

El Cuervo no respondió. Le dio otra cucharada.

Y por algún motivo que no habría sabido explicar, aquellas palabras de una loca —«aquí te secarás»— se le quedaron dentro, más hondas que todas las verdades que le había dicho el Chacal en veinte años.

Se preguntó, dándole el caldo a la vieja, de qué mar creía ella que venía él.

Y se dijo que la vieja, loca y todo, quizá veía mejor que los cuerdos: que él venía, en efecto, de un mar, de un mar de niebla y de sangre en el que llevaba ahogándose desde niño, y que aquella casa era la primera orilla seca que pisaba.

Desde el otro lado de la sala, arrodillada junto a Corvo, con las manos metidas en el agua fría de lavar una espalda que ya no sentía las manos que la lavaban, Vera lo miraba dar de comer a la vieja.

No sonreía. Pero tenía en la cara esa quietud suya, la del tiempo mirado por la ventana, y en aquella quietud había algo nuevo, algo que el Cuervo, si hubiera sabido leerlo, habría reconocido como el principio de todo lo que estaba por venir: lo bueno y lo terrible, el amor y la pérdida, la boda a escondidas y la sangre en el suelo y la cruzada y la muerte y el pacto y los siete descensos.

Todo empezaba allí, en aquella tarde sin importancia, en una casa que olía a vinagre y a lavanda, con un asesino dándole de comer a una loca y una mujer de manos rojas mirándolo hacerlo.

Pero eso, ninguno de los dos lo sabía todavía.

*

Al noveno día, el Cuervo supo que tenía que irse de verdad.

Aquella misma mañana, un hombre había preguntado por él en el puerto —lo supo por un pescador que le debía un favor y que se acercó a avisarle—, un hombre pequeño de nariz larga, o alguien que trabajaba para él.

El Chacal lo estaba buscando. Y mientras el Chacal lo buscara, cada día que el Cuervo pasara en aquella casa era una soga que él mismo echaba, poco a poco, alrededor del cuello de todos los que dormían en ella. Incluido el de Vera.

Fue a buscar su cuchillo a la repisa de la cocina. Ella estaba allí, moliendo hierbas en un mortero, y no se volvió, pero dejó de moler.

—Te vas —dijo. No era una pregunta.

—Tengo que irme. —El Cuervo se ató el cuchillo al costado, y el peso volvió a su sitio, y por primera vez aquel peso no lo consoló—.

Y tú tienes que olvidar que estuve aquí.

Si alguien pregunta, no me conoces. Cuidaste de un enfermo sin nombre y se fue.

Es la verdad, además. —Se detuvo en la puerta—. Vera.

Ella se volvió al fin.

—No vuelvas a sacar del barro a nadie sin saber lo que sacas —dijo el Cuervo—. Un día vas a sacar algo que te muerda.

Vera lo miró largamente. Dejó el mortero.

Se secó las manos en el delantal, despacio, con ese gesto suyo que él ya empezaba a conocer, el que hacía cuando iba a decir algo que le importaba.

Y entonces dijo la frase que el Cuervo se llevaría consigo a la calle, y a la niebla, y a la cama del gremio, y —aunque él no podía saberlo— mucho más lejos, más allá de la muerte, hasta el fondo mismo de un infierno hecho a su medida, donde aquella frase iba a ser, en más de una noche sin final, la última cuerda a la que agarrarse:

—Ya he sacado algo que muerde —dijo ella—.

Muchas veces. Y ¿sabes qué he aprendido?

Que casi siempre muerden de miedo, no de maldad.

Y que si aguantas el mordisco sin soltar, un día dejan de morder.

—Volvió al mortero, y añadió, en voz más baja, casi para sí misma, aunque quería que él la oyera—: Ojalá tú aguantes el tuyo.

Sea lo que sea lo que te muerde por dentro. No lo sueltes. Aguanta.

—¿Y si lo que muerde soy yo? —preguntó el Cuervo, desde el umbral. Fue la pregunta más sincera que había hecho en su vida.

Vera no levantó la vista del mortero.

—Entonces aguántate a ti mismo —dijo—. Que es lo más difícil, y lo que hace falta.

—Y luego, por fin, lo miró, y en sus ojos oscuros no había miedo, sino esa terquedad tranquila que iba a ser, para el Cuervo, la forma exacta que tenía la esperanza—: Y vuelve, si algún día puedes.

La puerta no tiene cerrojo. Ya lo sabes. Nunca lo ha tenido.

El Cuervo salió a la calle. La niebla lo recibió, como siempre, sin preguntas.

Y él caminó hacia el barrio de los tintoreros con el cuchillo pesándole en el costado y una frase pesándole en un sitio donde no sabía que tuviera peso, y se dijo, con la parte de él que todavía hablaba el idioma del Chacal, que aquello se había terminado, que había sido la fiebre, que un hombre no cambia de vida porque una santa loca le dé caldo amargo durante nueve días.

Se lo dijo, y no se lo creyó.

Y supo, mientras cruzaba el arco de los Tres Santos —donde ya no había ningún mendigo pidiendo pan, aunque él no reparó en el sitio vacío contra la piedra, no aquella mañana—, que iba a volver.

Que por primera vez en veinte años tenía un sitio adonde volver que no era una cama fría ni una taberna que apestaba a orina.

Y que aquel sitio, precisamente por ser suyo, precisamente por importarle, se había convertido, en el mismo instante en que empezó a importarle, en lo más peligroso de toda Gante Vieja.

Para él. Y, sobre todo, para ella.