Capítulo 16 La renuncia en seco
La mesa ovalada de la sala de juntas era una balsa de nogal pulido que no admitía imperfecciones ni polvo.
En la planta treinta y dos, el aire acondicionado zumbaba con una monotonía quirúrgica, expulsando una masa fría, seca y metálica que olía a filtros desinfectados con ozono y a plástico recalentado por doce terminales portátiles abiertos a la vez.
Elena Morales permanecía de pie al final del tablero. No se había sentado.
A través del ventanal corrido de vidrio templado, Madrid amanecía sepultada bajo una boina gris plomo de contaminación y lluvia sucia.
Los coches sobre el Paseo de la Castellana se arrastraban como escarabajos metálicos atascados entre semáforos, pero en la sala no entraba ni un eco del exterior; el aislamiento del edificio no era un refugio contra la intemperie, sino una campana de vacío diseñada para no oír el pulso del mundo.
Ignacio Valdés deslizó la carpeta de piel azul marino hacia ella.
El cuero encerado resbaló sobre la madera con un siseo suave, frenando a dos dedos de la mano izquierda de Elena.
Junto al documento, Ignacio colocó una pluma estilográfica de edición limitada, chapada en oro, cuyo plumín destellaba bajo la luz blanca cenital de los paneles fluorescentes.
—El notario sube a las diez y media en punto —dijo Ignacio.
Tenía los puños de la camisa blanca inmaculados, cerrados por gemelos de platino, y la mirada clavada en la corbata de seda de su asociado de enfrente sin concederle a Elena más atención de la debida—.
El redactado del acta de ocupación forzosa está blindado.
Solo necesitas estampar la antefirma como apoderada general en el anexo catastral de Las Hurdes.
Protocolizamos y el consorcio transfiere los fondos de compensación antes del mediodía.
Tu porcentaje de socia queda consolidado en el registro mercantil.
Elena miró el papel satinado.
En el encabezado, impreso con tinta negra y fría, el término de la vaguada comunal volvía a figurar como una coordenada prescindible, un número de parcela que una cuadrilla de desmonte trituraría para clavar torretas de acero.
«Cincuenta y dos hectáreas de pizarra», pensó, sintiendo que un latigazo gélido le subía desde el estómago hasta la garganta.
Cerró los dedos de la mano izquierda.
La piel tirante de la palma, marcada por la costra roja y rugosa que le había dejado la laja afilada, le ardió bajo la manga del traje sastre.
Recordó la violencia química del alcohol puro derramado sobre la carne abierta; la dureza callosa de los dedos de Mateo retirando la arcilla negra en la penumbra; el olor denso a humo de encina verde y a lana churra que ninguna ducha caliente en su piso de Recoletos había logrado arrancarle de los poros.
En esa mesa, la existencia se medía en márgenes brutos y cláusulas de indemnización; allí abajo, la vida dependía de sujetar una plancha de hierro hirviendo para no morir ahogado por el hollín o de apretar la boca contra unos labios agrietados por el granizo para recordar que se estaba vivo.
—No voy a firmar, Ignacio.
La frase no fue un grito. Salió seca, rasposa, con el timbre grave de una piedra desprendiéndose de la pared de un barranco.
Mauricio, el socio mercantil, dejó de teclear en su pantalla y alzó la cabeza con una mueca de fastidio. Dos asociados sénior cruzaron miradas en el extremo de la mesa. Ignacio ni siquiera parpadeó; solo apretó los labios con la impaciencia de quien lidia con un fallo de conexión.
—Déjate de histerias campestres, Elena —soltó Ignacio con un bufido que olía a café exprés recalentado—.
Ya nos diste el espectáculo anoche en el restaurante.
Bastante paciencia hemos tenido con tu pequeña crisis de agotamiento.
Firma el anexo. Tienes tres minutos antes de que el notario cruce los tornos.
—He dicho que no.
Elena dio un paso adelante. Con la mano derecha agarró la carpeta azul marino. Abrió las tapas de cartulina y extrajo el fajo de papeles membretados: una docena folios impresos a doble cara con el sello oficial del juzgado.
Colocó los pulgares en el margen superior, sintiendo el filo cortante del papel satinado contra sus yemas. Sus músculos se tensaron bajo la tela de la americana; los mismos brazos que habían sostenido maderos de castaño bajo la tromba de agua no vacilaron.
Tiró con un movimiento seco, continuo y brutal.
El desgarro del papel satinado estalló en la sala con el estampido limpio de una rama partida.
El sonido retumbó contra las paredes de cristal acústico.
Elena separó las dos mitades, las dobló con un giro de muñeca y volvió a desgarrarlas de arriba abajo, reduciendo el auto de ocupación forzosa a una pila de hojas truncadas.
Soltó los trozos sobre la madera barnizada. Los fragmentos se esparcieron frente a Ignacio como esquirlas de una armadura inservible.
—¡¿Te has vuelto completamente loca?! —rugió Ignacio, poniéndose de pie de un salto mientras la silla ergonómica rodaba hacia atrás con un chasquido metálico—.
¡Acabas de reventar un contrato de cuarenta millones de euros!
¡Estás fuera de la firma! ¡Te voy a inhabilitar en el colegio de abogados y vas a responder con hasta el último céntimo de tu patrimonio por daños contractuales!
Elena lo observó con serenidad, ajena por completo a la tormenta que acababa de desatar.
Miró las caras pálidas de los demás socios: hombres y mujeres atrincherados tras sus monitores, aferrados a sus cuotas de participación como reos a los barrotes de una celda climatizada.
Durante diez años había creído que compartir esa mesa era el único triunfo posible; ahora solo veía cadáveres trajeados discutiendo por los despojos de una máquina que los trituraría a todos en el siguiente cierre de trimestre.
—No me estás echando, Ignacio —respondió ella; su respiración era lenta, honda, acompasada por primera vez en años con el latido en su garganta—. Me voy yo.
Introdujo la mano en el bolsillo derecho de la americana y extrajo el teléfono de sustitución que los rescatistas le habían entregado en el helicóptero.
La pantalla táctil, negra y pulida, reflejó la luz blanca del techo.
Elena deslizó el dedo sobre la superficie: abrió el menú de seguridad corporativa y tecleó la secuencia de borrado maestro de fábrica.
El sistema emitió un pitido agudo y la pantalla parpadeó en rojo con una advertencia de supresión irrecuperable de credenciales, servidores y cuentas vinculadas.
Pulsó confirmar.
El aparato se reinició en blanco, borrando diez años de correos de madrugada, números de ministros y auditorías implacables en menos de tres segundos. Elena depositó el terminal en el centro del tablero de nogal, junto a los restos destrozados del contrato.
—Mi renuncia como socia cuotapartícipe y mi rescisión contractual son irrevocables desde este segundo —dijo, mirando a Ignacio directamente a los ojos—. Reclamad lo que queráis en los tribunales. No tengo nada que os pertenezca.
Dio media vuelta sin esperar la réplica.
Cruzó el pasillo enmoquetado con pasos firmes, oyendo los gritos amortiguados de Ignacio detrás de la mampara.
No recogió su ordenador portátil del despacho.
No cogió su abrigo de paño de diseño ni la cartera ejecutiva de cuero.
Solo llevaba consigo la ropa que vestía y el apósito que le cubría la palma de la mano.
Subió al ascensor panorámico. Mientras la cabina caía en picado por el hueco de cristal hacia el sótano, el zumbido de las pantallas se extinguió. Los tornos de acero inoxidable del vestíbulo de la planta baja giraron al empuje de sus caderas sin pedirle tarjeta de acceso por última vez.
Elena empujó la puerta giratoria y salió a la calle.
El impacto del aire exterior la golpeó como una bofetada húmeda.
El asfalto del Paseo de la Castellana brillaba negro por la lluvia fina que caía sin descanso.
Inhaló hondo: el aire sabía a óxido de nitrógeno, a caucho mojado y a gasóleo pesado.
La ciudad seguía rugiendo a su alrededor con una urgencia ciega, pero en su pecho no había prisa ni taquicardia.
Ya no era nadie en el directorio de la torre de cristal.
No tenía coche, no tenía teléfono ni tenía un solo número anotado en la memoria.
Echó a andar hacia el sur, bajo la llovizna, buscando la estación de autobuses donde la carretera dejara atrás el asfalto para volver a romperse contra la piedra.