Capítulo 15 La máscara podrida
El reservado del restaurante olía a mantequilla clarificada, a perfumes franceses cargados de fijador químico y al aire acondicionado tibio que recirculaba la respiración de ocho personas encajonadas entre paneles de nogal lacado.
En el centro de la mesa imperial, sobre un mantel de lino blanco tan almidonado que parecía una plancha de yeso seco, reposaban los restos de un rodaballo salvaje despiezado al milímetro. La grasa emulsionada brillaba sobre la porcelana de Limoges con un velo irisado y frío.
Elena Morales mantenía la mano izquierda oculta en el regazo.
La piel bajo la venda de lino limpio —un apósito estéril que le habían colocado los médicos de la aseguradora al llegar a Madrid, sustituyendo la tira de lino crudo de Mateo— le tiraba con un dolor sordo y caliente.
Cada punzada en la base de la palma le recordaba el filo negro de la laja de pizarra y el olor a humo de encina verde que se le había quedado impregnado en la memoria de la carne.
Frente a ella, los socios fundadores de la firma reían con una cadencia medida, perfectamente ensayada para no elevar los decibelios por encima del murmullo del jazz de fondo.
—Hay que reconocerle un instinto de conservación fuera de lo común —dijo Ignacio Valdés.
El socio director alzó su copa de cristal de Bohemia, en la que el champán pálido trazaba columnas de burbujas microscópicas y artificiales.
Su corbata de seda antracita estaba impecable; los dientes, alineados y pulidos mediante carillas de zirconio, destellaban bajo la luz ocre de los focos empotrados en el falso techo.
—Muchos asociados sénior se habrían echado a llorar en la primera cuneta —continuó Ignacio, clavando una mirada satisfecha en Elena—, pero nuestra socia de gestión de crisis se quedó atrapada en el pleistoceno, lidiando con el fango y con cuatro lugareños analfabetos que no han visto un tendido de fibra óptica en su perra vida.
Y, aun así, la operación no ha descarrilado.
Señores, por Elena Morales. Por sobrevivir al campo y salvaguardar el ejercicio fiscal.
El tintineo de siete copas chocando entre sí produjo un repiqueteo agudo, fino y metálico que resonó en los tímpanos de Elena como una descarga estática.
—Por Elena —coreó Mauricio, socio del área mercantil, mientras su mano derecha bajaba de forma automática a la pantalla de su teléfono sobre el mantel.
El rectángulo negro se iluminó con una luz azulada, arrojando sobre sus dedos una notificación bursátil que él escaneó sin perder la sonrisa de catálogo—.
Aunque admito que me habría gustado ver esa americana de mil quinientos euros cubierta de cagarrutas de cabra.
Menuda anécdota para el cóctel de Navidad.
Las risas se expandieron por la mesa, viscosas y complacientes, rebotando en las paredes acústicas.
Nadie miraba las ojeras lívidas de Elena.
Nadie se fijaba en la palidez grisácea de su piel tras el colapso gástrico de la tarde en el baño del despacho.
No veían a un ser humano que había estado a cuatro palmos de despeñarse en una torrentera de pizarra; solo veían el porcentaje de comisiones asegurado para el cierre del trimestre.
—Cuéntanos, Elena —intervino Patricia, socia de fusiones, partiendo con el borde del tenedor una patata confitada que crujió contra la loza—.
¿Cómo conseguiste que el ermitaño no te echara a tiros de su parcela?
Nos dijeron en el ministerio que el tipo era un salvaje que no atendía a razones.
¿Es verdad que no tienen ni agua corriente en esas pocilgas de piedra?
Elena bajó la vista hacia su copa de champán. No la había probado. El líquido burbujeante le producía una arcada ácida en la garganta.
«Un salvaje», pensó, sintiendo que el aire acondicionado le congelaba el sudor de la nuca. «Ese salvaje os calculó las galerías de carga de las tres mayores presas del país mientras vosotros aprendíais a desviar dividendos a Luxemburgo».
El recuerdo del olor de Mateo la atravesó de golpe con una violencia descarnada: la mezcla de sudor honesto, resina de castaño empapada, frío limpio de sierra y el calor primitivo de las brasas de encina iluminando la penumbra de la borda.
Recordó la cadencia pesada de su pecho contra el suyo en la techumbre bajo el granizo, sus dedos anchos y callosos retirándole los granos de arcilla de la carne viva sin emitir un juicio, y ese beso salvaje, áspero, con sabor a salitre de esfuerzo y sangre de encía partida que la había despojado de toda la podredumbre civilizada.
Allí abajo no había mentiras. Si la viga cedía, el ganado moría; si el fuego se apagaba, el frío te paralizaba los pulmones. Allí el peso de la pizarra te ponía de rodillas para enseñarte a respirar la verdad.
Allí arriba, en cambio, la vida era un festín de carroñeros alimentándose de números abstractos sobre una tela blanca que no sabía a nada.
—No era ningún salvaje —dijo Elena. Su voz no sonó modulada como la de ellos; fue una lija rasposa, seca, con un timbre grave que cortó en seco el tintineo de los cubiertos de plata.
Ignacio enarcó una ceja, dejando la copa sobre el mantel con un movimiento lento.
—Bueno, querida, una metáfora —matizó él, sacando del bolsillo interior de su americana una copia reducida del acta de ocupación forzosa y una pluma estilográfica que depositó junto al plato de ella—.
El caso es que el expediente ya está sellado por el juzgado.
Solo necesitamos tu firma en la diligencia de notificación para enviar el auto al registro de la propiedad a primera hora de mañana.
Firma eso y déjanos disfrutar del postre. Nos lo hemos ganado.
Elena alzó la mano izquierda y la apoyó sobre la mesa.
La blancura quirúrgica de la gasa limpia contrastaba de forma brutal con la vajilla pulida y el mantel de diseño. La rigidez de la articulación deformaba su postura. Con la mano derecha, agarró el tallo de su copa de champán.
Sus dedos se tensaron. Apretó el cristal fino con una fuerza espasmódica, sintiendo el filo helado de la base hundiéndose en la yema de su pulgar. El tallo de vidrio crujió de manera casi imperceptible bajo la presión de sus falanges crispadas, curvándose al límite de su resistencia física.
Miró a Ignacio a los ojos.
Vio en sus pupilas la misma nada estéril de las pantallas de la planta treinta y dos: un vacío sin fondo, desprovisto de culpa, de lealtad y de sangre.
Miró a Patricia, a Mauricio, a los camareros de guante blanco esperando en la sombra del aparador como autómatas sin pulso.
El vacío de aquella estancia insonorizada era un rugido más ensordecedor que cualquier trueno que hubiera quebrado la garganta de Las Hurdes.
La máscara que había sostenido durante diez años no se desprendió con elegancia; se pudrió allí mismo, entre el perfume sintético y el tufo a pescado muerto.
Soltó la copa.
El pie de cristal golpeó el mantel con un sonido sordo, derramando tres gotas doradas sobre el lino impoluto.
Elena se puso de pie despacio.
La silla de madera maciza raspó el parqué con un chirrido seco que hizo que dos socios se sobresaltaran.
Se irguió cuan larga era, sin tocar la pluma ni mirar el documento judicial.
Tenía el pulso desbocado latiéndole en la base del cuello, pero por primera vez en toda su carrera no había rastro de la taquicardia del pánico; era el latido despierto y limpio de un animal que ha visto la trampa de acero y decide mutilarse la pata antes que dejarse arrastrar hacia el matadero.
—Elena, ¿qué demonios haces? —preguntó Ignacio, con la voz perdiendo su tono meloso y afilándose en una orden tajante—. Siéntate y firma.
Elena lo contempló desde su altura con una repugnancia tan visceral que el hombre cerró la boca por puro instinto defensivo.
—No voy a firmar nada, Ignacio —dijo ella con una serenidad cortante que sonó a sentencia irrevocable.
—¿Te has vuelto loca? —masculló Mauricio, inclinándose sobre la mesa—. Si no firmas, la indemnización cae y tu cuota social... —
—Meteos la cuota social por donde os quepa —cortó Elena sin pestañear, sintiendo una ligereza salvaje quemándole el pecho—. No pertenezco a esta pocilga con moqueta.
Dio media vuelta y caminó hacia la salida del reservado sin recoger su bolso de diseño ni su abrigo de paño, dejando tras de sí el eco de sus pasos firmes y a una junta de accionistas congelada en el vacío absoluto de su propio cadáver corporativo.