El peso de la pizarra (Latidos en silencio nº 11) Capítulo 14 Náusea en la castellana
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Capítulo 14 Náusea en la castellana

La moqueta ignífuga del pasillo amortiguaba el impacto de sus tacones, transformando cada paso en una pisada inerte, sin relieve ni memoria de roca.

Elena Morales avanzaba por el corredor de la planta treinta y dos apretando los dientes.

El aire que salía por las rejillas del techo no tenía frío real: olía a plástico recalentado por servidores en funcionamiento continuo, a polvo ionizado y al aroma artificial de una fragancia corporativa que pretendía simular lino limpio, pero que en su garganta sabía a desinfectante estéril.

Cada bocanada le secaba la lengua, arrastrando una acidez densa que le nacía en el estómago.

Empujó la mampara de vidrio templado de su despacho.

La luz blanca cenital de los paneles LED tubulares se encendió con un sensor de presencia, cayendo sobre sus pupilas como una descarga de agujas quirúrgicas.

Tuvo que cerrar los ojos con fuerza, sintiendo una punzada ardiente que le perforó la base del cráneo.

No había sombras. La claridad era total, agresiva y desprovista de esquinas oscuras donde guarecerse; una iluminación diseñada para que ningún cuerpo pudiera ocultar el temblor o el cansancio.

Al otro lado de la cristalera acústica, el área abierta de los analistas era un hervidero de cabezas inclinadas bajo el zumbido de transformadores.

El chasquido rítmico, seco e ininterrumpido de docenas de teclados operando en paralelo le taladraba las sienes con el chirrido ensordecedor de un enjambre de insectos metálicos devorando un cadáver.

Sobre su mesa, una plancha inmaculada de cristal negro sin una sola mota de polvo, descansaba una carpeta de cuero azul marino con el membrete dorado de los juzgados de primera instancia.

Elena caminó despacio hacia el escritorio, arrastrando las piernas como si todavía calzara las botas cargadas de arcilla y agua de tormenta.

Llevaba un traje sastre de lana fría recién planchado, impecable, de corte milimétrico, pero la tela estructurada no la protegía: la oprimía contra las costillas como una armadura que ya no le pertenecía.

La puerta de su despacho se abrió sin que nadie llamara.

Ignacio Valdés entró con una taza de porcelana fina humeando en una mano y una pluma estilográfica de émbolo en la otra.

La corbata de seda brillaba con un nudo perfecto; su rostro no mostraba alivio por verla viva tras el temporal, solo la avidez calculadora de quien vigila el cronómetro del mercado.

—Veo que los médicos del seguro te dejaron presentable —dijo él, apoyando la pluma sobre la carpeta azul con un chasquido agudo—.

Tuvimos que mover cielo y tierra para convencer al juez de guardia de que admitiera el auto sin tu comparecencia física el viernes.

La declaración de rebeldía del lugareño está admitida a trámite.

La ocupación forzosa del valle entra en ejecución el lunes a primera hora.

Elena no levantó la vista. Mantenía los brazos caídos a los costados.

—No hubo rebeldía, Ignacio —dijo ella. Su voz sonó extraña en el despacho insonorizado: áspera, raspada en los bordes por el humo de la leña verde y el aire helado del barranco—. El río se llevó el badén. El valle quedó incomunicado bajo dos metros de agua.

Ignacio soltó un bufido despectivo, dando un sorbo a su café.

—Me importa una mierda si llovió barro o piedras, Elena.

El consorcio tiene los contratos de la red eléctrica listos.

Solo falta tu firma como apoderada general en el anexo de expropiación para protocolizarlo ante notario antes de la junta de esta noche.

Firma eso, cámbiate el vendaje de la mano y ponte algo de colorete.

Los socios quieren brindar por tu rescate antes de que abran los mercados asiáticos.

—¿Brindar? —repitió ella en un susurro amargo.

—Has salvado tu porcentaje de la sociedad, que era lo que te quitaba el sueño antes de irte a ese muladar —sentenció Ignacio desde el umbral, dándole la espalda sin esperar réplica—. Tienes diez minutos. La junta no espera a nadie.

La hoja de cristal volvió a cerrarse con un zumbido neumático.

Elena se quedó sola frente al escritorio.

Se sentó en la silla ergonómica de piel tratada y apoyó las palmas sobre la superficie lisa y fría del cristal.

Al aplanar los dedos, la tirantez de la cicatriz en la base de su mano izquierda tiró del tejido subcutáneo con una punzada ardiente.

La línea roja y recién cerrada, aún endurecida por el alcohol puro y el corte de la laja, contrastaba con la blancura enfermiza de sus dedos limpios.

Cerró los ojos y el asfalto desapareció por un instante.

Sintió en la carne el peso áspero de la manta de lana churra sobre los hombros; el calor primitivo de las brasas de encina iluminando en penumbra los sillares de piedra seca; el roce abrasivo de los dedos anchos de Mateo sujetándole la muñeca mientras la sangre le goteaba en la palangana de barro.

Recordó la cadencia pesada de su respiración contra su oído en el alero del establo, el sabor amargo a salitre de sudor y lluvia ácida en los labios partidos, y el pacto tácito de dos supervivientes que se habían arrancado la máscara para no morir aplastados por la falsedad del mundo.

Alargó la mano derecha hacia la pluma dorada.

El metal estaba tibio, aséptico, pulido sin una sola hendidura que permitiera tracción honesta.

Abrió la carpeta azul marino.

El texto mecanografiado desfilaba en cláusulas densas, redactadas en un lenguaje procesal muerto, diseñado para justificar el despojo de cincuenta hectáreas comunales como un mero trámite de eficiencia energética.

El nombre de Mateo Requejo figuraba en negrita en la cláusula sexta, reducido a un expediente alfanumérico que el Estado y la consultora aplastarían con excavadoras oruga para tender cables de alta tensión sobre la pizarra.

«Esto es lo que eres», se dijo, sintiendo una quemadura fría que le subía por el esófago. «Un autómata que destruye vidas para mantener una cuota de poder en una torre de cristal que no abriga a nadie».

Acercó el plumín al papel satinado. La punta de oro rozó la línea de puntos.

Su mano comenzó a temblar con una vibración espasmódica, incontrolable, que le sacudía los tendones desde la muñeca vendada hasta el hombro.

No podía cerrar los dedos sobre el cilindro metálico.

La tinta negra le pareció veneno puro, un residuo viscoso destinado a pudrir el único rincón del planeta donde había aprendido a respirar sin veneno en los pulmones.

El monitor panorámico frente a ella parpadeó.

Una alerta sonora emitió un doble pitido estridente, seguido de un destello rojo en el margen superior de la pantalla: «Urgente: Requerimiento de firma para cierre notarial en 05:00 minutos».

Acto seguido, una segunda notificación cayó en la bandeja de entrada, acompañada por el sonido de una llamada entrante desde el despacho del socio director.

Los decibelios artificiales rebotaron en las cuatro paredes de cristal templado, agudos, incesantes, como una alarma de evacuación que se negaba a apagarse.

El aire se volvió una masa sólida de polvo ionizado que le taponó la tráquea. La luz LED pareció vibrar a una frecuencia demencial, quemándole el fondo de los ojos. La náusea, contenida durante horas tras el descenso del helicóptero, rompió sus defensas en una oleada corrosiva.

Elena soltó la pluma, que rodó por el cristal hasta caer sobre la moqueta con un chasquido sordo.

Se puso en pie de golpe, tirando la silla ergonómica hacia atrás. Se llevó la mano sana a la boca, tambaleándose sobre los tacones, y cruzó a trompicones la estancia hacia la puerta oculta del baño privado.

Entró de rodillas sobre el mármol pulido, empujó la tapa de la taza y se inclinó sobre la porcelana inmaculada.

El vómito fue un desgarro seco, caliente y amargo que le vació las entrañas.

Expulsó bilis pura, un líquido amarillo y ácido que le abrasó la laringe mientras los espasmos del diafragma le sacudían los omóplatos.

Apoyó la frente helada contra el borde brillante del inodoro, tosiendo, con la saliva colgándole en hilos espesos y las lágrimas nublándole la visión.

En el despacho contiguo, el teléfono corporativo continuaba sonando con su insistencia ciega, mecánica y vacía.

Elena alzó la cabeza despacio, mirándose en el espejo panorámico sobre el lavabo de diseño: el rímel corrido le ensuciaba las ojeras, la piel tenía la palidez cenicienta de los moribundos y su mano vendada temblaba manchada de sudor frío.

La ejecutiva de la Castellana estaba muerta; solo quedaba el asco incontenible hacia la trampa en la que había vendido su vida.