Capítulo 17 El regreso a la pizarra
El chirrido de los frenos hidráulicos del autobús comarcal escupió un quejido agudo contra el terraplén de grava húmeda.
Las puertas neumáticas se abrieron con un bufido perezoso, y Elena Morales descendió sobre la calzada sin marquesina.
La masa pesada del vehículo arrancó de nuevo en una sacudida turbia; el olor dulzón y caliente del gasóleo quemado inundó la curva de la carretera secundaria, disolviéndose casi de inmediato bajo una llovizna densa, fría y obstinada que caía en cortinas oblicuas desde el puerto.
Elena se caló el cuello de la chaqueta basta de lana, comprada con los últimos billetes sueltos en un bazar de Plasencia tras bajar del tren regional.
No llevaba equipaje de cuero con ruedas silenciosas ni bolso de firma colgado del hombro; únicamente una bolsa de lona al hombro con un cambio de ropa recia y dos hogazas de pan de centeno envueltas en papel de estraza.
Miró hacia el talud.
La pista de servidumbre se abría como una herida parda entre las jaras empapadas y las lajas de pizarra grisácea que afloraban en el cantil como costillas rotas.
Dio el primer paso.
El fango arcilloso, espeso como pez fría, mordió la suela de goma estriada de sus botas de campo con un chasquido voraz.
En otro tiempo —hacía una eternidad que apenas cabía en diez días—, la pérdida de tracción le habría arrancado una maldición nerviosa y un cálculo mental del coste de la tintorería.
Ahora, en cambio, la resistencia viscosa del suelo le devolvió un anclaje físico, honesto y tangible.
Su mano derecha permaneció inmóvil junto a la cadera.
No buscó el bolsillo de la americana para comprobar si una pantalla vibraba; no hubo un espasmo en el pulgar intentando deslizar un menú inexistente.
Ese miembro fantasma del mundo corporativo se había extinguido junto con el contrato destrozado en la mesa de nogal de la planta treinta y dos.
—Ya no hay nada que mirar —susurró para sí, y el vaho de su boca se deshizo entre las gotas diminutas que le empapaban las pestañas.
La pendiente se empinó a los pocos metros.
El esfuerzo le quemó los gemelos con un ardor sordo, tenso y rítmico. El aire del barranco, saturado del aroma amargo y resinoso de la jara triturada, tierra empapada y hojas de castaño fermentando bajo el agua, le entraba en los pulmones como un filo limpio.
Jadeó, sintiendo el latido de la carótida repicando en la garganta con la fuerza de un émbolo.
No era la taquicardia química provocada por el café recalentado de la máquina o el pánico a un teletipo bursátil; era el resuello animal del cuerpo vivo midiendo sus fuerzas contra la gravedad de la montaña.
A mitad de subida reconoció las marcas del desastre: las huellas profundas y endurecidas donde el todoterreno de renting había patinado hacia la cuneta antes de que la grúa judicial lo sacara del foso.
Más allá, el camino se estrechaba entre bancales abandonados de piedra seca, cubiertos por líquenes amarillentos que resbalaban al menor descuido.
Alcanzó el recodo del badén de hormigón.
Elena se detuvo sobre una repisa de roca laminada.
La lengua rugiente y marrón que días atrás amenazaba con devorarlo todo había menguado, replegándose hacia el fondo de la garganta en un curso de agua oscura que corría con un siseo constante.
En las márgenes quedaba el rastro descarnado de la violencia del temporal: raíces nudosas arrancadas de cuajo, troncos de aliso pelados y cantos rodados partidos por la mitad, mostrando sus entrañas blanquecinas y pulidas.
El paso de hormigón conservaba una costra agrietada de limo reseco que empezaba a deshacerse de nuevo bajo el chirimiri persistente.
Elena bajó la vista hacia el vado. No buscó una piedra seca ni calculó cómo evitar salpicaduras. Bajó el talud y metió las piernas en la corriente.
El agua helada de la sierra le envolvió las botas y subió de golpe hasta media pantorrilla, calando la lana de los calcetines con una dentellada gélida que le entumeció los tobillos al instante.
Apretó los dientes sin detenerse; sintió el empuje del caudal contra las tibias, la aspereza de los guijarros cediendo bajo sus plantas y el dolor punzante del frío que le recordaba que estaba allí por propia elección.
Cruzó los seis metros del cauce con pasos lentos, firmes, dejando que el río lavara el último rastro del polvo ionizado de la ciudad.
Al salir a la otra orilla, el agua le escurría pesadamente de los pantalones hacia la grava, pero la sensación de pesadez era solo externa.
Por dentro, una ligereza áspera y despejada le ensanchaba el esternón.
La palma de su mano izquierda tiró de la cicatriz rojiza, esa línea rugosa que le cruzaba la piel desde el pulgar hasta la muñeca; el tejido estaba tenso, cerrado en falso, pero vivo.
Coronó la última loma del barranco donde las lajas de pizarra negra formaban un suelo quebrado que crujía bajo las pisadas como conchas trituradas.
La vaguada se abrió ante sus ojos envuelta en una gasa de niebla baja que borraba los límites de los riscos. Y allí, incrustada en la ladera como si hubiera brotado de la misma fractura geológica, se recortaba la borda comunal.
Las losas escarpadas del tejado brillaban como carbón húmedo bajo la llovizna.
Elena contuvo el aliento.
La garganta se le cerró en un nudo seco al clavar la vista en el extremo norte de la techumbre.
Del cañón corto de pizarra de la chimenea no salía el aire estéril de una oficina vacía: ascendía un hilo pálido, denso y constante de humo de encina verde.
La hebra azulada serpenteaba entre la humedad, olía a madera viva quemándose despacio y se fundía con el cielo gris plomo del barranco, confirmándole que en el fondo de aquel silencio alguien seguía alimentando el fuego.