El peso de la pizarra (Latidos en silencio nº 11) Capítulo 8 Manos abiertas
42%

Capítulo 8 Manos abiertas

El aguacero se había disuelto en un chirimiri denso y helado, una llovizna que no hacía ruido al caer pero empapaba la tierra con la tenacidad del moho.

En el exterior de la borda, los riscos de pizarra negra parecían lomos de animales muertos brillando bajo una niebla cenicienta que reptaba por la ladera.

Elena Morales empujó la puerta de castaño con el hombro.

Quedarse sentada sobre el jergón oliendo a lana vieja y a humo rancio era una forma lenta de pudrirse.

Necesitaba que el aire frío le limpiara los bronquios, pero sobre todo necesitaba demostrarse que sus brazos servían para algo más que sostener una taza de porcelana en un comité de dirección.

Caminó descalza sobre la laja húmeda del porche hasta alcanzar el cobertizo anexo.

El suelo de tierra batida estaba helado, una mordedura constante que le entumecía los dedos de los pies.

Al fondo, donde el terreno cedía hacia la zanja de desagüe, un tramo del murete de contención se había venido abajo durante la madrugada: un derrumbe de barro arcilloso y piedras sueltas que amenazaba con sepultar la leñera.

Mateo estaba allí. Con los antebrazos descubiertos y la espalda curvada en un ángulo rígido, levantaba bloques de pizarra para calzarlos en la base de la hilada.

Sus guantes de cuero crudo estaban negros por la arcilla.

No se detuvo al oír los pasos de ella; colocó una piedra de veinte kilos con un golpe seco que expulsó una salpicadura de fango gris.

Elena se plantó a dos pasos de la pila de material. Vestía la camisa basta de franela con las mangas remangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos brazos pálidos, delgados, que jamás habían cargado más peso que un maletín de piel italiana.

—Dime dónde van las medianas —dijo ella. Su voz sonó ronca por el hollín de la víspera, pero seca, desprovista de cualquier petición de auxilio.

Mateo no levantó la cabeza. Encajó una cuña pequeña en una hendidura con un golpe sordo de la maza de madera.

—Vuelva dentro, señorita Morales —respondió él sin mirarla. La respiración le salía en bocanadas espesas de vapor blanco—. El barro no se arregla con discursos de despacho.

—Sé distinguir una base de un cierre, Requejo —escupió ella, sintiendo que la sangre le ardía en las mejillas. La humillación de la noche anterior, el recuerdo de sus manos buscando la pantalla inexistente en el bolsillo vacío, se transformó en una rabia ciega y muscular—. No soy una inválida.

—Aquí todo el que viene con traje es un inválido —soltó él, arrojando una esquirla hacia el terraplén con un chasquido sordo—. Deje las piedras donde están. No tengo tiempo de recogerla a trozos del corral.

Elena apretó la mandíbula hasta que los dientes le crujieron.

Ignoró los guantes de serraje que colgaban de una estaca en el muro; aceptarlos habría sido concederle la razón, admitir que su piel necesitaba permiso para tocar la montaña.

Se inclinó sobre la pila y abarcó una laja ancha, de bordes irregulares, semicubierta por una capa verdosa de moho y limo frío.

Pesaba el doble de lo que había calculado.

El frío de la roca le mordió las palmas desnudas con la ferocidad de un bloque de hielo.

Tiró de riñones hacia arriba; un latigazo de dolor le cruzó las lumbares y los tendones de los antebrazos se le tensaron como cuerdas de violín a punto de partirse.

El aire en sus pulmones supo a óxido ferroso.

Dio un paso tembloroso hacia el murete, sosteniendo la masa contra el estómago para no vencerse hacia delante.

«Mírame», pensó con furia, clavando la vista en la espalda ancha del ingeniero. «Mira cómo no me rompo».

—¡Suelte eso! —bramó Mateo al girarse y verla tambalearse al borde de la zanja.

La advertencia llegó tarde.

Al apoyar el pie izquierdo sobre el barro suelto del talud, la planta descalza resbaló en una bolsa de arcilla líquida.

El equilibrio de Elena se quebró en una fracción de segundo.

El peso de la laja la arrastró hacia el suelo; por puro instinto animal de supervivencia, soltó la carga e intentó frenar la caída abriendo los brazos de par en par contra la hilada de pizarra.

La piedra cayó de canto, rebotando en el borde del muro. Una lasca recién fracturada, afilada y fina como una cuchilla de sílex, cruzó el aire y segó de través la base carnosa de la palma izquierda de Elena en el momento exacto en que su mano se estrellaba contra la roca.

El impacto fue un sonido seco: carne y piedra colisionando en el barro.

Elena no gritó. Se quedó de rodillas sobre la grava húmeda, con la boca abierta en un jadeo mudo que se negó a transformarse en queja. El dolor no apareció de inmediato; primero fue una insensibilidad térmica, una quemadura blanca y fría que le paralizó la muñeca.

Luego brotó el calor.

Un líquido espeso, caliente y escarlata manó a borbotones desde la incisión abierta en la almohadilla del pulgar, extendiéndose en una grieta irregular hacia el talón de la mano.

La piel lacerada se abrió al instante, anegada por el torrente de sangre viva que brota de una zona densamente irrigada.

El goteo fue continuo y pesado, manchando la laja grisácea a sus pies con círculos oscuros que la llovizna no lograba lavar.

El olor metálico, penetrante y férreo de la sangre recién derramada se mezcló de golpe con el hedor a petricor y helecho podrido que subía de la tierra.

El bosque entero pareció enmudecer; el batir de las alas de un arrendajo en la ladera alta fue el único sonido que quebró el barranco.

Elena contempló su propia mano abierta. La piel de sus dedos, antes cuidada con lociones neutras en baños de mármol, temblaba cubierta de una mezcla de arcilla negra y sangre roja.

Una náusea ácida le subió por el esófago.

No era el corte; era la evidencia física e indiscutible de que su armadura se había pulverizado.

La montaña no negociaba indemnizaciones ni admitía recursos de alzada; la montaña simplemente le había abierto la carne para recordarle de qué estaba hecha.

Unos pasos pesados aplastaron el lodo.

Mateo arrojó el madero que sostenía contra el suelo con un estampido sordo que resonó en el cobertizo.

Se arrodilló a su lado sin pedir permiso; su rostro estaba pálido bajo la capa de ceniza, con la mandíbula apretada en una línea dura como el basalto.

No pronunció un solo insulto ni soltó la condescendencia que ella esperaba.

Sus ojos barrieron la herida abierta con la precisión fría de un cirujano de trinchera que evalúa el daño antes de que la arcilla infecte el lecho del corte.

—Imbécil —masculló entre dientes, pero la palabra no llevaba desprecio, sino una alarma instintiva, cruda y animal.

Alargó su mano enguantada, arrancó el cuero sucio de sus dedos con los dientes y agarró la muñeca sana de Elena con una presión férrea que le cortó el retorno venoso. Su agarre era áspero, calloso, insensible a la resistencia de ella.

—Suéltame... puedo andar —articuló Elena, intentando zafarse con un espasmo inútil.

Mateo no aflojó un milímetro. La puso en pie de un tirón seco que le arrancó un gemido involuntario entre los labios partidos.

Con la otra mano, le envolvió la palma sangrante con el faldón de la camisa de franela, comprimiendo la base tenar directamente con el pulgar para contener la hemorragia.

El dolor fue una llamarada que le nubló la vista con chispazos amarillos.

—Cierre la boca y mueva las piernas —ordenó él con una aspereza que vibró en el pecho de ambos—. Como esa porquería de tierra se le meta hasta el fondo y le infecte la carne, va a desear no haber salido de Madrid.

La empujó con fuerza implacable hacia el umbral de la borda, obligándola a cruzar la puerta mientras la sangre empapaba la franela hasta gotear sobre la tierra batida del interior.