Capítulo 7 La lana áspera
El amanecer no trajo luz, sino una condensación densa y plomiza que aplastó la silueta de los barrancos bajo una bóveda de vapor sucio.
En el interior de la borda, las lajas de pizarra rezumaban humedad, dejando regueros oscuros que goteaban sobre la tierra apisonada con la cadencia de un reloj quebrado.
Elena Morales se incorporó sobre el jergón.
El cuerpo entero le dolía con una pesadez de chatarra oxidada; cada articulación parecía haberse llenado de arena húmeda durante la noche.
La ropa con la que había salido de Madrid desprendía un hedor agrio, una mezcla de fango arcilloso descompuesto y lana fría empapada que se le adhería a los muslos como una segunda piel cadavérica.
Al mover la pierna izquierda, el desgarro de la herida en la espinilla tiró de la carne viva, recordándole con una punzada ardiente que la piel de la ciudad no resistía el filo de la roca.
Una ráfaga de castañeo espasmódico le sacudió la mandíbula. El frío de la vaguada no era una temperatura: era un animal voraz que le devoraba el tuétano.
—Si sigue temblando así, se le van a partir los dientes —dijo Mateo desde la zona de la chimenea.
Estaba de rodillas sobre las losas del fogón, soplando con un fuelle de cuero raído unas brasas mortecinas de encina. No se volvió a mirarla. Llevaba las mangas de su jersey pardo recogidas sobre unos antebrazos manchados de hollín y surcados por venas gruesas.
—No... no controlo el pulso —articuló ella, apretando los brazos contra el pecho. La voz le salió como un graznido seco. El orgullo de la consultora intentaba sostener la mirada del hombre, pero su cuerpo no era más que una masa trémula a merced del relente.
Mateo soltó el fuelle sobre la ceniza con un golpe sordo.
Se puso en pie despacio, se acercó a un arcón de castaño arrumbado contra el muro este y levantó la pesada tapa de tablas combadas.
Extrajo dos piezas textiles sin doblar y se giró.
Sin aviso ni miramiento, las arrojó sobre el jergón de paja.
El impacto le levantó una mota de polvo acre en la cara.
—Quítese esa carroña de boutique —ordenó él con voz áspera, volviendo hacia la leña sin esperar respuesta—. Si no se saca la humedad del pellejo antes de que entre el viento norte, la fiebre le va a cerrar los pulmones antes de que acabe la tarde.
Elena miró las prendas arrojadas a sus pies descalzos.
Una camisa de franela desteñida a cuadros pardos, gastada en los codos y con dos botones de plástico ausentes, y una manta pesada de lana virgen de oveja churra, teñida de un blanco sucio y endurecida por años de humo.
Desprendía un tufo penetrante a sebo animal, a pelo sin lavar y a polvo vegetal.
—No voy a ponerme esto —susurró, sintiendo una náusea ácida en la garganta. Era la última línea de defensa: si se quitaba el traje de mil euros, no quedaría nada de Elena Morales, socia de crisis; solo sería una náufraga envuelta en los despojos de un ermitaño.
—Pues muérase de frío, señorita Morales —respondió Mateo sin levantar la cabeza del fuego—. Pero hágalo en silencio, que la leña está verde y cuesta que agarre.
Un espasmo violento le dobló la espalda.
La piel de gallina en sus brazos era tan pronunciada que dolía.
Con dedos entumecidos y torpes, desabrochó los botones de nácar de su americana de diseño.
La tela cayó sobre la paja como un trapo inerte y sucio.
Luego vinieron los pantalones, empapados de arcilla negra hasta las ingles.
Despojarse de ellos se sintió como arrancarse una costra; sus piernas, pálidas y magulladas, quedaron al descubierto sobre la arpillera.
Se pasó la camisa de franela por la cabeza.
La prenda le quedaba inmensa, con los hombros caídos casi a la altura de los bíceps, y olía a sudor viejo y madera seca.
Envolvió sus hombros con la manta de lana churra.
La textura era brutal: cada fibra áspera y rígida parecía una aguja diminuta que le raspaba la piel sensible del cuello y los hombros con la crudeza abrasiva de un papel de lija.
Elena se mordió el labio inferior, reprimiendo un estremecimiento de puro asco.
La armadura de seda y lana peinada de las torres de Madrid había quedado reducida a un montón informe en una esquina húmeda.
El aire en la borda cambió de golpe.
Un zarpazo de viento bajó silbando desde el risco superior y golpeó la techumbre de pizarra. La presión atmosférica cayó en picado y el tiro del hogar se invirtió con un rugido sordo.
Una bocanada de humo negro y espeso fue vomitada hacia el interior de la estancia.
El aire respirable desapareció en un instante, sustituido por una nube acre de resina de encina y hollín que quemaba las mucosas.
Elena inhaló sin querer y comenzó a toser de forma violenta, doblándose sobre sí misma con lágrimas abrasándole los párpados.
—¡La trampilla! —bramó Mateo, levantándose de un salto.
Sus manos grandes y nudosas agarraron una vara larga de acebo arrumbada junto al fuelle. Se plantó frente al fogón, pero el humo le impedía ver la campana.
—¡Venga aquí! —ordenó, señalando la plancha de fundición que vibraba sobre las llamas—. ¡Coja ese trapo y sujete la compuerta o nos asfixiamos los dos antes de un minuto!
—¡Quema! —gritó Elena, arrastrándose hacia el fuego a gatas, tosiendo con el pecho ardiendo.
—¡Que coja el trapo, joder! ¡Apriete contra el marco!
El lenguaje corporativo se desintegró. Elena agarró un saco de arpillera empapado del suelo, se arrodilló sobre las piedras calientes sin importarle rasgarse las rodillas y presionó la tela contra el tirador de hierro al rojo de la compuerta.
El calor atravesó las capas húmedas con un siseo de vapor; el hierro le quemó las palmas a través de la tela, pero Elena cerró los dientes con desesperación y no soltó el metal.
El músculo de sus brazos temblaba bajo la manga deshilachada de la camisa de Mateo.
Mateo metió la vara de acebo por el cañón estrecho de la chimenea.
Clavó la madera contra el tapón de ceniza y hojas que el viento había bajado por el conducto, empujando con todo el peso de su cuerpo.
Sus rostros quedaron a escasos palmos: Elena vio las gotas de sudor mezclándose con el carbón en la frente de él, sintió el golpe caliente de su respiración entrecortada y olió la mezcla de su esfuerzo físico y el humo espeso.
Un chasquido sordo liberó la salida. El tiro succionó la humareda de golpe con un silbido agudo, arrastrando las lenguas negras hacia el cielo del barranco.
Elena soltó el hierro y se desplomó sentada sobre el suelo de tierra. Respiraba con bocanadas hondas y rotas, intentando limpiar sus pulmones del ardor del carbón.
Ambos estaban cubiertos de una capa grisácea de hollín.
Mateo se pasó el dorso de la mano por la frente, dejando un surco limpio sobre la piel ennegrecida.
La miró fijamente. Por primera vez no había desprecio en sus ojos turbios; había el reconocimiento implacable y mudo de quien ha visto a otro animal forcejear contra el fuego para no morir asfixiado.
—Sabe sujetar el hierro —dijo él en un susurro áspero, soltando la vara en el rincón.
Elena no contestó. Se miró las manos abiertas: las uñas, antes esmaltadas con pulcritud en la Castellana, estaban tiznadas de negro absoluto; la piel de los nudillos sangraba por el esfuerzo y el cuello le ardía bajo el roce implacable de la lana de oveja.
Desvió la vista hacia el rincón sombrío donde su traje sastre yacía como un cadáver desinflado entre el barro y la ceniza.
La máscara de la socia de consultoría ya no existía; solo quedaba una mujer con la piel raspada, oliendo a humo y manchada de carbón, atrapada en un valle donde el éxito no valía más que una manta basta.