El peso de la pizarra (Latidos en silencio nº 11) Capítulo 6 El umbral y la jaqueca
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Capítulo 6 El umbral y la jaqueca

El madero de castaño no vibró bajo sus nudillos; era una masa fósil, sorda y pesada, endurecida por décadas de escarcha y relente.

Elena Morales aporreó la puerta con la base del puño cerrado hasta que la piel de las articulaciones se abrió contra las hendiduras rugosas de la madera.

El agua le chorreaba por las sienes en regueros helados, arrastrando el barro de la ladera hacia la comisura de los labios partidos.

A su espalda, el barranco era una garganta de niebla ciega y pizarra negra batida por el viento.

Un trinquete de hierro forjado chirrió al otro lado con un chasquido metálico, seco y sin engrasar.

La hoja se abrió apenas cuatro dedos. Mateo Requejo bloqueó la rendija con el hombro, recortado contra el resplandor naranja mortecino de un candil de sebo.

No llevaba camisa de abrigo, solo una camiseta de algodón pardo deshilachada en las costuras y unos tirantes de cuero gastado.

El vaho de su aliento salió denso, oliendo a resina y a tabaco negro.

Sus ojos, hundidos bajo unas cejas pobladas y húmedas, barrieron a Elena de arriba abajo sin concederle un ápice de compasión.

—El coche se ha encallado en la zanja de drenaje y el río se ha llevado el paso de hormigón —dijo Elena.

Intentó sostener el tono tajante de las salas de juntas, pero la mandíbula le castañeteó en una sacudida espasmódica que le mordió la lengua—.

Tiene que dejarme entrar. Necesito un teléfono fijo o un transmisor para avisar al servicio de emergencias comarcal.

Mateo bajó la mirada hacia los pies de ella. El zapato de piel italiana era una masa informe de arcilla roja y gravilla incrustada que goteaba sobre el umbral de piedra limpia.

—Aquí no hay cables ni emergencias, señorita —respondió él. Su voz sonó como grava arrastrada por un torrente, áspera y desprovista de cortesía—. Y si va a meter ese fango podrido en el suelo seco, se queda fuera con las cabras.

—¿Está sordo? —escupió ella, dando un paso adelante que encalló contra la dureza del marco—. Estoy calada hasta los huesos y tengo la pierna abierta. Esto es un auxilio de necesidad. Es una obligación legal.

—La ley termina donde se rompe el asfalto —cortó Mateo sin alterar el pulso, apoyando una mano nudosa en la jamba—. Quítese los trapos sucios y las suelas en el cobertizo exterior si quiere cruzar esta puerta. O vuelva a sentarse en su coche a esperar que baje la sierra.

El silencio que siguió estuvo cargado de una violencia primitiva.

Elena apretó los dientes con tanta fuerza que el músculo masetero le dolió en la sien.

Durante una década había ordenado despidos masivos, reestructurado deudas de multinacionales y doblado la cerviz de directores generales sin pestañear.

Ahora, un ermitaño con las uñas ennegrecidas por la tierra la reducía a una intrusa mendicante en mitad de un pedregal.

Descalzó el zapato derecho contra el escalón de pizarra, ayudándose con la punta del izquierdo.

El pie cubierto por la media desgarrada pisó la laja helada; la sensación térmica fue un corte limpio, un latigazo gélido que le subió por el talón de Aquiles.

Hizo lo mismo con el otro y arrojó el cuero arruinado bajo el colgadizo de la leña.

Mateo retiró el hombro y abrió la puerta dos palmos más, permitiéndole el paso sin mirarla. El portón encajó de nuevo con un golpe sordo, y el cerrojo de forja cayó sobre la armella con una pesadez de calabozo.

El interior olía a humo viejo de encina verde, a paja húmeda fermentando en los rincones y a hollín adherido a los sillares de piedra sin desbastar. El frío que subía de la tierra apisonada no era menor que el de fuera, pero carecía del viento que despellejaba la piel en el barranco.

—Allí —señaló Mateo con la barbilla hacia el fondo norte de la borda, donde una pila de sacos de arpillera y paja vieja formaban un jergón estrecho junto al muro maestro—. No toque los aperos ni se acerque al hogar hasta que no tire la lumbre.

Elena no contestó. Se arrastró en penumbra arrastrando los pies entumecidos hasta el rincón.

Se dejó caer sobre el saco basto; el polvo vegetal le subió a la garganta en una nube áspera que la hizo toser.

La tela de arpillera raspaba como lija gruesa a través de la tela empapada de su traje.

Se encogió sobre sí misma, abrazándose las rodillas para frenar la tiritona incontrolable que le sacudía las costillas.

Fue entonces cuando empezó la mutilación.

Su mano derecha se deslizó de forma mecánica, casi convulsiva, hacia el bolsillo interior de la americana.

Los dedos buscaron el rectángulo metálico, el contorno frío y pulido del dispositivo que durante quince años había sido una extensión viva de su sistema nervioso.

El bolsillo estaba vacío, manchado de arcilla húmeda.

El pulgar ejecutó en el aire, contra el vacío de la tela mojada, el gesto circular de desbloquear una pantalla inexistente. Una y otra vez.

Un dolor sordo y lacerante le estalló detrás de las cuencas oculares, un zumbido agudo y persistente que le taladraba el oído derecho.

La jaqueca de la desconexión. En Madrid, a esa hora exacta, las bandejas de entrada de la consultora estarían escupiendo actualizaciones de auditoría; Ignacio Valdés estaría revisando las actas de la junta sin su nombre; los teléfonos estarían sonando en despachos donde el aire acondicionado costaba más que la borda entera.

Y ella no estaba allí. No figuraba en ningún servidor.

No constaba en ningún registro de llamadas.

Era un cuerpo inútil tiritando sobre paja podrida.

El pecho se le cerró en un espasmo de asfixia pura.

Se incorporó de golpe, jadeando, buscando el aire que el hedor a moho le negaba.

Dio dos pasos tambaleantes hacia el madero de la puerta, con las uñas crispadas, sintiendo el impulso irracional de salir corriendo ladera arriba, de trepar por la pizarra deshecha para buscar en el fango los restos destrozados de su teléfono.

—Si sale ahí fuera con esa pata sangrando, va a rodar hasta el fondo de la garganta —dijo la voz de Mateo desde la penumbra del banco de trabajo.

No se había movido. Sentado sobre un madero tosco, pasaba una piedra de afilar humedecida sobre el filo curvo de una hoz; el roce del grano abrasivo contra el acero producía un siseo rítmico, monótono y lento.

—Necesito avisar —susurró Elena; las palabras se le atascaron en una garganta seca como yeso—. No entiendes lo que está en juego. Mi carrera... mi puesto en la firma. Si el viernes no estoy en esa mesa, me liquidan.

Mateo detuvo la piedra en seco. Levantó la cabeza despacio; la luz amarilla del sebo dibujó sombras duras en los surcos de su rostro.

—La nada del monte no se cura corriendo, señorita Morales —dijo con una sequedad que sonó a sentencia irrevocable—. Para ellos ya está muerta. Y aquí dentro todavía estorba.

Elena retrocedió hasta chocar la espalda contra el muro de piedra seca.

Apoyó la frente en la pizarra helada; la roca cortante le enfrió el ardor febril de la piel.

Cerró los ojos con fuerza, tragando la bilis amarga del colapso.

Comprendió, con la certeza física de quien se asoma a una sima abierta, que nadie vendría a buscarla porque para el mundo de cristal ella solo había sido un engranaje reemplazable.

El silencio del valle se cerró sobre ella como un ataúd de plomo.