Capítulo 5 El puente roto
El descenso hacia el todoterreno fue una sucesión de traspiés sobre la laja quebrada.
Elena Morales bajaba clavando los talones en el barro arcilloso, con los brazos abiertos para equilibrar un cuerpo que ya no le respondía con la precisión ejecutiva de siempre.
La herida abierta en la espinilla le palpitaba con una punzada rítmica, caliente y sucia, empapando la pernera del pantalón de lana fría hasta pegársela a la carne.
En la boca del estómago solo quedaba un regusto amargo a bilis y agua de lluvia ácida.
Tiró de la manilla del coche con dedos entumecidos, incapaces de aferrar el metal resbaladizo al primer intento. Se desplomó sobre el asiento del conductor; el cuero fino, diseñado para ejecutivos que jamás pisan un charco sin chófer, crujió bajo el peso de su ropa enfangada.
—Arranca. Vamos, arranca —suplicó en voz baja, con un hilillo de voz que se quebró en el habitáculo frío.
Apretó el botón de ignición. El motor diésel rugió con un traqueteo pesado que sacudió la chapa.
Conectó las luces largas; dos conos de luz blanca y estéril cortaron la cortina de agua, rebotando en el vapor que salía del capó caliente.
Metió la marcha y pisó el acelerador sin mirar atrás, buscando la salida del barranco como quien huye de una fosa clandestina.
El todoterreno avanzó trescientos metros por la pista de servidumbre, patinando sobre el lodo que salpicaba los pasos de rueda con golpes sordos.
Al coronar el último recodo antes de la salida a la carretera comarcal, Elena pisó el pedal de freno hasta el fondo. El vehículo se detuvo de costado, derrapando sobre la grava.
El badén de hormigón armado ya no existía.
Frente al morro del coche, el río había dejado de ser un cauce para convertirse en una lengua rugiente de barro líquido, ramas desgajadas y piedras que rodaban por el fondo con un retumbo cavernoso que hacía vibrar el bastidor del coche.
El agua turbia cubría el paso con más de un metro de corriente furiosa, golpeando las orillas de pizarra y arrancando a su paso matorrales de jara enteros.
Elena se llevó ambas manos a la cara, manchándose la frente de tierra negra.
—No, no, no... —musitó contra sus palmas agrietadas, sintiendo el latido desbocado de la carótida golpeándole la garganta como un pistón—. Tiene que haber paso. Tiene que haber otro camino.
Engranó la marcha atrás para intentar maniobrar en el angosto terraplén y buscar una cota más alta.
El espacio era mínimo: la pared escarpada de pizarra a la izquierda y el desnivel de la cuneta de drenaje a la derecha, anegada ya por el desborde del torrente.
Giró el volante con desesperación, acelerando sin contemplaciones.
El neumático trasero derecho resbaló sobre la orilla blanda.
Un crujido sordo sacudió el chasis cuando la zanja de drenaje cedió bajo las dos toneladas del todoterreno.
La rueda cayó en el vacío del fango; el eje trasero se hundió de golpe en el foso de agua y arcilla líquida.
Elena clavó el pedal a fondo, enloquecida; las ruedas motrices giraron a revoluciones absurdas, patinando en el vacío, levantando una lluvia de barro negro que reventó contra los cristales laterales.
Hundió la palanca en primera, luego en marcha atrás, tratando de balancear el coche en una sacudida inútil.
—¡Tracciona, pedazo de chatarra, tracciona! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones, golpeando el aro del volante con los puños cerrados.
Una detonación metálica brotó de los bajos, seguida de un chasquido de correas rotas.
Un silbido sibilante y continuo de vapor blanco comenzó a manar por la rejilla del radiador, inundando los faros de una neblina espectral.
El cuadro de instrumentos parpadeó en rojo con una cascada de advertencias de avería crítica en la transmisión, y el motor se caló en seco.
Silencio mecánico absoluto. Solo el rugido gutural del río arrastrando los despojos de la montaña a escasos metros de su ventanilla.
Elena soltó el volante. Sus dedos quedaron curvados, rígidos por la tensión muscular.
Bajó la vista hacia el salpicadero; el reloj digital marcaba las siete y cuarenta y dos.
A esa hora, el comité de dirección en la torre de la Castellana estaría reunido en el reservado de madera lacada, revisando los gráficos de rendimiento y distribuyendo las cuotas de poder del trimestre.
Sus másteres internacionales, su firma en los balances de siete cifras, su apartamento aséptico en el barrio de Salamanca y sus trajes de lana fría no tenían el menor peso frente a una lengua de agua marrón que no sabía leer balances contables.
No había cobertura, no había grúa, no había asistentes a los que despedir ni recursos judiciales que interponer. La intemperie la había devorado.
Alargó el brazo hacia el conmutador y apagó las luces largas.
La oscuridad del valle se desplomó sobre el vehículo como una tapadera de plomo macizo.
No había luna; el cielo encapotado de la sierra alta borraba cualquier vestigio de horizonte.
El frío empezó a filtrarse con rapidez por los paneles del todoterreno, un relente húmedo y glacial que le congeló la ropa empapada contra los muslos y le hizo castañetear la mandíbula en un espasmo incontrolable.
Elena miró por el retrovisor izquierdo, entre las gotas viscosas que resbalaban por el cristal sucio.
A cien metros ladera arriba, recortada contra la masa negra de la ladera, una mota ocre titilaba en la negrura. Era una luz débil, temblorosa, la llama solitaria de una vela de sebo tras el ventanuco encajado en los sillares de pizarra. La borda de Mateo Requejo.
La humillación le ardió en el pecho con más fuerza que el frío que le calaba los huesos. Tendría que arrastrarse hasta la puerta del hombre al que había amenazado con despojar hacía apenas tres horas; tendría que implorar refugio al único ser humano que despreciaba todo lo que ella representaba.
—No tienes otra salida —se dijo a sí misma en un susurro áspero, empujando la puerta encallada contra el talud de barro—. Es eso o congelarte en este ataúd de chapa.
Puso los pies descalzos de soberbia en el lodazal, recogió el abrigo destrozado y echó a andar hacia la única sombra con vida en todo el barranco.