El peso de la pizarra (Latidos en silencio nº 11) Capítulo 4 El charco negro
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Capítulo 4 El charco negro

El agua no caía; se desplomaba como una masa de plomo líquido que borraba las aristas del barranco en una tiniebla grisácea y densa.

Cada ráfaga de viento encañonado en la garganta arrancaba jirones de niebla y los estrellaba contra los peñascos.

Elena Morales avanzaba a trompicones por una cresta de pizarra suelta, ladera arriba, resbalando sobre las lajas quebradas que cedían bajo sus suelas lisas con chasquidos sordos.

La pantalla del teléfono brillaba con una luz blanca, lívida, casi obscena bajo la penumbra del temporal.

—Vamos, maldita sea, una sola raya —masculló entre dientes, con la voz rota por el esfuerzo pulmonar y el aire helado quemándole los bronquios.

Alzó el brazo por encima de la cabeza, buscando arañar una onda invisible al cielo encapotado.

En la esquina superior izquierda del cristal, el rótulo parpadeaba en un ciclo enloquecedor: Buscando red...

Sin servicio... Buscando red.... Tenía tres llamadas perdidas de Ignacio Valdés marcadas con una insistencia que olía a ejecución sumaria, y el borrador de la junta directiva seguía atascado en la bandeja de salida.

Si ese documento no salía antes de que la bolsa cerrara en Fráncfort, su nombre dejaría de figurar en el directorio de la planta treinta y dos. Sería aire. Nada.

El viento sopló de través con un aullido gutural.

El paraguas plegable, una estructura endeble de varillas metálicas y tela sintética que Elena intentaba sostener con la mano izquierda, crujió.

La tela se combó del revés con un estampido seco; una de las varillas se partió como un hueso fino, rozándole la mejilla, y la ventisca se lo arrancó de los dedos entumecidos.

El armazón salió despedido hacia el abismo del barranco, girando como un insecto mutilado hasta perderse en el fondo de la vaguada.

El aguacero la golpeó de lleno en el rostro, un castigo de gotas gruesas y frías que le nublaban la vista y le empapaban el pelo, pegándoselo a la frente como un casco viscoso. El abrigo de paño, saturado de agua sucia, pesaba ya como una cota de malla empapada.

—¡Reconéctate! —le gritó al aparato, apretando el marco de aluminio con tal fuerza que la uña del pulgar le dolió contra la carne.

El teléfono emitió un chirrido agónico, una vibración corta y desacompasada. Una barra solitaria de señal se encendió en el indicador. Un espejismo.

Elena dio un paso más hacia el filo del canchal para ganar altura. Apoyó el pie derecho sobre una repisa de roca laminada, cubierta por una capa brillante de musgo y arcilla.

Fue una fracción de segundo.

La pizarra, frágil como vidrio quebradizo, cedió bajo su peso con un crujido estrepitoso.

El suelo se desmoronó. Elena sintió el vacío bajo la suela y se precipitó de rodillas sobre las aristas cortantes de la piedra.

El filo de una laja le rebanó la tela del pantalón y la piel de la espinilla; un latigazo de dolor puro y caliente le recorrió la pierna, sacándole un grito sordo que el trueno ahogó al instante en la ladera.

Por puro instinto de supervivencia, abrió las manos para no despeñarse de bruces contra el talud.

El dispositivo resbaló de sus dedos empapados.

—¡No! —bramó, estirando el brazo en un espasmo desesperado.

La carcasa metálica golpeó una primera saliente de roca con un chasquido hueco, rebotó en el aire y cayó en vertical por una fisura estrecha entre dos peñascos negros, una grieta profunda por la que bajaba un torrente impetuoso de fango, gravilla y despojos vegetales.

Elena se arrastró sobre el barro, raspándose los codos contra la roca viva, sin importarle el desgarro de sus ropas ni la sangre que empezaba a manchar la pernera.

Asomó la cabeza al borde de la sima, metiendo los brazos a ciegas en el agua helada que corría por la hendidura.

El lodo le cubrió las muñecas; las piedras arrastradas por la corriente le golpeaban los nudillos con saña.

Entonces lo vio, encajado un metro más abajo entre dos bloques de piedra.

El agua turbia pasaba por encima de la pantalla, que todavía resistía encendida bajo el caudal, proyectando una mancha de luz mortecina y temblorosa en la negrura de la fosa.

Elena estiró los dedos, rozando el borde biselado con las yemas.

Estaba a punto de aferrarlo cuando un desprendimiento de grava suelta bajó por la ladera empujado por la fuerza del aguacero.

Una laja pesada, triangular y maciza, cayó de plano sobre la hendidura.

El crujido del cristal templado al pulverizarse bajo el impacto de la piedra fue nítido, un estallido seco que resonó por encima del rugido de la lluvia. La pantalla emitió un destello blanco, eléctrico, cegador por un instante, y después se extinguió. Una cortina de lodo negro cubrió los restos.

El silencio que siguió en el interior de Elena no fue paz; fue una amputación en carne viva.

Se quedó inmóvil, arrodillada en el fango, con las manos hundidas en el agua marrón y la boca entreabierta tragando la lluvia que le sabía a hierro oxidado y a tierra podrida. La respiración se le cortó en el pecho. Un temblor incontrolable, nacido en la boca del estómago, le sacudió los hombros.

No era el frío. Era la certeza brutal de que, en ese segundo exacto, acababa de dejar de existir para el resto de la humanidad.

Sin agenda, sin buzón de entrada, sin balance trimestral y sin una sola pantalla que certificara su pulso, Elena Morales se había disuelto en mitad de un barranco extremeño.

Su nombre, su cargo, sus diez años de ascensos y sus trajes a medida eran chatarra inservible bajo una tonelada de pizarra mojada.

Alzó la mirada hacia el cielo plomizo; la lluvia le azotaba los ojos abiertos, obligándola a parpadear contra la aguanieve.

Abajo, cincuenta metros ladera abajo, Mateo Requejo permanecía de pie bajo el alero de la borda, una sombra oscura e inmóvil recortada contra la piedra.

La miraba desde la distancia, con las manos en los bolsillos y la quietud implacable de quien contempla cómo la montaña cobra su peaje inexorable a los ingenuos.

Elena tragó saliva, pero solo halló el regusto amargo del pánico en su garganta. Estaba sola, mutilada y a merced de la noche que caía sobre la roca.