Capítulo 3 Barro y hostilidad
El todoterreno frenó con una sacudida sobre la grava húmeda frente al corral.
Elena Morales apagó el contacto; el silencio que siguió no fue un bálsamo, sino una masa densa que se le encajó entre las costillas con la pesadez de una losa.
Respiró hondo, tragando el aire viciado del habitáculo antes de abrir la puerta.
Al descender, la suela lisa de su zapato de salón cedió sin resistencia: el tacón fino se hundió cinco centímetros en un fango negro y espeso que sonó al tragarlo con un chasquido voraz.
La humedad helada atravesó la media de seda al instante.
Apretó la mandíbula para sofocar la maldición, aferró la carpeta de piel bajo el brazo y dio un paso en falso sobre las lajas de pizarra resbaladiza que formaban el acceso.
A diez metros, recortado contra el gris plomo de la ladera, un hombre descargaba vigas de castaño empapadas de un remolque herrumbroso.
No se volvió. No aminoró el ritmo. Vestía un jersey de lana basta deshilachado en los puños y unos pantalones de pana rígidos por el barro seco.
El vaho de su respiración salía en bocanadas regulares, acompasado con el esfuerzo de sus brazos.
Elena se recompuso la solapa del abrigo manchado de arcilla, irguió los hombros y avanzó buscando una firmeza que sus pies no encontraban en la piedra.
La atmósfera apestaba a ozono cargado, a ese tufo eléctrico que precede al relámpago, mezclado con el hedor acre a estiércol mojado y leña fermentando en la humedad.
—¿Mateo Requejo? —preguntó ella. Su voz, entrenada para modular consejos de administración, sonó ridícula, estrangulada por el aire frío del barranco.
El hombre no contestó. Abarcó con ambas manos enguantadas en cuero raído una viga de tres metros, la alzó a pulso sobre el hombro y la arrojó contra la pila del suelo.
El madero golpeó la laja de pizarra con un estampido sordo y seco que hizo vibrar el suelo bajo los tacones de Elena. Una astilla voló, rozándole la bota.
—Soy Elena Morales, socia de la consultora Valdés el papel satinado parecía un fósil absurdo en mitad de aquel barrizal—.
Vengo en representación del consorcio agroenergético del norte extremeño.
Sé que ha ignorado las notificaciones censales y los requerimientos notariales, pero los plazos administrativos han concluido.
Traigo una oferta de justiprecio extraordinario por la servidumbre de paso de su finca.
Estamos hablando de una indemnización que multiplica por cuatro la tasación catastral de este valle.
Mateo se inclinó sobre el remolque para cargar la siguiente viga.
Tenía la piel curtida, cruzada por pequeñas líneas blanquecinas en los nudillos, y el pelo oscuro apelmazado por el relente.
Su perfil era anguloso, cerrado como una tapia de piedra seca.
Ni un solo músculo de su rostro se movió al escuchar la cifra.
Elena sintió que un calor abrasador le subía por el cuello.
Aquel hombre no la estaba ignorando por timidez ni por ignorancia campesina; la estaba borrando.
En sus diez años de carrera, ningún alto cargo, ningún ministro ni ningún consejo de acreedores se había atrevido a tratarla como si fuera aire sucio.
—Requejo, le estoy hablando —insistió, alzando el tono, mientras el viento encañonado en la garganta le azotaba el pelo contra la boca—.
Tiene un auto judicial de ocupación forzosa en trámite si no firma voluntariamente hoy mismo.
El lunes las excavadoras van a entrar con o sin su consentimiento.
Si acepta el acuerdo amistoso, cobra y se queda con el usufructo de la borda.
Si no, el Estado depositará el dinero en el juzgado y usted no tendrá ni para pagar el deslinde.
No sea estúpido. Firme y acabemos con esto.
Mateo cargó el leño sobre sus brazos, giró sobre los talones y se detuvo a un metro escaso de ella.
Por primera vez alzó la vista. Sus ojos eran oscuros, turbios como el fondo de un pozo ciego, carentes de cualquier chispa de cortesía social.
El olor que desprendía era una mezcla de sudor frío, viruta verde de castaño y tabaco negro.
Dejó caer la viga. El madero rodó hasta frenar a tres centímetros de los zapatos arruinados de Elena.
—Mire hacia abajo —dijo Mateo. Su voz no era amenazante; era una lija raspando hierro viejo, un sonido seco de alguien que lleva meses sin usar las cuerdas vocales más de lo imprescindible.
Elena parpadeó, descolocada.
—¿Qué?
—El arroyo —señaló con el pulgar sucio de resina hacia el barranco, a espaldas del todoterreno—. El agua bajaba clara a mediodía. Ahora baja marrón, arrastrando raíces y arcilla. Viene llena desde la sierra alta.
—No he venido a hablar del tiempo con usted —replicó Elena, apretando el contrato con fuerza contra su pecho—. Le estoy ofreciendo la salida más rentable de su vida.
—El badén de abajo no aguanta más de media hora de crecida —cortó él, sin elevar el tono, mirándola con una frialdad casi mecánica—. Si no sube a ese trasto de plástico y cruza el río antes de que el agua tape el hormigón, se queda aquí. Y aquí no hay nada que comprar, señorita.
—Es una treta barata —dijo ella, con una risa nerviosa que le nació muerta en los labios—. Cree que me va a asustar con una crecida de pueblo. No me voy a mover de este porche sin su firma, Requejo. Me da exactamente igual si diluvia o si se desborda el barranco entero. Firme el anexo tres.
Mateo clavó sus ojos en los de ella. Había en su mirada un desprecio inusual, la paciencia impasible de quien ha visto a la montaña aplastar cosas mucho más grandes que una ejecutiva de traje sastre y papeles timbrados.
—Haga lo que quiera con su vida —dijo él, dándole la espalda para recoger otra viga del remolque—. Pero no vuelva a ponerse delante de mi leña.
El cielo se desgarró con un crujido sordo, un trueno profundo que retumbó en las entrañas de la roca de pizarra. Una primera gota de agua, gorda, pesada y gélida como plomo fundido, cayó en vertical y estalló contra el entrecejo de Elena, escurriéndosele por la nariz hacia los labios secos.
La tormenta se les venía encima y ninguno de los dos dio un paso atrás.