El peso de la pizarra (Latidos en silencio nº 11) Capítulo 2 El asfalto que se termina
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Capítulo 2 El asfalto que se termina

El firme de la autovía se había disuelto hacía más de una hora, sustituido primero por una calzada comarcal de asfalto agrietado y, finalmente, por una lengua de grava triturada que ascendía entre bancales de piedra seca.

Ahora, ni siquiera quedaba eso. El todoterreno descendía por una pista de servidumbre angosta, una herida de tierra arcillosa abierta en la ladera del barranco donde las lajas de pizarra negra afloraban como costillas rotas.

Las paredes de roca encajonaban el cielo hasta dejarlo reducido a una cicatriz gris plomo que amenazaba con desplomarse sobre el cauce seco de la vaguada.

Elena Morales mantenía los dedos aferrados al volante de cuero con tal rigidez que los nudillos blanqueaban bajo la luz cenital.

El limpiaparabrisas barría con un chirrido seco una llovizna ácida, una aguanieve sucia que no llegaba a limpiar el cristal, sino que formaba una película grasienta sobre la luna.

Pulsó el botón del volante con el pulgar para activar la grabadora del salpicadero.

—Nota para el comité de contingencia —dictó; su voz sonó demasiado aguda dentro del habitáculo insonorizado—.

El acceso a la finca catastral trescientos doce carece de servidumbre transitable para vehículos de gran tonelaje.

Será necesario incluir en el pliego de expropiación una partida extraordinaria de apertura de pista por vía de urgencia.

Que el departamento de infraestructuras prepare el informe técnico antes de las seis de la tarde.

La pantalla central del salpicadero no emitió el habitual pitido de confirmación. En su lugar, el mapa topográfico del navegador comenzó a parpadear en bucle, girando sobre un punto muerto en mitad de la nada geográfica.

—Buscando satélite. Pérdida de trayectoria calculada —repitió la voz sintetizada del sistema, quebrándose en un chasquido metálico.

—Maldita sea —masculló Elena entre dientes, golpeando el marco de la consola con la base de la palma—. Carga los datos guardados en caché. Reconéctate.

Desvió la vista un segundo hacia el teléfono anclado en la rejilla de ventilación.

Las cuatro barras de cobertura se habían reducido a un único hilo blanco.

Mientras miraba fijamente la pantalla, la letra «4G» se degradó a una «E» titilante y, con una crueldad silenciosa, el símbolo desapareció, dejando en su lugar un círculo tachado.

El aire frío que entraba por las toberas del climatizador traía un olor punzante a resina amarga de jara, tierra saturada de agua y hojas de castaño fermentando en las cunetas.

No era el olor a limpio de los filtros de la torre; era el hedor vegetal de la descomposición, espeso y húmedo, que se le pegaba a la garganta como una gasa empapada.

A cada metro que el coche bajaba hacia el fondo de la garganta, la sensación de caída libre se volvía más física.

En Madrid, a esa misma hora, los correos sin responder se estarían apilando en las bandejas de los socios sénior; los gráficos de rendimiento seguirían marcando el valor de su firma en décimas de segundo.

Allí abajo, en cambio, el único pulso era el traqueteo de la amortiguación del coche rebotando contra las piedras sueltas.

La sensación de que la distancia no se medía en kilómetros, sino en pérdida irremediable de estatus.

Una curva cerrada en herradura obligó a Elena a clavar el pedal de freno. El todoterreno patinó sobre una masa de barro denso y se detuvo con una sacudida violenta a escasos palmos de un desnivel que caía en vertical hacia el barranco.

Cruzada de parte a parte en el camino, una rama gruesa de castaño centenario, desgajada recientemente por el viento, bloqueaba el paso. La madera estaba negra por el agua, con las fibras abiertas y astilladas como dientes de sierra.

Elena soltó el aire de golpe, apoyando la frente contra el aro del volante.

—No voy a dar la vuelta —susurró para sí, sintiendo una contracción ácida en el estómago—. No voy a volver con las manos vacías a esa junta.

Tiró del freno de mano, desabrochó el cinturón y empujó la puerta.

El impacto de la intemperie la golpeó como una bofetada helada.

El viento encañonado en la vaguada traía una neblina densa, una gasa baja que reptaba entre los bancales abandonados y borraba los contornos de los riscos de pizarra.

Al poner un pie fuera del estribo, su zapato de salón —de piel italiana y suela de cuero fino, concebido para moquetas corporativas y mármoles pulidos— se hundió de golpe en una costra engañosa de arcilla roja y agua estancada.

—¡Maldita sea! —exclamó al sentir la humedad gélida empapándole la media y helándole los dedos del pie.

Dio un paso en falso; la suela lisa no encontró tracción en el lodo y Elena cayó de rodillas contra el suelo embarrado.

El barro denso salpicó la solapa de su abrigo de paño y tiñó de arcilla oscura los pantalones de lana fría.

La tela cara, diseñada para mantener una distancia aséptica con el mundo, absorbió el agua podrida con una voracidad insultante.

Apretó los dientes para no dejar escapar un sollozo de pura rabia; sus manos desnudas, acostumbradas a teclear sobre pantallas lisas, se clavaron en la tierra mojada.

Sintió la rugosidad áspera de las piedrecillas incrustándose en sus palmas limpias.

Se puso en pie a trompicones, ignorando el dolor punzante en la rodilla derecha.

Se acercó a la rama caída, hundiendo los tacones en el fango hasta los tobillos.

Agarró el madero por el extremo más delgado; la corteza estaba viscosa, cubierta de líquenes verdosos y moho frío que le dejaron una mancha grasienta en las palmas.

Tiró con todo el peso de su cuerpo hacia atrás.

La madera crujió contra la grava, pesada como plomo muerto.

Un tirón muscular le desgarró el hombro derecho, pero Elena no soltó el agarre; tiró una segunda vez, jadeando, tragando el aire helado que le quemaba los bronquios como esquirlas de cristal.

La rama se desplazó apenas medio metro, abriendo un hueco justo para que pasara la carrocería del vehículo.

Regresó al coche arrastrando los pies, con la respiración entrecortada y un temblor espasmódico en los antebrazos.

Se dejó caer sobre el asiento de cuero beige, dejando un rastro hediondo de tierra roja sobre la tapicería inmaculada.

Se miró las manos: el esmalte berenjena estaba saltado en tres uñas y tenía tierra negra metida bajo la carne viva.

Alargó la mano temblorosa hacia el teléfono móvil para ver la hora.

En la esquina superior de la pantalla, en lugar de la cobertura o el nombre del operador, parpadeaba un rótulo blanco y definitivo: Sin Servicio.

Elena tragó saliva. La boca le supo a metal oxidado, a ese sabor ferroso que deja el pánico cuando la razón ya no encuentra asideros lógicos. Levantó la vista a través del parabrisas sucio.

Abajo, en el fondo ciego de la vaguada, casi devorada por la niebla que ascendía del arroyo, se recortaba una construcción baja.

Una borda levantada con lajas de pizarra negra encajadas a hueso, sin cal ni argamasa, coronada por un tejado escarpado de vigas retorcidas de castaño.

No había antenas. No había tendido eléctrico.

Ninguna ventana emitía un solo reflejo de luz que delatara presencia humana.

Era una sombra incrustada en la tierra, ajena por completo a la existencia de cualquier mundo que no fuera el propio barranco.

Elena metió la primera marcha con la mano rígida; el coche avanzó hacia la sombra sin que nadie en la ciudad supiera en qué coordenada exacta del planeta se encontraba.