El peso de la pizarra (Latidos en silencio nº 11)
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Capítulo 1 La jaula de cristal
El pitido en el oído derecho no remitía; era una aguja fría perforándole el tímpano, persistente y sorda tras doce horas bajo la luz fluorescente.
En la pantalla central, el gráfico de cotización parpadeaba en un carmesí histérico mientras la ventana del correo corporativo apilaba veinticuatro avisos de alta prioridad en menos de diez minutos.
Elena Morales no apartó la vista del monitor ni cuando el ambientador sintético del falso techo soltó una pulverización automática con regusto a ozono químico y desinfectante barato.
—Si la junta de inversores ve este sesgo antes de la apertura del Ibex, nos liquidan —masculló Elena sin rozar el auricular inalámbrico ajustado a su mandíbula.
Sus uñas, esmaltadas en un tono berenjena impoluto, repicaron sobre la superficie de vidrio templado—.
No quiero comunicados tibios. Redactad una nota de contingencia.
Tres párrafos, ningún tecnicismo que huela a disculpa.
Y que ruede la cabeza del responsable de prensa antes de las tres.
—Está en el teletipo de las principales agencias, Elena. Nos exigen la comparecencia del consejero —crujió la voz al otro lado, distorsionada por la compresión digital.
—El consejero está en Ginebra y no sabe ni pronunciar la palabra «auditoría». Haced lo que os digo o limpiáis vuestra mesa antes de que caiga el mercado.
Cortó la llamada con un golpe seco del índice sobre el teclado.
El aire dentro del despacho era una masa estéril, seca, reciclada por los filtros del sistema centralizado de la planta treinta y dos.
Al fondo, a través del muro cortina de suelo a techo, la silueta de Madrid se disolvía bajo una boina de contaminación densa, color ocre sucio, que asfixiaba los tejados del Paseo de la Castellana.
Elena sentía el peso exacto de esa costra gris sobre el pecho: la sensación física de no estar respirando oxígeno, sino un residuo fósil recalentado por millones de tubos de escape y motores eléctricos.
Su mano derecha bajó al cajón superior del escritorio, tanteando a ciegas hasta dar con el plástico rígido del blíster de lorazepam.
Quedaban tres comprimidos.
La puerta de madera lacada se abrió sin previo aviso. El pomo rebotó contra el zócalo de acero inoxidable con un chasquido que la obligó a tensar las vértebras cervicales.
Ignacio Valdés no pidió disculpas.
El socio director del bufete llevaba la corbata de seda ajustada como una soga y una carpeta de cartulina rígida bajo el brazo. Se detuvo a dos pasos exactos de la mesa, invadiendo el perímetro sin concederle ni el saludo ni la mirada.
—Deja lo que tengas entre manos, Elena —dijo él. Su voz era plana, con ese timbre metálico reservado a los hombres que calculan la vida ajena en rendimientos trimestrales.
—Estoy conteniendo la filtración del fondo suizo, Ignacio. Dame veinte minutos para cerrar la nota de prensa.
—El fondo suizo ya no importa si este documento no está firmado antes del cierre del viernes —arrojó la carpeta sobre el cristal; las esquinas de cartulina satinada se deslizaron hasta frenar contra el teclado de Elena—.
El proyecto del parque agroenergético del norte extremeño está paralizado.
Bruselas exige el cierre del corredor de evacuación eléctrica para liberar la partida de fondos europeos. Nos falta una parcela.
Elena frunció el ceño, conteniendo la náusea provocada por el café aguado que fermentaba en su estómago desde las siete de la mañana. Abrió el expediente. En el encabezado catastral aparecía una toponimia que sonaba a piedra y humedad: Las Hurdes altas.
—Ese trámite correspondía al equipo de suelo rural. No es mi área.
—El equipo de suelo rural son cuatro incompetentes que mandan burofaxes a quien no tiene buzón —escupió Ignacio, apoyando los nudillos sobre el tablero para inclinarse hacia ella—.
El propietario se llama Mateo Requejo. Cincuenta y dos hectáreas de finca matriz privada, encajada en mitad del monte público.
Es el único titular de la servidumbre de paso que conecta el barranco con la subestación.
Se niega a vender, se niega al justiprecio del consorcio y ha devuelto intactas las notificaciones notariales.
—Pues que la abogacía del Estado ejecute la ocupación forzosa por vía de urgencia. Si la infraestructura fue declarada de interés general, el juez autoriza la entrada con la Guardia Civil. Es el protocolo estándar.
Ignacio soltó una risa seca, desprovista de humor, un carraspeo que sonó como gravilla triturada bajo una rueda.
—No habrá auxilio judicial a tiempo si no acreditamos la notificación fehaciente en mano y el intento de acuerdo extrajudicial antes de que venza el plazo administrativo.
La línea de financiación europea expira en setenta y dos horas.
Si el consorcio pierde la subvención, la firma pierde cuarenta millones de euros en honorarios de estructuración.
Y tú, Elena, pierdes tu condición de socia de cuota.
Tu porcentaje sale a subasta entre los asociados sénior el lunes a primera hora.
El golpe no fue verbal; fue una punzada helada que le bajó por el esternón hasta el fondo del estómago.
Diez años devorando noches en vela, fines de semana masticando balances contables y trajes de sastre blindados contra cualquier empatía, reducidos a un fajo de papel engrapado.
Elena alzó la barbilla, buscando esa frialdad corporativa que le habían enseñado a utilizar como trinchera.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó, con la voz tan afilada como un bisturí.
—Alguien de tu calaña, pero que se rompió antes —Ignacio abrió la primera solapa del expediente y señaló una fotografía carné en blanco y negro, granulada y desfasada por los años—.
Ingeniero de caminos, canales y puertos.
Hace cinco años liquidó sus cuentas corrientes, vendió sus bienes, dio de baja todas sus líneas y se encerró en una borda de pizarra sin acometida eléctrica.
No tiene teléfono, no figura en redes y la pista forestal se corta a dos kilómetros de su corral.
Vas a coger un todoterreno, vas a meterte en ese agujero y vas a traer su firma estampada en el convenio de paso antes del viernes a medianoche.
Elena contempló la fotografía. Un rostro cetrino, mandíbula ancha, una cicatriz antigua que le cruzaba la comisura del labio superior y unos ojos oscuros que no miraban al objetivo, sino a través de él, con la fijeza desconfiada de un animal acorralado en la maleza.
—No firmará solo porque yo me presente en su puerta —dijo ella en voz baja.
—Pues convéncelo. O cómpralo. O arráncale la mano para que estampe una cruz en el folio —Ignacio se enderezó, ajustándose los gemelos de platino en las muñecas con ademán displicente—.
Pero si el viernes a medianoche ese documento no está sobre esta mesa, el lunes tu tarjeta de proximidad no abrirá los tornos de la entrada. Tu vida en esta torre habrá terminado.
El socio dio media vuelta y salió del despacho sin cerrar la puerta.
Elena se quedó sola frente al silencio denso que dejó la amenaza.
Miró sus manos sobre el teclado: los dedos le temblaban con una vibración casi imperceptible, una descarga nerviosa que ningún café conseguía sofocar.
Sabía con exactitud qué significaba volver a empezar fuera de esa torre: significaba la nada, la disolución de su identidad en un vacío absoluto donde nadie recordaría sus victorias ni sus renuncias.
Cerró la tapa del portátil de golpe. Descolgó el abrigo de paño gris del perchero y metió en su bolso de piel el móvil corporativo, un cargador de repuesto y el blíster entero de pastillas.
Al cruzar los pasillos enmoquetados hacia los ascensores, el eco de sus tacones sonó hueco, como la marcha de un autómata abandonando una nave en ruinas.
Descendió al sótano cuatro, donde el aire olía a monóxido de carbono, hormigón húmedo y neumáticos desgastados.
Subió al todoterreno de renting, encendió el navegador y tecleó las coordenadas del barranco sin sospechar que esa sería la última noche en que su piel conocería el cobijo de una luz artificial aséptica antes de que la piedra y el agua la despojaran de todo lo demás.