CAPÍTULO 29
El último paraguas
«Después de una fiesta hay que quedarse a ayudar a recoger. Es ahí donde se decide si de verdad quieres a alguien».
—Brindis de Dalia, boda en Orizaba
A la una y media de la madrugada, el salón Las Palmas parece un barco después de la tormenta.
Los farolitos siguen encendidos, pero ya nadie los mira.
Las mesas están cubiertas de copas medio vacías, servilletas arrugadas y platos con restos de mole.
En un rincón, doña Lupe duerme en una silla con un tamal a medio comer y una expresión de santa.
En la mesa tres, la abuelita Concha, con el chal torcido y una copa de champán en la mano, ronca con la serenidad de quien ha ganado una guerra.
Don Raúl y doña Marta, abrazados junto a la ventana, discuten en voz muy baja si el mole estaba mejor o peor que el de hace diez años.
Y por todas partes, como hormigas diligentes, la gente recoge.
Pepa, subida a una escalera, va desprendiendo una a una las tarjetas del tendedero y las apila con cuidado dentro de una caja de zapatos.
—Las guardo —me dice, desde lo alto—. Las vamos a necesitar.
—¿Para qué?
—Para cuando no te acuerdes de que esto pasó.
Rodrigo, en la entrada, cuenta paraguas con la minuciosidad de un auditor. Camila, a su lado, con los zapatos en la mano y el sombrero ridículo sobre la cabeza, le dice algo al oído. Él asiente, serio, y luego sonríe.
—Setenta —anuncia—. Setenta devueltos o recogidos por sus dueños. Quedan dos.
Levanta los dos que quedan en el portaparaguas. Las etiquetas, en la caligrafía recta de siempre, dicen Valeria y Joaquín .
—Estadísticamente —dice Rodrigo, con una seriedad letal—, el último paraguas se comparte.
—Rodrigo —dice Camila.
—Es un dato.
—Es un empujón.
—Es las dos cosas.
Joaquín, a mi lado, con las mangas del saco arremangadas y un montón de platos en los brazos, se pone de un rojo que le sube hasta las orejas. Yo recojo una servilleta del suelo con una dignidad que no engaña a nadie.
—Contabilidad —murmura Pepa, desde la escalera, anotándolo en el aire.
* * *
Salimos a las dos.
La lluvia ha aflojado hasta convertirse en una llovizna fina, ligera, que hace brillar los adoquines de Coyoacán bajo los faroles. El aire huele a tierra y a madera mojada. No hay un alma. Un perro cruza la calle al trote, sacude las orejas, y se pierde bajo una buganvilia.
Joaquín abre su paraguas. El negro, el de la etiqueta.
Es de esos con las varillas un poco torcidas, que sufren por dentro.
Lo sostiene por encima de los dos sin que nadie se lo pida, y yo me pongo debajo sin que nadie me lo ordene.
Caminamos. No sé adónde. Hacia la plaza, seguramente. Ninguno de los dos dice nada.
La llovizna golpea la tela con un ruido de dedos impacientes.
—Hace dos semanas —dice Joaquín, por fin— te dije una cosa muy cruel.
—Lo del funeral.
—Sí. —Mira el suelo—. Era verdad. Pero la dije para ganar.
—Lo sé.
—Eso no se perdona con una frase.
—No.
—Se perdona con… —Duda—. No sé con qué.
—Con cosas.
—¿Qué cosas?
—No lo sé. —Sonrío—. Pregúntale a Pepa.
Se ríe. Una risa breve, suave, que se pierde en la llovizna.
—Pepa me llamó el lunes —confiesa.
—¿Qué?
—Después de lo del taller. Me llamó a las siete de la mañana. No dijo ni «hola». Me dijo dos cosas. —Levanta dos dedos—. Una: que eras una cobarde. Dos: que yo también. Con mucho cariño.
—Qué mujer.
—Qué mujer. —Asiente—. Y colgó.
Llegamos a la plaza Hidalgo, vacía, con la fuente de los coyotes brillando bajo el agua. Hay un café cerrado con un toldo de rayas, y bajo el toldo, una banca de hierro seca. Nos sentamos. Joaquín cierra el paraguas y lo deja apoyado entre los dos, goteando sobre el suelo.
* * *
—Yo escribí algo —digo.
—Lo sé.
—Era perfecto. Y te lo puse en un bolsillo, a escondidas, después de prometerte dos veces que no lo haría. —Respiro—. No fue para ayudarte.
—No.
—Fue para salvarme de verte sufrir. —Las palabras salen torpes, feas, con espinas—. Te veía fallar con las bolitas de papel y no podía mirar. Y cuando algo me duele de verdad, yo escribo. Pepa me lo dijo. Y es verdad. La frase me saca de la habitación.
Joaquín me mira. Con la luz del farol le brillan los ojos.
—Y yo te dije que no sabía si lo que sentía era por ti o por tus frases —responde—. Y esta noche lo supe.
—¿Cuándo?
—Cuando subiste a la pista. —Sonríe—. Dijiste «no sé qué decir». Y yo pensé: eso no es una frase. Eso eres tú.
—Fue la mejor que dije.
—Fue la única que no pensaste.
Nos quedamos callados. La fuente de los coyotes susurra detrás de nosotros. Un camión pasa a lo lejos, con las luces desvaídas.
Saco del bolsillo del vestido una hoja doblada en cuatro. Está arrugada, con las esquinas redondeadas de tanto abrirla y cerrarla. Se la tiendo.
—Es tuya.
La desdobla. Lee la primera línea a la luz del farol.
Soy Joaquín. Llevo treinta y siete voces.
—No la uses —digo—. Guárdala.
Joaquín la mira durante un largo momento. Luego la dobla despacio, con cuidado, y se la guarda en el bolsillo interior del saco.
—Va a la caja Flexi —dice.
—¿Con las cartas?
—Con las cartas. Con las cosas que no sé si son bonitas o feas. —Sonríe—. Es una buena caja.
* * *
Pasan unos minutos. La llovizna se hace más fina, más lenta. Se oye cómo cada gota deja en el adoquín un pequeño reloj.
—Necesito pedirte una cosa —dice Joaquín.
—Dime.
—Tengo que contestarle a mi madre.
Contengo el aliento.
—Quiero hacerlo bien. O mal, pero mío. Con mi voz, con mi letra, sin una sola palabra bonita. —Se pasa la mano por el pelo corto—. Pero no sé si puedo hacerlo solo. Y no quiero que me lo escribas.
—No te lo voy a escribir.
—Lo sé. Pero…
Duda. Los dedos se le mueven sobre las rodillas.
—¿Te sentarías a mi lado —dice por fin— mientras la escribo mal?
Una cosa antigua se me abre en el pecho. Recuerdo, de pronto, unas líneas que escribí hace mucho, en una boda de Cholula, para una mujer que no conozco: Prometo sentarme a tu lado mientras los escribes mal.
—Prometo —digo.
—¿Solo sentarte?
—Solo sentarme. Sin pluma. Sin hojas. Con una concha de vainilla, si hay.
—Hay.
—Entonces trato hecho.
Le tiendo la mano. Él la toma. Se queda con ella un segundo, dos, tres, y luego, sin soltarla, se inclina hacia mí.
—Cláusula ocho —murmuro, cuando su cara queda a un centímetro de la mía.
—No hay cláusula ocho.
—La acabo de inventar. Otra vez. Todo lo que pase bajo la lluvia…
—No cuenta.
—No.
—Sí cuenta —dice Joaquín.
—Sí cuenta —concedo.
Y me besa. Despacio. Con una certeza muy distinta de la del apagón: sin pregunta, sin cláusula, sin ninguna excusa.
Con la llovizna cayendo sobre el toldo, con el paraguas goteando entre nuestros pies, con las manos de los dos temblando un poco.
Hay un momento en que dejo de pensar, y no me da miedo.
Cuando nos separamos, nos quedamos con las frentes juntas.
—Hola —susurra él.
—Hola.
—Soy Joaquín.
—Ya lo sé.
—Y estoy aquí.
—Yo también.
* * *
Llegamos a mi casa a las tres de la mañana. Subimos los tres pisos sin hacer ruido, con los zapatos en la mano y el paraguas goteando en el rellano. En la puerta de enfrente, una rendija de luz y una sombra de rulos que desaparece con un movimiento culpable.
—Doña Lupe —susurro.
—Lo sé —susurra Joaquín.
—Está dormida en la silla del salón.
—Entonces es su fantasma.
Entramos. La casa huele a lavanda, a pan frío y a lluvia. En el fondo del pasillo, la lámpara de pantalla amarilla sigue prendida, con su luz de miel, y debajo, en la repisita, está la foto de Chela con el velo prestado.
Joaquín se detiene. Camina despacio por el pasillo, descalzo, hasta quedar frente a ella. Se queda quieto, con las manos a los costados, mirando la foto con una seriedad que no le había visto.
Se aclara la garganta.
—Hola, Chela.
Su voz es la de siempre: la desnuda, la de verdad, sin un solo truco.
—Soy Joaquín. —Hace una pausa—. Tengo treinta y siete voces y ninguna era buena para presentarme. Esta es la que me quedó.
Se me llenan los ojos.
—Me dijeron que cantabas boleros. Que no desafinabas. Yo te compré un disco. No sé si lo tenías. —Sonríe, torcido—. Cuidaste a una niña que no sabe cantar y a veces escribe demasiado bonito. Gracias. Yo voy a cuidarla como sé: llegando a tiempo, más o menos, y llevando paraguas.
La lámpara parpadea una vez, apenas, y se estabiliza.
—Y estoy aquí —termina, en un susurro.
Me tapo la boca con la mano. No digo nada. No hace falta.
* * *
En la cocina, con una luz baja y dos tazas de café que nadie quiere, nos plantamos delante del refrigerador. La hoja sigue ahí, con su imán de Oaxaca, escrita con mi letra de hace tres años, un poco amarilla, un poco torcida.
LAS REGLAS DE LA PALAbrA JUSTA
1. No invento nada. Solo escribo con lo que me cuentan.
2. No opino sobre el amor ajeno. Solo lo traduzco.
3. No voy a la boda.
4. No volver a pensar en cómo suena. (Salvo por motivos de trabajo.)
Joaquín la lee en voz baja.
—¿Ya se te pasó la regla tres?
—Fui a una boda.
—Era una fiesta.
—Era una boda que no fue.
—Cuenta.
—Cuenta —admito.
Tomo la pluma del cordón. Tacho el tres con una línea limpia. Tacho el dos. Tacho el cuatro, dejando el asterisco.
Y debajo, con una letra más pequeña, más firme, escribo la nueva lista, mientras Joaquín me mira por encima del hombro y me dicta de vez en cuando una palabra torcida:
LAS REGLAS DE LA PALAbrA JUSTA (edición revisada)
1. No invento nada. Solo escribo con lo que me cuentan.
2. Si me preguntan, opino. Sin ponerlo bonito.
3. Voy a las bodas. (A las que no son también.)
4. Cuando toca quedarme sin palabras, me quedo.
5. Una cosa verdadera por noche.
6. Dejo la lámpara prendida.
—Falta una —dice Joaquín.
—¿Cuál?
—La siete.
—No tengo siete.
—Yo sí. —Toma la pluma. Duda. Su letra, apretada, desigual, se desliza al final de la lista:
7. Llevar paraguas.
Lo miramos.
—Es la más práctica —digo.
—Lo sé. —Sonríe—. Me enseñó un experto.
* * *
Lo acomodo en el sillón, con el chal de Chela sobre las rodillas, porque no hay otra manta y porque, si algo me ha enseñado esta casa, es que los objetos buenos sirven.
Le doy una almohada. Me siento un momento al borde del sofá, con las piernas dobladas, y nos quedamos callados.
La lámpara del pasillo ilumina un pedazo de la sala con su color de miel.
—Buenas noches, Valeria.
—Buenas noches, Joaquín.
Me inclino. Le doy un beso corto, en la frente, como quien firma un recibo.
Voy a mi cuarto. Dejo la puerta abierta. Me meto en la cama con el vestido verde todavía puesto y los bolsillos llenos de cosas: un dedal de plata, una lista de diez renglones, un pétalo aplastado de cempasúchil.
Desde mi almohada se ve, a través del pasillo, un rectángulo de luz amarilla. Un pedazo de sala. Un pie con calcetín de lana, asomando por el borde del sillón. Una foto que sonríe un poco más.
Pienso: una cosa verdadera, en voz alta.
—Estoy feliz —digo, en la oscuridad.
La casa no responde. El refrigerador zumba. El baño gotea, cada cuatro segundos, con su metrónomo del pobre. Y por primera vez desde hace dos años, ese ruido me parece música.
Dos luces prendidas. Ya no hace falta contarlas.