El Padrino CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Cuatro vatios

«Un final feliz es solo un principio con buena iluminación».

—Brindis de Pepa Quintanilla, cena anual de La Palabra Justa

Un año después

El letrero ya no parece de funeraria.

Lo cambió Pepa en febrero, sin consultarme, con la complicidad de un rotulista de la colonia Doctores y de una cubeta de pintura color durazno.

Ahora cuelga junto a la puerta con letras redondas, torcidas, hechas a mano, y dice, en una caligrafía que podría ser la de una panadería o la de una escuela primaria:

LA PALAbrA JUSTA

Discursos, votos, brindis y silencios a la medida

Montoya que lo demás era mala fe».

Rodrigo: «Dato: se levantaba a las 5:40. Fuente: doña Lupe».

Camila: «Habría querido que los novios se divirtieran».

Mateo, 9 años: «Nunca la conocí, pero seguro olía a pan».

Joaquín: «Cuidó a la persona que más quiero. Con eso me basta».

El treinta y uno por la noche vienen todos.

Rodrigo con Irene, que pregunta si puede mirar la luna desde el balcón.

Camila con su cantante, que lleva una guitarra y dice, con voz de cocodrilo, que no sabe boleros pero los inventa.

Doña Lupe con los tamales. Don Aurelio con el metro al cuello.

La abuelita Concha, a quien traen en silla de ruedas y que grita, apenas entra: «¡¿DÓNDE ESTÁ EL BOLERO? !».

—¡Ya viene, abuela! —le contestan veinte voces.

Pepa baja la aguja. Se oye el siseo, el carraspeo de polvo, la orquesta, la voz de mujer. Todos se quedan quietos. Nadie dice nada.

Y yo, por segunda vez, y no la última, canto con la boca llena de alfileres que no tengo.

*   *   *

Las once de la noche

Se van todos a las once. Con abrazos, con tamales envueltos en servilletas, con la promesa, que se cumplirá, de volver el domingo. Pepa se despide la última, me aprieta las dos manos y me dice, bajito, con los ojos brillantes:

—Contabilidad. Hoy llevo la cuenta de todo.

—¿Cuánto?

—Mucho.

La casa queda en silencio. La ofrenda, encendida, proyecta sombras largas sobre el techo.

Las velas se agitan con un hálito que no es viento.

Joaquín, sentado en el sillón con los zapatos descalzos sobre la mesa de centro (una costumbre que he decidido tolerar), me hace una seña para que me acerque.

—Tengo algo.

—¿Un disco?

—Mejor.

Saca el celular del bolsillo. Lo sostiene un momento entre las manos, sin encenderlo.

—Hace un año —dice, con su voz sin truco— me dijiste que tu abuela no se iba a dormir sin decir una cosa verdadera en voz alta.

—Sí.

—Me pareció muy buena idea. —Se frota la nuca—. Empecé esa misma noche. Me grababa. En la cabina. Una frase. Cada noche, sin repetir, sin editar, sin pensar mucho. En mi voz. Sin ninguna otra.

Se me acelera el corazón.

—Trescientas sesenta y cinco —dice—. Hoy es la última.

—Joaquín…

—No te las voy a poner todas. Hay una que dice «hoy no se me ocurre nada». Hay otra que solo es un suspiro. Hay una que es un estornudo.

Me río.

—Pero quería que escucharas una.

Aprieta la pantalla.

Y en medio del salón, junto a la ofrenda, con la lámpara del pasillo asomando por la puerta y las velas moviéndose, suena una voz. Su voz. Sin acento, sin trampa, con un poco de ronquera, de las que se tienen cuando se lleva horas hablando solo en una cabina forrada de cobijas.

«Día trescientos sesenta y cinco. Una cosa verdadera.

Dije hace un año, delante de setenta personas, que no sé decir «te quiero». Que solo sé decir «lleva paraguas».

Resulta que sí sé.

Lo que me faltaba no eran las palabras. Me faltaba una persona que se quedara a escuchar hasta que las encontrara.

Te quiero, Valeria.

Lleva paraguas.»

Termina el audio. Queda un siseo, una vela que chisporrotea, el ruido de la calle.

No digo nada.

No hay frases. Ni bonitas ni feas. Me quedo parada en medio de mi sala, con las manos vacías, con el pecho lleno de un agua enorme y tibia, mirando a un hombre que me observa desde el sillón con una expresión de total, absoluta calma.

—No sé qué decir —murmuro.

—Eso ya es algo.

—Es lo único que sé.

—Entonces dilo.

Respiro. Una vez. Dos. Miro la foto de Chela, bajo las velas. Miro la lámpara del pasillo, con su luz de miel. Miro a Joaquín.

—Una cosa verdadera, en voz alta —digo.

Se me quiebra la voz. La dejo quebrarse.

—Yo también.

—Dilo completo.

—Yo también te quiero.

Sonríe. Se levanta. Cruza los tres pasos que nos separan. Me toma la cara con las dos manos, con ese pulgar derecho donde hay, todavía, una mancha de tinta azul que nunca se quita, y me besa. Despacio. Con una certeza que no necesita cláusula.

Detrás de nosotros, en el tocadiscos, la aguja llega al final del disco. El siseo se alarga. Nadie lo detiene.

*   *   *

Más tarde, cuando se apagan las velas, y la ofrenda queda en la penumbra, y Joaquín se ha quedado dormido en el sillón con el chal de Chela sobre las rodillas, me quedo un rato de pie en el pasillo.

Frente a mí, en la repisita, bajo la luz de miel, la foto de mi abuela, con su velo prestado y su secreto muy bueno.

Hoy, por primera vez, creo que lo conozco.

Es muy sencillo. Es lo que cualquiera sabría si se fijara.

Chela sabía, desde el principio, desde antes de que yo naciera, desde la época en que cosía velos para medio barrio y cantaba con la boca llena de alfileres, que hay una sola cosa que de verdad importa.

Y que no es una frase. Ni bonita ni fea. Ni larga ni corta. Es una luz.

Una lámpara de cuatro vatios, de pantalla amarilla, que alguien deja prendida por la noche en un pasillo, aunque gaste luz, aunque haya quien diga que es un gasto innecesario, aunque nadie la pida.

Para que, al llegar, nadie tropiece.

Pienso en todos los que la dejaron prendida para mí: en una mujer que murió un martes; en un sastre con un metro amarillo; en una vecina con rulos; en una socia con un lápiz; en un hombre que mide el cielo; en una mujer que espera; en otro, de voz torcida, que cambió su pluma por una más honesta.

Pienso: Un día se me va a olvidar apagarla.

Y entonces me doy cuenta de que ya pasó. Que hace mucho que se me olvidó. Que, desde aquella noche de octubre, bajo un apagón, en un estudio de doblaje, cada luz que he dejado encendida ha sido, en secreto, un olvido voluntario.

Alargo la mano. Toco la cadena de la lámpara, fría, pequeña, de bolitas de metal.

No tiro de ella.

—Buenas noches, Chela —digo, bajito.

Una cosa verdadera, en voz alta. La última de hoy.

—Estoy en casa.

Detrás de mí, en el sillón, un hombre se revuelve en sueños, murmura algo que no entiendo, y sin abrir los ojos, con una voz que no es de nadie más, dice:

— Lleva paraguas.

Sonrío.

La lámpara del pasillo sigue prendida.

Y no hace falta que nadie la apague.

*   *   *

FIN