CAPÍTULO 28 #3
—Hace poco, un hombre me dijo que escribo discursos para todo el mundo, menos para mí. Tenía razón. Me dolió. —No lo miro; sé exactamente dónde está—. Así que hice una lista. Diez cosas que mi abuela hacía y que nadie más hacía. Me ayudaron muchos. No las voy a leer todas. Les cuento algunas.
Hay un movimiento en la sala. Doña Lupe se lleva la mano al pecho.
—Uno. Regaba los helechos con el agua de los frijoles. Dos. Hablaba con la boca llena de alfileres y nunca se le caía ninguno. Tres. Cuando alguien se probaba un vestido, decía «uy, qué mujer» antes que cualquier otra cosa.
Alguien, no sé quién, dice «uy, qué mujer» en voz muy baja, y se oye un sollozo risueño.
—Cuatro. Cantaba boleros con la boca llena de alfileres.
Y no desafinaba. —Miro a don Aurelio, que ha cerrado los ojos—.
Cinco. Se enojaba más con las ofrendas con cara de funeral.
Seis. Decía que no era tacaña, que era precavida.
Siete. Dejaba pan dulce junto al teléfono para que nadie se olvidara de llamar. Ocho. Para las tristezas, limón.
Hay una risa llorosa que recorre la sala.
—Nueve. Nunca se iba a dormir sin decir una cosa verdadera en voz alta.
Respiro. Estoy llegando al borde.
—Me falta la diez. —Alzo la vista—. La diez me la tuve que encontrar yo.
El silencio es absoluto. Se oye la lluvia en el toldo. Se oye, a lo lejos, la respiración de una persona que sé quién es.
—Mi abuela no me enseñó a escribir. Me enseñó a escuchar.
Se sentaba al otro lado de la mesa, con la boca llena de alfileres, y se quedaba callada.
Y yo hablaba, y hablaba, y decía tonterías, y ella no me interrumpía.
Y cuando ya no me quedaba nada que decir, entonces, y solo entonces, yo encontraba lo que de verdad quería.
Se me llenan los ojos, y los dejo.
—Diez. Me escuchaba hasta que yo encontraba mis propias palabras.
Bajo la hoja. La doblo. La guardo.
—Gracias a todos por escucharme esta noche. —Sonrío, entre lágrimas—. Creo que ya las encontré.
* * *
No hay aplauso inmediato. Hay un silencio que dura tres, cuatro, cinco segundos, tan lleno, tan denso, que casi se puede tocar. Y entonces, desde la mesa tres, con una voz que atraviesa el techo, la abuelita Concha estornuda.
—¡SALUD! —grita todo el salón.
Y estalla la ovación.
No es una ovación de cortesía. Es un estruendo.
Se levantan las sillas, se aplaude de pie, se oyen silbidos, alguien lanza un pétalo, don Raúl grita «¡ese es mi huésped!
» sin que nadie entienda por qué. Pepa llora sin disimulo, con la libreta apretada contra el pecho.
Doña Lupe, de pie sobre una silla, dice algo que no se entiende pero que probablemente es un rezo.
Don Aurelio levanta el metro amarillo como una bandera.
Yo me quedo de pie en el centro de la pista, con las manos vacías, con las lágrimas bajándome por la cara, con una cosa enorme y ligera que me llena el pecho, y busco en el salón, entre el tendedero y las mesas, entre los rostros, una cara.
La encuentro.
Joaquín está de pie junto al portaparaguas, con la espalda recostada en el arco de cantera. No aplaude. Tiene las manos cerradas contra el pecho, y los ojos mojados, y una sonrisa temblorosa que no puede controlar. Nuestras miradas se sostienen un largo, larguísimo segundo.
Y me parece que dice, sin voz, sin ninguna voz, solo moviendo los labios:
Esta sí.
* * *
—DJ —dice Camila, con la voz todavía mojada, desde la pista—. Por favor.
El DJ, que es un primo de Rodrigo de Cuernavaca, que lleva toda la noche contenido con una paciencia de santo, levanta la mano y aprieta un botón.
Se oye primero el siseo de un disco antiguo. Después, una orquesta suave. Después, una voz de mujer, grave y cálida, que empieza a cantar «Sabor a mí».
—¡POR FIN! —grita la abuelita Concha.
Todos se ríen. Todos lloran. Y yo, en medio de la pista, con el vestido verde y los bolsillos llenos de cosas, empiezo a cantar bajito, sin letra, desafinada, con la boca llena de alfileres que no tengo.
Alguien me toma la mano.
Es una mano tibia, con una mancha de tinta azul en el pulgar derecho.
—¿Sabes bailar boleros? —pregunta Joaquín, con una voz sin truco, a un palmo de mi oído.
—No.
—Yo tampoco.
—Perfecto.
Me pone una mano en la cintura. Yo le pongo la mía en el hombro.
Nos balanceamos, sin ritmo, pisándonos, riendo, entre las parejas que empiezan a llenar la pista: Rodrigo y Camila, abrazados como hermanos; Pepa y don Aurelio, con una solemnidad de vals; doña Lupe y don Raúl, que le murmura algo al oído que la hace reír; y Mateo, el niño, que baila solo en medio, con los ojos cerrados.
La lluvia cae sobre el toldo. La lámpara del pasillo, a ocho kilómetros, sigue prendida. En la repisa, al lado de una foto con un velo prestado, un dedal de plata brilla, solo.
—Perdón —dice Joaquín, a mi oído.
—Yo también.
—No tienes que…
—Cláusula trece —lo interrumpo, y me río—. Lo hablamos después.
—¿Qué dice la cláusula trece?
—Que bailemos primero.
Me aprieta contra su pecho. Cierro los ojos. Y por primera vez en dos años, no pienso en mañana.
Solo en esta noche, que llueve, y en una canción que por fin suena.