El Padrino CAPÍTULO 28 #2
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CAPÍTULO 28 #2

—Está prendida ahora mismo. En el pasillo. Con cuatro vatios. Gastando luz. —Se encoge de hombros—. Se me olvidó. Gracias por esperar.

El salón entero estalla.

No sé quién llora primero. Camila, seguro.

Camila se lanza sobre él, con el sombrero en la mano y el vestido verde volando, y lo abraza con tanta fuerza que le tira los lentes.

Rodrigo se agacha, los recoge, se los pone al revés, y los dos se echan a reír, abrazados, en medio de una pista de baile vacía, mientras alrededor se levantan las sillas, se alzan los vasos, don Raúl se suena la nariz con un mantel, doña Marta llora sobre el hombro de una prima y la abuelita Concha, sin entender nada, grita:

—¡QUÉ BIEN! ¡QUÉ BIEN!

Pepa me toma la mano debajo de la mesa y me la aprieta tan fuerte que me duele.

—Eso —susurra, con la voz rota— sí cuenta.

—¿Qué?

—La nariz. Todo el salón. —Sonríe entre lágrimas—. Hasta el DJ.

*   *   *

Cuando se calman los aplausos, Camila le pide a Joaquín, con un gesto de la mano, que suba.

Siento el pecho de piedra.

Joaquín se levanta de su silla. Camina despacio por el borde de la pista, con las manos vacías, con el saco azul sin una arruga, y sube los dos escalones con una torpeza que le conozco.

Se queda de pie en el centro, bajo los farolitos, con el pelo corto y la espalda un poco rígida, mirando a todos esos rostros que lo miran.

Se aclara la garganta.

—Ho… —empieza.

Y el gallo se le escapa.

Un cacareo breve, perfecto, un kikirikí con falsete incluido que retumba por todo el jardín. Hay un segundo de silencio absoluto. Luego, desde la mesa tres, la abuelita Concha:

—¡CANTA BIEN EL MUCHACHO!

La carcajada es general. Joaquín se tapa la cara con las manos, con los hombros temblando, y cuando las baja tiene los ojos mojados y una sonrisa de pura vergüenza.

—Perdón. Tengo treinta y siete voces. —Respira—. Una se escapa de vez en cuando.

Se ríen otra vez. Pero es una risa que sube y baja, que se acomoda. Y él, sin papel, sin pose, de pie, con las manos al costado, empieza a hablar.

Con su voz.

—Soy Joaquín Beltrán. Soy doblador. Hago voces para gente que tiene cara. Llevo veinte años diciendo las palabras de otros, y las digo muy bien. Pero hasta hace tres semanas no sabía qué hacer con las mías.

La sala está inmóvil.

—Rodrigo es mi mejor amigo desde que tenía nueve años. Les voy a dar tres datos, que es lo que se hace en esta fiesta. —Mira a Rodrigo—. Uno. Me llama cada vez que va a llover. Diez años. Nunca me explicó cómo lo sabe. Hace un mes me lo dijo: «Me fijo».

—Es verdad —dice Rodrigo, bajito.

—Dos. Cuando yo tenía doce años, mi mamá se fue.

Me dejó una nota muy bonita. Tan bonita que me la aprendí de memoria y no pude volver a creer en ninguna frase bien escrita.

—Su voz se quiebra un milímetro y vuelve—.

Hace dos semanas abrí las cartas que me ha mandado desde entonces.

Veintidós. Todas bonitas. Pero la última…

—Hace una pausa—. La última dice, y lo cito porque es la única que me sé de memoria que no sea la de entonces: «Me fui porque no supe quedarme. No hay una frase bonita para eso».

Un murmullo recorre el salón. Doña Lupe se persigna.

—Es la mejor frase que me ha escrito en la vida —dice Joaquín—. Es fea. Es verdad. No he contestado todavía. Voy a contestar. Con mi voz. —Sonríe—. No sé qué voz va a ser. Pero será una.

Respira hondo. Mira a Rodrigo, y luego a Camila.

—Tres. No sé decir «gracias». No sé decir «te quiero». Sé decir «lleva paraguas». —Se le quiebra la voz del todo, y no la repara—. Rodri, Camila: lleven paraguas. Siempre. Y yo llevo el mío.

No hay aplauso. Hay algo mejor: un silencio profundo, ancho, en el que se oye la lluvia sobre el toldo.

Joaquín baja de la pista. Y al pasar, sin querer o queriendo, sus ojos se encuentran con los míos, y yo siento que algo dentro de mí se levanta de la silla antes que mis piernas.

*   *   *

—Una más —dice Camila, desde el centro de la pista, con la cara todavía mojada—. Falta una persona.

Se vuelve hacia mi mesa.

—Valeria.

Me quedo helada.

—Escribió el borrador de Rodrigo. Ordenó las tarjetas. Escribió, estoy segura, la mitad de lo que se ha dicho esta noche. —Sonríe—. Nunca ha dicho nada suyo.

—Camila…

—No es una trampa —dice, con suavidad—. Es una invitación.

Pepa me mira. Doña Lupe me mira. Don Aurelio, desde el fondo, se quita el metro amarillo del cuello y se lo pone entre las manos.

Siento el dedal en el bolsillo derecho. La lista en el izquierdo. Y entre los dos, un pecho hondo y enorme como una iglesia vacía.

Me levanto.

Camino por entre las mesas. Cada paso suena. Subo a la pista. El suelo es de madera, un poco húmeda, con el brillo de los farolitos. Me quedo de pie en el centro, con las manos vacías, sin papel, con el corazón en la boca.

Setenta caras me miran. Más. Hay gente que ha asomado desde la cocina, meseros con las bandejas, un perro que se coló no sé cómo. Hay un silencio que pesa y que no es hostil.

Busco en mi cabeza la primera frase. Aparece enseguida: bonita, bien peinada, lista para salir. Mi abuela fue costurera de novias durante cuarenta y dos años .

La dejo pasar.

—No sé qué decir —digo.

Hay un murmullo suave. Alguien se ríe, con cariño.

—Es verdad. Me dedico a esto. Llevo seis años escribiendo discursos para el que no sabe qué decir. Y hoy, aquí, delante de ustedes, no sé qué decir. —Respiro—. Eso ya es algo.

Miro a Pepa. Asiente.

—Me llamo Valeria Montoya. Mi abuela se llamaba Graciela. Chela. —Me tiembla la voz y la dejo temblar—. Murió hace dos años, un martes, mientras yo escribía un brindis sobre un perro.

Un silencio hondo.

—El domingo anterior me pidió una canción. Me dijo: «Mija, ponme el bolero». Y yo le dije: «Mañana, Chela. Hoy estoy cansada». —Se me quiebra la garganta—. No hubo mañana.

Siento los ojos de todos sobre mí. Y por primera vez, no me da miedo.

—En el funeral tenía tres frases escritas.

Eran muy bonitas. No pude decir ninguna.

Me quedé parada delante de un montón de gente con una hoja en la mano y la boca vacía.

Y durante dos años creí que eso era un fracaso.

—Me limpio la cara con el dorso de la mano—.

No lo era. Era la única cosa verdadera que tenía.

Saco la lista del bolsillo. La despliego. No la leo. La sostengo.