El Padrino CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La boda que no fue

«Esta noche no hay novios. Hay setenta personas y un mole de nueve horas. Con menos se han fundado países».

—Brindis de don Raúl Villaseñor, salón Las Palmas

Llueve.

No es una lluvia de las que se anuncian con una nube y un olor: es una lluvia de pronóstico.

Empieza a las cinco y diez de la tarde, cuando la calle de Coyoacán todavía tiene el color de los durazneros, y a las cinco y cuarenta ya es un telón de agua que cae vertical sobre los farolitos del jardín, los toldos, los coches mal estacionados, y la cabeza de una señora que llega corriendo con una bolsa de regalo sobre el pelo.

—Cien por ciento —dice Pepa, desde la puerta del salón, con los brazos cruzados y el pelo ya pegado a la frente—. De probabilidad. Rodrigo lo calculó hace tres días.

—Lo sabía —digo.

—Lo sabe todo.

Me he puesto el vestido verde botella, el de los bolsillos.

Pepa me ha peinado con las manos, y me ha dado un pellizco en cada mejilla, y me ha repetido en el taxi, tres veces, que «hoy sí vas a comer, que los que no comen opinan de más».

Llevo en el bolsillo izquierdo la hoja de la lista de Chela, doblada en cuatro, con sus nueve renglones y su décimo en blanco. En el derecho, el dedal de plata.

Lo toco. Pesa muy poco. Pesa, de pronto, lo justo.

—¿Lista? —pregunta Pepa.

—No.

—Perfecto. —Me abre la puerta del salón con una reverencia—. Entra.

*   *   *

Lo primero que veo es el portaparaguas.

Está justo a la entrada, bajo el arco de cantera, y es enorme: una estructura de madera con setenta compartimentos numerados, y en cada uno, perfectamente alineado, perfectamente cerrado, un paraguas negro.

Cada uno con una etiqueta atada al mango, con la letra pequeñísima y recta de un hombre que no concibe el azar:

Tía Rosa. Mateo (talla infantil). Doña Concha. Pepa. Valeria. Don Aurelio. Joaquín.

—No —murmuro.

—Sí —dice una voz detrás de mí.

Rodrigo está ahí, con un saco gris de corte impecable que don Aurelio le cosió en tres semanas, sin corbata, con los dos primeros botones desabrochados. Tiene una expresión de leve triunfo científico.

—Setenta y dos —precisa—. Compré dos de reserva. Hay una probabilidad del cuatro por ciento de que alguien traiga un paraguas defectuoso.

—Rodrigo, es lo más bonito que he visto en mi vida.

—No es bonito —responde, con el rostro iluminado—. Es exacto.

—Es las dos cosas.

—Lo sé. —Sonríe—. Me lo enseñaste.

Me da un abrazo corto, torpe, con un golpecito de palma en la espalda, como quien firma un recibo. Es el primero que me da. Lo recibo con los ojos cerrados.

*   *   *

El salón Las Palmas parece otro lugar.

Han desmontado el escenario y en su lugar hay una pista pequeña, rodeada de mesas redondas con manteles color crema.

Los farolitos cuelgan de las vigas como luciérnagas.

Huele a mole, a cera, a flores, a lluvia.

Y atravesando todo el jardín, de un extremo al otro, tendidos entre dos postes con una cuerda de yute y sujetos con pinzas de madera, como ropa recién lavada, hay setenta tarjetas color durazno.

El tendedero de datos.

Los invitados caminan debajo, con la cabeza levantada, leyendo en silencio, riéndose bajito, secándose los ojos.

Una señora con un vestido rojo se detiene frente a una tarjeta y se lleva las manos a la boca.

Un niño de ocho años, Mateo, el de las canicas, señala orgulloso una de ellas y le explica a un señor desconocido, a voz en cuello, que es de su tío Beto, y que huele a pan.

—¡Es verdad! —grita el tío Beto, con las mejillas ya húmedas—. ¡Huelo a pan!

Doña Lupe llega a mi lado con un abrigo de lana y una bandeja de tamales que nadie le pidió y que ha logrado meter de contrabando.

—Mija —murmura, sin saludar—. Qué fiesta.

—Qué fiesta, doña Lupe.

—Se parece a las que hacía tu abuela. —Se suena la nariz, con elegancia nula—. Cuando se casaba una novia que no tenía a nadie, Chela ponía un tendedero en el patio y colgaba los velos. Todas las vecinas ponían un trapito, un recuerdo, un listón. Era una boda de todos.

Me quedo muy quieta.

—No lo sabía.

—Claro que no. Era un secreto de taller. —Me aprieta el brazo—. Pero lo hiciste igual.

*   *   *

Joaquín llega a las seis y diez.

Lo veo entrar, a través de la lluvia, por el arco de cantera, con un paraguas negro en la mano que no abre hasta que se da cuenta de que ya está adentro.

Lleva un saco azul marino, que don Aurelio cortó con la misma precisión que el de Rodrigo, y una camisa blanca sin corbata.

Se ha cortado el pelo. Es una cosa muy tonta y me da un vuelco en el estómago: el pelo corto lo hace parecer más joven, más desnudo, con la cicatriz de la ceja a la vista.

Cuelga el paraguas en el compartimento con su nombre. Se detiene un segundo. Lee la etiqueta. Sonríe, solo con la mitad de la boca.

Entonces levanta la vista y me ve.

Estoy a doce metros, en medio del jardín, bajo el tendedero.

Hay setenta personas entre nosotros, una orquesta de voces y cubiertos, un camarero con una bandeja de copas.

Y ninguna de esas cosas existe. Se quedan los dos, él y yo, mirándose a través de la humedad y el olor a cera, sin acercarse, con las manos pegadas a los costados.

Joaquín mueve la cabeza una vez. Un gesto mínimo, un asentimiento. No es un saludo. Es otra cosa: es lo que se hace cuando se dice aquí estoy .

Yo hago lo mismo.

—Qué hombre tan… —murmura doña Lupe, a mi lado.

—¿Grosero? —pregunto, con un hilo de voz.

—Guapo —dice ella, con una seriedad de notaria—. Pero también.

*   *   *

La cena es un caos hermoso. Doña Marta, con delantal sobre el vestido de gala, supervisa el mole con una autoridad de general.

Don Raúl lo prueba, cierra los ojos, y declara con voz de juez que es «el mejor de toda la historia de la familia, y eso incluye el de mi suegra, que Dios la tenga a distancia».

Doña Lupe, que no podía no hacerlo, se inclina sobre su plato y murmura:

—Le falta sal.

—¡Lupe! —exclama doña Marta, y las dos se miran con una rivalidad de cuarenta años.

La abuelita Concha, en la mesa tres, junto al pastel de nueve pisos que ha mandado un primo, grita «¡QUÉ BONITA FIESTA!

» a todo el que pasa, sin que nadie sepa si lo dice por la fiesta o por la sordera.

A mi lado, Pepa tiene la servilleta sobre las rodillas, un vaso de mezcal en la mano y la libreta debajo del plato, por si acaso. Me mira.

—Come.

—No puedo.

—Come o te lo meto en la boca.

Como. Está buenísimo. Se me llenan los ojos de un modo absurdo.

*   *   *

A las ocho y media, Camila sube a la pista.

No hay micrófono. Se queda de pie, en medio del círculo vacío, con un vestido color verde musgo que don Aurelio le cosió en secreto («No es de novia —le dijo—. Es de mujer»), el sombrero ridículo en una mano y la trenza suelta sobre un hombro. Los murmullos se apagan.

—Buenas noches —dice—. Gracias por venir. Por lo que ven y por lo que no.

Hay una risa suave.

—Esta noche no nos casamos. Pero estamos todos aquí.

Y yo creo que eso es una cosa más difícil de conseguir que una boda.

—Mira a Rodrigo, que está de pie junto a la mesa uno con las manos entrelazadas—.

Les pedimos que escribieran tres datos. Ahora les pedimos que los lean.

Por turnos. En voz alta. A la persona a la que se los escribieron.

Y empieza.

Uno por uno, mesa por mesa, los invitados se levantan y leen. Y es la cosa más extraña y más hermosa que he visto en mi vida.

Paulina, la hermana, con voz temblorosa, les lee a su marido: Uno, me deja el último trozo de pastel y dice que no le gusta.

Dos, le tiene miedo a las tormentas y las mira por la ventana.

Tres, es el primero en llegar cuando se descompone algo.

El marido se pone de pie, rojo de vergüenza, y la abraza sin decir una palabra.

El tío Beto lee tres datos de su perro, Canelo, que no está presente pero que, según él, «merece estar en la sala». Se ríen todos. Luego lee tres datos de su mujer, y ya no se ríe nadie.

Don Aurelio se levanta, con su metro amarillo colgado del cuello y una tarjeta temblorosa, y lee tres datos de alguien que no está.

Cantaba boleros con la boca llena de alfileres.

No desafinaba. Se reía como una niña cuando le salía un dobladillo derecho.

No dice el nombre. No hace falta. En la mesa de doña Lupe se oye un sollozo.

Mateo, el niño de ocho años, sube a la pista de un brinco, y nadie lo detiene.

Lee, con voz de tormenta: Uno. Mi tío Beto huele a pan.

Dos. Me dejó ganar a las canicas. Tres. Llora en las bodas aunque no conozca a los novios.

Y luego, sin que nadie se lo pida, añade en voz alta, mirando al techo: Cuatro. Yo también.

Estalla un aplauso.

Y la abuelita Concha, desde el fondo, con una voz que atraviesa los muros:

—¡¿QUÉ DIJO EL NIÑO?!

—¡QUE LO QUIERE, ABUELA! —le gritan quince personas al mismo tiempo.

—¡QUÉ BIEN!

Lloramos de risa. Todos. Pero la risa se queda temblando en el aire.

*   *   *

Cuando por fin todo se calma, Camila le hace una seña a Rodrigo.

Rodrigo sube a la pista.

No trae papel. Se pone de pie delante de ella, con los zapatos pulidos, las manos a los costados, las gafas bien puestas. No dice «buenas noches». No se aclara la garganta. Respira una vez y la mira a los ojos.

—Camila.

Ella sonríe. Los ojos le brillan.

—Tres líneas —dice Rodrigo—. Como prometí.

—Dilo.

—Uno. Apagué la luz de tu pasillo durante dos años y cuatro meses. Ya no.

Se oye un «ay» muy bajo en el fondo del salón.

—Dos. No me caso contigo. Me quedo contigo. De otra manera. Para siempre. —Hace una pausa que dura un compás—. Es la mejor decisión que he tomado en mi vida, y no tiene ninguna cifra a favor, y no me importa.

Camila se tapa la boca con la mano.

—Tres. —Rodrigo sonríe, y es una sonrisa de verdad, torcida, enorme, que le cambia la cara por completo—. Hoy salí de mi casa… y se me olvidó apagar la lámpara.

Silencio.